Si alguien me podía enseñar a descifrar el Tarot, no era un maestro de carne y hueso, sino el Tarot mismo. Todo lo que yo quería saber estaba ahí, entre mis manos, delante de mis ojos, en las cartas. Era esencial cesar de escuchar las explicaciones basadas en la <<tradición>>, las concordancias, los mitos, las explicaciones parapsicológicas, y dejar hablar a los arcanos... Para incorporarlo en mi vida, aparte de memorizarlo, realicé con el algunos actos que espíritus racionales pueden considerar pueriles. Por ejemplo, dormí cada noche con una carta distinta debajo de mi almohada, o me pasé todo el día con una de ellas en mi bolsillo. Froté mi cuerpo con las cartas; hablé en nombre de ellas, imaginando el ritmo y el tono de su voz; visualicé cada personaje desnudo, imaginé sus símbolos cubriendo el cielo, completé los dibujos que parecen hundirse en el marco: le di cuerpo entero al animal que acompaña al Loco y a los acólitos del Papa, prolongué la mesa del mago hasta encontrar en lo invisible su cuarta pata, imaginé de donde colgaba el velo de la Papisa, vi hacia qué océano iba el río que alimentaba la mujer de La Estrella y hasta donde llegaba el estanque de La Luna. Imaginé lo que guardaba el Loco en su bolsa y el Mago en su cartera, la ropa interior de la Papisa, la vulva de la Emperatriz y el falo del Emperador, lo que ocultaba en las manos el Colgado, de quiénes eran las cabezas cortadas del arcano XIII, etc. Imaginé los pensamientos, las emociones, la sexualidad y las acciones de cada personaje. Les hice rezar, insultar, hacer el amor, declamar poemas, sanar.