Fanfic Isco Alarcón - Cinco caminos a Grecia
Perdón por la tardanza! Espero que les guste y gracias por leer. El resto del fic aquí
Capítulo 10
La víspera de Año Nuevo se veía lejana. El siguiente año estaba más lejos de lo que lo había visto todo diciembre porque es que el último día se me hizo eterno. Hicimos una limpieza profunda a la casa mamá, Mario y yo, cosa que sí era toda una primicia, pero resultaba que mi hermano había decidido rentar un piso e irse a vivir sólo muy pronto. Llamémosle una resolución de año nuevo.
Estaba exhausta y para la hora que me ponía maquillaje y mi vestido nuevo lo que en realidad más añoraba era irme a la cama y que eso fuera un ritual para lo que quería mejorar en el próximo año, mis horas de sueño. Aun así accedí ir a casa de Paula después de las doce y no me arrepentí, o al menos no de todo.
El año nuevo con mi familia era idéntico a la noche buena, excepto por el conteo regresivo y la corta hora de baile después de los abrazos. Siempre teníamos gorros alusivos, gafas inmensas, sombreros festivos, sonajeros, cornetillas y cosas semejantes que se tardaban mucho más en dejar los empaques que en usarlas de verdad. Y esta vez hubo muchísima menos serenata, creo que todos estábamos algo cansados. Yo estaba también algo taciturna pensando en Francisco, quien se había ido a la montaña de vacaciones con su familia y no me había ni siquiera escrito desde el día anterior. Yo había intentado llamarlo, pero no logré comunicarme con él. Seguramente ya habría perdido conexión o estaba pasándola demasiado bien. Esperaba que sí, se lo merecía. Nunca antes había reparado en eso, pero él tampoco paraba, trabajaba como un burro y aunque le encantara lo que hacía, también necesitaba descanso. Necesitaba de su familia sobre todo, pues su carrera a veces lo obligaba a perderse de muchas cosas.
A las doce, cuando terminamos de abrazarnos, papá me pidió que bailara con él. Acepté, gustosa, y bailamos un paso doble recorriendo todo el salón. El móvil me vibraba enloquecido en el bolsillo, pero no reparé en él hasta que terminamos de bailar y me sorprendió ver que en realidad tenía pocos mensajes. O al menos muchos mensajes de las mismas personas. Unos eran de Paula diciéndome que me esperaba, otros del grupo del hospital y otros más de Alarcón. Me había enviado que feliz año nuevo y un montón de emojis de besos, línea tras línea y al final un audio de unos tres minutos. ¿Qué tanto podría querer decirme en un audio tan largo? Francisco era elocuente y extrovertido, pero no precisamente locuaz y hasta ahora no había sido hombre de discursos ni mucho menos de enviarme declaraciones extensas.
Me escurrí entre la gente hasta lo alto de la escalera para escuchar a hurtadillas lo que me había enviado. Di un respingo cuando me asaltó el ruido de un sitio lleno de gente y trastos moviéndose, como si estuviera abriéndose paso. Y sí, supongo que quería acercarse a la música, pues me había enviado una canción.
Te juro que es verte la cara y mi alma se enciende,
Y sacas al sol las pestañas y el mundo florece.
Dejas caer caminando y pañuelo y mi mano sin mí lo recoge,
Tienes la risa más fresca de todas las fuentes.
La conocía. Era “Mi marciana” de Alejandro Sanz. Porque tú no eres de este mundo, había puesto después del audio. Tenía los pelitos parados y el corazón que se me iba a salir del pecho, especialmente porque escuchaba su respiración, demasiado cerca del móvil mientras grababa. De un momento a otro ha empezado a cantar, borracho como una cuba, y yo no sabía si morirme de risa o de ternura. Reemplazaba las palabras y donde decía “mi hembra”, “mi dama”, él decía “Mi Grecia”. Lo repitió tanto que compensó todas las veces que no había dicho mi nombre por tomarme el pelo. Para el momento en que a mí me tocaba responderle yo estaba sin palabras.
