Lawyers for Commuter Safety and Protection files TRO versus 5 FLY-BY-NIGHT MOTORCYCLE TAXIS
Lawyers for Commuter Safety and Protection files TRO versus 5 FLY-BY-NIGHT MOTORCYCLE TAXIS
The fight to get motorcycle taxis acknowledged and approved by the government as a viable and safe method of transportation has been long and bloody, so to speak and it’s not yet over. It hasn’t been that long that the longest operating motorcycle taxi company was granted a 6 month trial period by which the results of the trial will be used to aid in crafting legislation.
La LCSP es una norma que ha restringido considerablemente las relaciones entre las administraciones públicas y sus entidades dependientes. El marco general de la Directiva comunitaria ha sido superada (lo…
Todo contrato, público y privado, pretende conseguir una alta prestación al mejor precio. Es un principio básico de la contratación. Cuestión distinta es cuánto se pueda pagar y, en consecuencia, cuánta calidad podemos obtener. En el ámbito público, es una regla que afecta a todos los contratos, tanto los que están sometidos a la LCSP como los…
Estoy trabajando en un One-shot o quizás un Fic corto de no más de 4 capítulos, que resuma la historia de Andres y Sergio, porque siendo sincera, si relación fue una de las mejores cosas en la casa de papel. Dejo un adelanto porque es tarde, estoy aburrida y quería ver casuaba tenía un mínimo de interés.
Once años podían ser una vida o solo segundos. Todo dependía de la perspectiva.
Por ejemplo. ¿Qué eran para Sergio Marquina once años? Sergio, quien pasó su infancia encerrado en un hospital, viendo a las enfermeras y médicos ir y venir por el pasillo, llamando a aquello entretenimiento. ¿Qué eran para él más que una eternidad? Y aun cuando se levantó de aquella camilla, luego de años; cuando ya su adolescencia estaba perdida; cuando la idea de atracar La Casa de Moneda y Timbre se había sembrado en su mente; cuando ya había visto en la televisión a su padre acribillado a tiros en las escaleras de aquel banco... aun así, once años seguían pareciendo una eternidad. Una eternidad medida en billetes. Porque cuando apenas había recuperado su vida, Sergio se avocó por completo al estudio del robo más grande de la historia, analizando cada detalle minuciosamente, corroborando que no hubiera ningún error, asegurándose que el sueño de su padre se cumpliera. Para él, once años era tiempo para planear y perfeccionar, y los afrontaba con esa mezcla de nervios y emoción que solo un atraco de aquella magnitud puede dar.
Pero para lo que algunos es una eternidad, para otros son momentos efímeros que parecen escurrirse entre las manos.
“Lamento ser el portador de malas noticias, pero aún le queda tiempo para poner sus asuntos en orden. No comenzará a ver los efectos sino dentro de unos pocos años, señor Fonollosa.”
Dos para ser más exactos… Pero eso no importaba porque Andrés ya lo podía sentir. En el instante en que “Miopatía de Helmer” salió de los labios del doctor, su destino había sido sellado. Su vida tenía fecha de vencimiento. Pero cualquiera hubiera dicho que eso no le molestaba realmente, que siempre supo que su vida terminaría de una forma u otra ¿Qué más daba un año más o un año menos? El destino de los ladrones estaba definido luego del primer atraco, y Andrés nunca tuvo problemas en aceptarlo. Sin embargo, parecía mucha casualidad que una semana después del fatídico anuncio, una de las joyerías más renombradas de Portugal fuese asaltada. Un terapeuta de enfermos terminales diría que Andrés estaba reaccionando a su modo ante la noticia de su inminente muerte, que ahora todo iría a máxima velocidad para él, y que el comportamiento errático e impulsivo se adueñaría por completo de sus acciones, como una forma de catalizar sus miedos. Pero para ser justos, la vida de Andrés de Fonollosa siempre había ido a máxima velocidad. Viviendo en casas de lujos, paseándose en yates y asaltando los lugares más finos del planeta. En cuanto al comportamiento impulsivo, allí el terapeuta se equivocaría. Todo estaba fríamente calculado, y todo salía siempre de acuerdo a lo planeado. No había ni una cosa fuera de lugar en la vida de Andrés… o eso quería aparentar él. Lo cierto es que dentro de su mundo perfecto una cosa desentonaba en el orden excesivo. Algo no encajaba con su vida de lujo y desapego. Ese algo era un alguien, y ese alguien era Sergio Marquina.
