¡AL AGUARDIENTE Y LETUARIO!
En pleno Siglo de Oro una buena parte de la población era aficionada al desayuno a base de aguardiente y letuario. Era éste un desayuno sólo apto para estómagos entrenados, que consistía en tomarse en ayunas un buen trago de aguardiente acompañado de un poco de letuario, es decir, cáscara de naranja amarga confitada con miel.
Lo normal era tomarlo a primerísima hora de la mañana, en cuanto se salía de casa y se iba al trabajo. Uno se disponía a sus quehaceres diarios ya con otro ánimo, especialmente si hacía un frío del carajo.
Es un desayuno, huelga decirlo, de ciudad, y de clases bajas y medias. Es propio “de mozos recios y sanos” según el médico Andrés Zamudio de Alfaro (Archivo Histórico Nacional, Sala de Alcaldes, Libro de gobierno 1198, folio 280r), quien nos informa también de que se vendían públicamente en plazas y calles, donde se pregonaba al grito de “¡Al aguardiente y letuario!”.
La popularidad de este auténtico desayuno de los campeones se hace patente también en la literatura. Nos lo menciona Luís de Góngora en la letrilla “Ándeme yo caliente”, cuando, despreciando el poder y el lujo, defiende una vida rica en pequeños detalles y pide que gobiernen sus días “mantequillas y pan tierno; / y las mañanas de invierno / naranjada y aguardiente, / y ríase la gente”.
Lope de Vega nos decribe la rutina diaria de la ciudad (Madrid en este caso) en unas décimas al glorioso san Isidro, y nos define el momento en que la ciudad se despereza: cuando “comienza a amanecer / en el Madrid y en el Oriente” es cuando “la mula el médico ensilla, / da la purga el boticario, / pregónase el letuario, / huele a tocino el bodego, / canta el gallo, reza el ciego, / sube el fraile al campanario”.
El mismo autor en una de sus comedias (La locura de la honra) hace decir a un personaje: “¿Dónde vas, que aún no pregonan / Aguardiente y letuario?”, que es casi como decir que ni ha amanecido todavía o, por decirlo de manera contemporánea, que aún no han puesto las calles.
El término letuario o lectuario deriva de electuario, que, según la RAE, procede del latín tardío electuarĭum, y éste del griego *ἐλ[λ]εικτάριον, que a su vez derivade ἐλλείχειν, “lamer”, y significa “Medicamento de consistencia líquida, pastosa o sólida, compuesto de varios ingredientes, casi siempre vegetales, y cierta cantidad de miel, jarabe o azúcar. En sus composiciones más sencillas tiene la consideración de golosina.” El término, pues, procede del ámbito farmacéutico y se concreta en un cocimiento de fruta, en este caso cáscara de naranja amarga, en miel y agua azucarada.
En la actualidad podemos encontrar este desayuno en reconstrucciones históricas del tipo “La cocina del Barroco” http://www.gourmetmadrid.com/es/gastronomia/el-escorial.html, pero es mucho más auténtico reproducir esta costumbre al estilo tradicional. Para ello se debe seguir el ejemplo de todos aquellos que, como los currelas de antaño (y hogaño), se apalancan en la barra del bar y se toman sus copazos de orujo, sol y sombra, anís o similares, bien tempranito y sin prisa. Para completar la estampa conviene llevarse de casa la naranja confitada, pues en los establecimientos actuales donde se despacha aguardiente se ha perdido la costumbre. Ésta puede ser casera (un ejemplo cualquiera encontrado en la red)
http://www.youtube.com/watch?v=9rGQdKJv7f0
o comprada en el mercado (La Boquería de Barcelona es una buena opción) o en el súper (ya preparada, como la de Solé Graells). En fin, si sus estómagos lo aguantan, hagan la prueba. Y si no, al menos veamos con otros ojos a quienes mantienen esta costumbre aun a costa de su salud, pues están haciendo lo mismo que Lope o Góngora, y bien que se les tiene en consideración.