“Cuando juntamos las sillas me siento tan torpe…”
A saber quién era más torpe. Si él molestándome durante años, diciendo frases tontas y haciéndome enojar o yo, que durante años no he visto el bien que me haría. Le respondí un montón de chorradas tratando de no perder la compostura y le dije que esperaba que la estuviera pasando muy bien con su familia. Me alegró que el mensaje no le llegara de inmediato porque me encargué de contemplarlo larga y obsesivamente hasta que se me hizo frío, pero no podía deshacerlo.
Poco más antes de la una, mis padres quisieron irse a casa. Les pedí que me llevaran a casa de Paula, diciéndoles que me quedaría a dormir con ella. Era la mejor opción porque contar con Mario sería un absurdo, luego del veloz abrazo de año nuevo que me había dado no le vi ni el polvo.
Cuando llegué, ya Paula estaba bastante feliz. En su casa había un salón vacío que siempre disponían para fiestas y reuniones, había una mesa repleta de botellas para preparar tragos y aparte, un frigo llena de otros tipos de alcohol. Sus hermanos bebían y fumaban fuera. A ella la encontré con sus primas y su mamá cantando karaoke a todo pulmón. La aparté sólo por un segundo, cuando me ofreció algo de beber, para contarle lo que me había enviado Francisco y ella pareció encantada, llenándome el trago más de la cuenta. No fue difícil integrarme, las ganas de bailar para mí eran un poco incontrolables, pero estaba renuente a cantar. Bastaron un par de copas para que me adueñara del micrófono y cantara Mi marciana una vez tras otra, casi con ganas de llorar.
Paula es de las que publica absolutamente todo y estaba muy prendida al Snapchat. Como era de esperar, había grabado por completo nuestra sesión de karaoke y la había posteado. Yo posé para muchos de sus videos, pero en mi defensa, en ese momento no estaba nada consciente. La mañana siguiente, a eso de las once cuando me levanté y ella seguía durmiendo con la rodilla clavada a mi costilla, vi con horror muchas cosas que yo no recordaba haber hecho. Es más, cosas que yo no recordaba haber sentido y que se notaba a leguas en esos videos.
Rezaba para que Francisco, sumido en su fiesta y su cuota de resaca, no hubiese visto nada de eso, pero igual no quería arriesgarme. Paula dormía con el móvil debajo de la almohada así que empecé a buscarlo sin cuidado. Ella se despertó y me miró con reproche tras la maraña de pelo claro.
-Joder ¿Qué haces?
-Préstame tu móvil, reportera. Borra esos horribles videos que subiste ayer.
-Tú siempre exagerando – se incorporó un poco para alzar su almohada, sin poder abrir los ojos del todo aún.
-Vale, no pasa nada. Sólo quiero que los borres antes de que Alarcón los vea.
-¿Alarcón? Joder, Grecia, todavía lo llamas como si fuera profesor tuyo o tu puto contador.
-¿Y cómo quieres que lo llame? Siempre le he dicho así.
-Pues llámalo por su nombre, al menos. No seas un puto iceberg – me regañó, mientras rebuscaba en su móvil – Vale, pues hay malas noticias.
-Ya los vio – salté yo. Ella asintió. - ¡No! ¿En serio? – ella me mostró la lista de visto y ahí estaba - Pensé que tal vez ni te seguía.
-¿por quién me tomas? – se rio Paula.
-Pues, ya valió – suspiré, algo resignada.
-¿Por qué te preocupa tanto?
La miré como si estuviera loca. Ella me devolvió el mismo gesto.
-¿Cómo que por qué? ¡Es que no me viste a grito pelado cantando la canción que él me envió! ¡Como si no sé…!
-¿Cómo si estuvieras loca por él?
-¡Pues sí!
-¿Cómo si lo extrañaras?
-¡Sí! -¿Y es que no lo extrañas, Grecia?
Y con eso consiguió callarme, no porque no supiera responder sino porque no quería.
-Sí, lo extraño – le dije por fin.
-¿Entonces? – protestó Paula - ¡Suéltate, por Dios! Deja de preocuparte tanto… Incluso por lo que él piense. Que si tienes el agua al cuello, pues vale, flota, nada, haz piruetas. Tienes derecho a querer.
-¿Y si me ahogo?
