Pedro Páramo de Juan Rulfo (1/2)
Ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.
[...] Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aún después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas (p. 05).
Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver.
[...] Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto (p. 06).
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, desecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía (p. 07).
Todo parecía estar como en espera de algo (p. 08).
—¿Quién es? —volví a preguntar.
—Un rencor vivo —me contestó él (p. 08).
... En tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento. "Ayúdame, Susana." Y unas manos suaves se apretaban a nuestras manos. "Suelta más hilo."
》 El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que se rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro (p. 15).
Las oraciones no llenan el estómago (p. 33).
》—Pero ella se suicidó. Obró contra la mano de Dios.
》—No le quedaba otro camino. Se resolvió a eso también por bondad (p. 33).
La tierra, "este valle de lágrimas " (p. 35).
No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito (p. 35).
—Hubo un tiempo que estuve oyendo durante muchas noches el rumor de una fiesta.
》Luego dejé de oírla. Y es que la alegría cansa (p. 44).
—Murió —dije.
—¿Ya murió? ¿Y de qué?
—No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho.
—Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace (p. 45).
Mi novia me dio un pañuelo
con orillas de llorar... (p. 49).
Allá te acostumbrarás a los "derrepentes", mi hijo.
Carreteras vacías, remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose en el oscuro camino de la noche. Y las sombras. El eco de las sombras...
Pensé regresar. Sentí allá arriba la huella por donde había venido, con una herida abierta entre la negrura de los cerros (p. 50).
—¿No están ustedes muertos? —les pregunté (p. 50).
—Me han pasado tantas cosas, que mejor quisiera dormir (p. 50).
La madrugada fue apagando mis recuerdos.
Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños (p. 51).
A través de los párpados me llegaba el albor del amanecer. Sentía la luz (p. 53).
[...] Aquí he estado sempiternamente... (p. 54).
[...] Es tan violento y vive tan de prisa que a veces se me figura que va jugando carreras con el tiempo (p. 69).
Con aquella voz quebrada, deshecha, sólo unida por el hilo del sollozo (p. 71).
El reflejo de las estrellas que se estaban cayendo del cielo (p. 73).















