Lörihen en el Teatro Vórterix: La revolución posible
En lo que fue una noche de gala para el heavy metal nacional, Lörihen presentó Desconexión ante un Teatro Vórterix al borde del lleno. Desafiando con coraje a la crisis, el público se acercó masivamente al recinto de Colegiales, para volver a encontrarse con una propuesta metalera de alto calibre que nada tiene que envidiarle a las de mayor renombre internacional que suelen pasar por nuestro país a cada año.
Hay algo que es vox populi en la escena local hace varias décadas: el metal argentino es un fenómeno de nicho que ha logrado sobrevivir a los diversos cambios en los gustos y consumos que se generaron a lo largo de estos tumultuosos años. Hace ya más de veinte años que Lörihen se encuentra recorriendo la escena emergente nacional, habiendo logrado grabar a puro esfuerzo y talento su nombre junto a los más importantes del género.
Mientras los espectadores iban llegando, Argan y Boanerges fueron los encargados de ponerle un poco de fuego a una previa que tuvo muy buenos momentos. Dos conjuntos con público propio, que se mostraron como representantes del nuevo metal progresivo y el metal sinfónico nacional, dos sub-géneros que tienen a Rata Blanca como máximo exponente y que piden a gritos una renovación. No sorprendió que, en lo referido a lo sonoro y al espectáculo en su totalidad ambas bandas estuviesen a la altura de las circunstancias, confirmando una realidad: el metal argentino, lejos de estar muerto, tiene mucho para decir y necesita con urgencia canales masivos donde hacerlo.
Después de que el último malón ingresase al Teatro Vórterix, las luces se apagaron y en la pantalla principal comenzó a proyectarse un video a modo de introducción con una estética e idea muy similar a la de The Wall. Sin dar vueltas, los cinco músicos salieron para tirar la casa por la ventana: “Libertad” y el estreno de “El Abismo” fueron una muestra de cuan fuerte y precisa puede sonar una banda con el recorrido y experiencia de Lörihen.
Sosteniendo su columna principal –una que alterna entre el metal sinfónico y el clásico– supieron con el paso del tiempo insertar variadas influencias, entre ellas el thrash metal y el rock pesado, todo esto en el marco de una producción de altísima calidad y en extremo planificada. Intensidad y velocidad, dos cualidades que definen la notable labor de Emiliano Obregón y que, básicamente, son el corazón que hace latir a cada una de las canciones.
Justamente fue la imagen de un corazón en 3D la que acompañó a “Aún Sigo Latiendo”, donde la combinación de riffs y solos generó un ambiente impresionante en la nave central del teatro de Colegiales. La apuesta fue doblada con “Animal”, siendo el doble pedal de Hernán Ríos el motor del gran camión del infierno que con cinco faros altos avanzó atropellando sin piedad a todo lo que se le ponía por delante.
La presencia de Andrés Blanco en el teclado para la emotiva “Cuando Tus Brazos Caen” los vio descender hacia la balada clásica, superando con el virtuosismo de Obregón un problema técnico en la batería que tuvo al show en veremos durante algunos minutos. La mencionada relajación arriba del escenario no tuvo su espejo en el público, que siguió encendido y coreando cada verso, desanudándose la ira sobre el final ya con toda la banda completa una vez más.
La sutil pista presente en “Espinas En El Alma” ayudó a entender que no por tener un estilo definido e inamovible, Lörihen es ajena o escapa a las innovaciones y herramientas que surgen año a año en la escena musical. De un solo golpe, el peso y la oscuridad ganados en la canción previa tuvieron un intervalo: “Muro Del Silencio” cambió el aire y regresó las aguas a su forma agitada original, consiguiendo la batería maniobrar sin problemas cambiando el ritmo constantemente desde los platos.
Otro de sus estrenos, “Señales”, también estuvo acompañado por varios elementos electrónicos, estableciendo un saludable contacto con el Nü Metal para darle mayor vértigo y peligrosidad a la melodía. Mientras las imágenes de la explosión de la bomba atómica inundaban el recinto, los plomos colocaron una mesa antigua con dos sillas y una lámpara, señal de que el segmento acústico estaba al caer.
En soledad, Lucas Gerardo y Emiliano Obregón regalaron versiones más íntimas y minimalistas de “El Secreto Más Perverso” y “Contraluz”, canalizando por momentos el estilo de las baladas acústicas metaleras de fines de los ’80. Tardaron poco el volver a lo suyo, siendo “Realidad Virtual” una defensa de su identidad y “Solo Tus Ojos” –empujada por un extenso y vibrante solo de Obregón– otra prueba de que los registros más románticos y tranquilos les quedan igual de bien.
Brenda Jezabel Cuesta, vocalista de Bloodparade, se trepó al escenario para ponerle cara a la dolorosa y empoderante “Cenizas Del Dolor”, un tour de force impactante que estuvo acompañado por un video que representa a las millones de mujeres que en el país han sido y son víctimas de la violencia de género.
Con la piel aún erizada, apretaron el acelerador con un poco de rock clásico: “El Viaje” sirvió como recuento de su extensa y sacrificada carrera, alcanzando notas altas en lo referido a la nostalgia, un pequeño permitido dentro de un disco donde predomina el metal. Reivindicando el federalismo que los ha caracterizado siempre, Emiliano dio rienda suelta –junto a Germán Philippens de Arcángel– al sonido más new wave de “El Último Eclipse”, canción larga pero cerrada en cuanto a su idea y ejecución.
Las agujas del reloj se posaron sobre las once, quedando todavía bastante tramo por recorrer: “Esta canción va a ser contemporánea dentro de 20 años. Porque la clase política lo único que sabe hacer es meternos la mano en el bolsillo y eso es lo que va a hacer con nuestros hijos y nietos”, fue tradicional discurso anti-política que sirvió como presentación de “Triste Historia Del Poder”. Más allá de las fotos y videos de ex Presidentes y funcionarios (no se salvó nadie), lo que sobresalió fue el plus de agresividad que tuvieron voz e instrumentos.
Death metal para las masas, cierre con gloria y aplausos de la mano de “Traidor”, seguido por un siempre necesario cover de “Highway To Hell” y la fiesta total generada por una lúdica versión de “Vida Eterna” con todos los invitados y cantantes de las bandas soporte sobre un escenario en el que la felicidad superó con creces un momento complicado para la música independiente.
Golpe sobre la mesa por parte de Lörihen y del metal nacional en general, dejando en claro que no hay que ir muy lejos para encontrar un show de primer nivel dentro del género. Es muy difícil vaticinar una revolución en este nicho que logre llevarlo a la cima una vez más, pero lo cierto es que los elementos para conseguir ese gran salto existen. Factores externos suelen ser los que impiden el crecimiento, pero no sería sorpresivo que en algún momento las estructuras de la industria vuelvan a ceder para hacer visibles a una gran cantidad de conjuntos que tienen muchísimo para darle a una escena musical ya de por sí muy rica y variada.
Por Rodrigo López Vázquez