El primer asalto importante que realizó en su vida fue al Museo Picasso, en Málaga, donde fue capaz de llevarse dos cuadros sin dejar huella alguna. La policía declaró ante la prensa que el asaltante resultaba imposible de rastrear…. Casi impensable que un muchacho de veintidós años pudiera llevar adelante semejante hazaña. Pero entre el robo y venta de artículos de costosos, Andrés no tenía tiempo para ponerse a pensar en lo que resultaba plausible para un chico de su edad.
Sin embargo, antes de aquel gran momento en su vida, Andrés ya había delinquido a menor escala, sin importarle que tuviese un trabajo estable como pasante en una empresa de seguros muy reconocida en España. Era una forma mantener su estatus de vida y además saciaba una necesidad primitiva dentro de él. Por otra parte, su madre poseía una considerable suma de dinero en el banco, pero no era infinita, y la mujer había tenido la mala fortuna de contraer cáncer. Andrés intentó ayudar monetariamente para su recuperación hasta la última respiración de la mujer. Pero luego de su muerte, cuando él apenas tenía dieciocho, la vida se volvió tan clara como el agua. Comenzó a planear robos de mayor magnitud, pero más importante aún, Andrés se permitió hacerse la pregunta que había intentado reprimir todos esos años. ¿Dónde estaba su padre? Podía recordar, casi como en un sueño, a aquel hombre. Alto, de barba, cabello castaño oscuro y levemente ondulado, sonrisa tranquilizadora y un ingenio de temer. Pero temía que solo fuese un sueño acervado por sus esperanzas de tener un padre digno de él. A fin de cuentas, la última vez que lo había visto fue cuando solo era un niño de siete años, inocente y relativamente feliz. ¿Por qué se había marchado sin decir adiós? ¿A dónde había ido? Las respuestas llegaron un año después de la muerte de su madre, cuando Andrés vio en los periódicos a aquel hombre que le leía por las noches, tirado en un charco de sangre luego de haber intentado asaltar el Banco Hispanoamericano.
Una incógnita resulta. Ahora tenía más tiempo para pensar en su nuevo trabajo como ladrón de guante blanco.
Pero… ¿Por qué no podía dejar de investigar? Después de abandonar a su madre y a él, Jesús Marquina se había conseguido otra familia. Esto significaba que en algún lugar de España Andrés tenía un hermano menor quien seguro, a diferencia de él, estaba desgarrado por la muerte de su padre. No era odio ni resentimiento lo que sentía por ese hombre, simplemente respeto. Respeto por haberse convertido en un atracador notable. Respeto por haber muerto dando pelea hasta el último momento. Pero el respeto no era cariño, por lo que llorar por la muerte de un padre ausente no le apetecía a Andrés, quien rápidamente intentó borrar todo aquello y abocarse de lleno a su nuevo negocio.
Y lo hizo, vaya que lo hizo. Sus golpes eran precisos y exitosos…. sin embargo, la idea de Sergio lo mantenía despierto por las noches. Seguramente fue por eso, luego de su primer robo, y cuando comenzó a acumular su modesta fortuna, que Andrés contrató a gente de confianza para que le siguieran la huella a su hermano menor, para que le informaran como era la vida de aquel chico. El resultado lo intrigó aún más. Sergio era un muchacho enfermo, quién había pasado la vida entera postrado a una cama de hospital, y su padre se unió al mundo del crimen simplemente para afrontar las cuentas. Conmovedor sin dudas.
-¿Quién es? –Le preguntaron sus contactos luego de entregarle el informe completo de Sergio Marquina.
