Una imparable corriente de lágrimas escurrió de sus ojos. Rememoró el característico calor que desprendía su mejor amigo, uno en extremo necesario para ella en ese preciso instante. Permitió que cada tristeza acumulada durante los últimos días largara por medio del llanto, lágrimas guardada con el fin de evitar molestar a alguien a través de sus inútiles sollozos y tristes suspiros. Finalmente se detuvo pasados largos minutos y Hestia respiró profundamente. Cerró sus ojos y agradeció las caricias recorriendo su espalda. Para ella Remus era el hermano mayor que nunca tuvo, aquel al que podía relatarle sus más locos pensamientos y no la juzgaría, el que siempre luchaba por protegerla y ayudarla, definitivamente un ángel caído del cielo. Con él la sensación de seguridad se afianzó, pues no creía que algo pudiese pasarle a su lado. — Yo… —Su voz fue callada por un amplio suspiro, saliente de la parte más recóndita de su cuerpo. Alivio o cansancio, una mezcla de ambos quizás. Separó su cuerpo del de Remus, sólo unos centímetros y limpió su nariz con la manga de su suéter—. Ho-hola —saludó torpemente, fingiendo que nada había sucedido… Pero lo había hecho—. Yo… Lo siento… Siento haber desaparecido —pensó que el joven castaño merecía una disculpa, pues seguramente se preocupó por su ausencia. De pronto se sintió culpable por las personas que sufrieron al no hallarla en los límites del colegio: sus pocos amigos, sus padres, incluso el Profesor Flitwick y Madame Pomfrey. Fue una decisión egoísta… Pero Hestia ni siquiera vaciló al tomarla. Sólo quería apartarse de la realidad cuanto pudiera. Cobardía, más Hestia no se arrepentía, ese tiempo le hizo bien de una u otra forma, al menos eso creía. Tan frágil era que no logró soportar enfrentar los sucesos como el resto de sus compañeros, pero es que Hestia nunca sería tan fuerte y valiente como ellos, no importaba cuanto lo deseara.