El sentimiento del egoísmo, azaroso y profundo, atragantando mi pecho en la penumbra. De tenerlo todo, de guardar un hueco bajo la manta donde concentrar tu perfume para cuando te vayas, sigas conmigo. De esto, a que me aqueje la conciencia de lo que de verdad siento, por ti y por todas tus formas de ignorar las cosas serias, de dejar que pasen, pero que el movimiento de tus manos y tus uñas ahora mordidas te delate. No eres capaz de hacer que no te importen las cosas importantes. Sólo formulé en un único tiempo la pregunta, y de forma indirecta. Nos mentimos a la cara y nos dio igual. Mi conciencia acalló por un par de meses. Somos tan semejantes, como distantes, como cercanos, no hay silencios incómodos, porque nuestras mentes hablan demasiado, a solas. En el azul de tus pupilas, en los besos tórridos, en la brisa que entra por la ventanilla del coche hacia el extranjero...
La culpabilidad me dobla en dos, me golpea en el estomago, no encuentro el aire para hacerle frente a estos pensamientos. Encontré la paz para los fantasmas de mi pasado, sané heridas que años llevaban sangrando a borbotones e intentando cerrar al mismo tiempo. Sentí alivio, dulzura, pena, angustia, culpabilidad, cariño, calor, calidez, sinceridad, y nuevas sensaciones indescriptibles... en el momento en que zanjamos nuestro pasado común. Me sentí fuerte, renovada, equilibrada, me sentí renacer de verdad, tras un lustro guardando la espina, pues fue el dueño de la rosa quien volvió para arrancarla y restaurar no sólo sus rasguños, sino los míos. Recuperamos una parte vital de nosotros mismos, nos recuperamos a nosotros mismos, en un nuevo plano, en una nueva forma de ser, sin defectos amorosos. Sin tapujos. Verde esmeralda, esperanza.