-Nadie importante por ahora. – Contestó Andrés, tomando conciencia por primera vez de que era una enorme mentira solo después de pronunciar aquellas palabras. Sergio había sido siempre importante. ¿Si no porque mandaría a investigarlo? No, Andrés no era tonto. Se sentía conectado con aquel chico seis años menor que él, casi responsable de su seguridad... La sola idea le parecía ridícula. ¿Desde cuándo se preocupaba por desconocidos? Debería odiarlo. Su padre lo había preferido a él. Los había abandonado por un niño enfermo e inútil. Pero Andrés consideraba el odio como un gasto innecesario de energía. Mientras que algunos pasaban años mirando a una persona y aborreciéndola a más no poder, él veía oportunidades; y aunque aún no tenía claro qué clase de oportunidad era Sergio, se había decidido a averiguarlo. El resultado fueron años de informes mensuales sobre la vida de su hermano. Así se enteró de cuando finalmente logró salir del hospital, también de su primer trabajo, y el primer piso que alquiló. Andrés le siguió cada mínimo movimiento, hasta que un día recibió la más extraña noticia. Sergio, a punto de cumplir veintisiete años, había dejado de renovar su documento de identidad. Era una conducta rara en un individuo que hasta ahora había parecido el ciudadano ejemplar. Su hermano menor no parecía la clase de persona que desacatara la ley en lo absoluto. Luego de eso Andrés pidió informes semanales, obsesionándose lentamente con la idea de que Sergio se traía algo entre manos. Cuando los informes llegaron, las sospechas se volvieron realidad para el mayor de los Marquina. Las acciones de Sergio estaban cambiando casi imperceptiblemente, tanto que una persona común y corriente no encontraría nada sospechoso en ellas… pero Andrés se jactaba de no ser como los demás.
Así fue, como con casi treinta y tres años, y con una historia impresionante de asaltos del más alto nivel, Andrés de Fonollosa decidió finalmente hacer su jugada y presentarse en la casa de Sergio.
Once años antes de que el atraco más grande la historia diera comienzo Andrés había tocado a la puerta de su medio hermano, convenciéndose de que no estaba nervioso en lo absoluto.
Once años antes de que La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre fuese tomada por ocho individuos usando mascaras de Dalí, Sergio Marquina abrió la puerta de su modesto departamento a las afueras de Madrid, produciendo que la respiración de Andrés se ralentizará por una fracción de segundos.
Los informes contenían fotografías de su hermano, pero siempre eran de lejos, y en blanco y negro. Andrés podía percibir algunas características de su padre en el joven, pero no fue hasta que lo vio cara a cara que se percató de que Sergio era la viva imagen de Jesús Marquina; y eso sin dudas incluía esa mirada suspicaz del hombre.
Eran las 12:06 PM y Sergio tenía el aspecto de no haber dormido la noche anterior. El cabello despeinado, los anteojos torcidos, la ropa arrugada, y aquellas características ojeras que solo el insomnio puede provocar.
-¿Sí?
Andrés sonrió inmediatamente, entrelazando sus manos y bajando levemente la cabeza en forma de saludo.
-Buenas tardes, mi nombre es Andrés de Fonollosa, y es, sin duda, un placer conocerle al fin.
Silencio.
Sergio se acomodó distraídamente los anteojos y se enderezó, observándolo minuciosamente. Parecía perdido pero alerta al mismo tiempo. Por el aspecto que tenía, Andrés dedujo que su hermano no debía estar habituado a tener visitas inesperadas… o cualquier clase de visitas.
-El placer es mío, señor Fonollosa… dígame ¿En que lo puedo ayudar?
-Pues verá, vengo por un tema sumamente importante para ambos. Un asunto… familiar, por así decirlo.
-¿Un asunto familiar dice?
-Sí, sí. Compete a su padre. Y bueno… al mío también. Vera, tanto usted como yo somos hijos de Jesús Marquina, lo que nos convierte en hermanos.