-Aquí tienes tu salvavidas – sonrió y abrió los brazos.
Muy en contra de mi voluntad, le escribí. En parte porque sí que lo extrañaba y quería saber cómo le había ido, pero también porque sabía que era mejor hacerme la valiente y tomármelo todo con humor. Él, al leer el mensaje, me llamó y supe que sería más difícil de lo que pensaba. Me escabullí al baño para contestarle y no tener a Paula haciéndome señas para que no fuera demasiado yo.
-Hola, guapa – me saludó - ¿qué tal la resaca?
Me reí, mesándome el cabello.
-No tan mal ¿y la tuya?
-Fatal, fatal. Qué razón tiene el mister de que los futbolistas no debemos beber.
Me contó de su noche y lo bien que lo había pasado con su familia.
-Lo malo es que te he echado de menos todo el rato.
-Yo también – susurré.
-¿Tú también te has echado de menos?
-Idiota – dije, a modo de protesta – a ti.
-Ah, pues ya iba a decir “qué egocéntrica la Bélgica”.
Tuvimos una de esas discusiones huecas y en broma. Sobra decir que él seguía tomándome el pelo como siempre lo había hecho y a mí –casi siempre- me divertía. Él tuvo el tacto de no mencionar mi interpretación en karaoke en la que descuarticé la canción de Alejandro Sanz y yo tampoco mencioné su alocada nota de voz. Terminamos la conversación con sonrisas y prometimos hablar más tarde.
El día fue sumamente tranquilo, nos quedamos en pijama hasta muy tarde y pasada la hora del almuerzo, calentamos algunas sobras de la cena de fin de año y nos sentamos al televisor con sendos vasos de gaseosas y platos variadísimos. Los papás de Paula habían salido temprano a visitar a sus ahijados y sus hermanos se despertaron cuando ya casi iba a oscurecer.
Yo me di un baño, me coloqué ropa limpia y me tomé dos analgésicos, que esta resaca se iba o la echaba, y me fui a casa queriendo que la rutina no volviera nunca.
Procuré aprovechar al máximo los pocos días libres que me quedaban y eso quería decir que los trataba como una cura de sueño. No era un tratamiento muy moderno que digamos, pero a veces me hacía a la idea de que podía acumular horas dormidas para cuando me hicieran falta. No volveríamos a clases sino después del día de reyes y sabía de sobra que la juerga decembrina la pagaríamos caro y con creces en cada guardia, especialmente en las de ginecología con Isturiz.
Me encantaba no tener noción del día que era, pero a juzgar por lo lejano que ya se notaba fin de año, me parecía que era miércoles. Me despertaron unos golpes en la pared del lado de la habitación de Mario y entendí que había llegado el momento de su tan ansiada mudanza. El primero de enero nos había reunido a todos antes de la hora de dormir y había anunciado que se mudaba solo a un apartamento a más o menos quince minutos de casa. Todos nos lo esperábamos menos Mamá, que sufrió conmoción tal que tuve que darle pastillas para dormir. Papá y yo nos alegrábamos por Mario que bastante falta le hacía madurar, sin poder evitar sentir que eso hacía mella en mí, que ya llevaba rato pensando en irme a vivir sola también y dejar a mis padres en paz de una buena vez.
Lo cierto es que Mario no se había quedado sólo en palabras y cuando bajé a la cocina lo vi pasar con bolsas de ropa y una caja con su consola de videojuegos. Encontré a mamá taciturna, con una taza de té en lugar de café y la expresión de que era la última. Le di un abrazo sin decirle nada porque si la obligaba a responderme, seguro lloraría. A saber que seguro era la primera madre española que se pone tan sentimental cuando su único varón, un hombretón de veintitantos ya con pelos por todos lados, decidía dejar la casa para poner una magnánima distancia de quince minutos en coche.
La dulce July suspiró y alisándose los pantalones se incorporó para preguntarme qué quería desayunar. Le dije que no hacía falta, pero ya ella había decidido que lo iba a preparar, buscando tener la mente ocupada y algo muda.
-¡Grecia, te necesito un segundo! – gritó mi hermano, escaleras arriba.
Un instante después se oyó el golpe sordo de madera con madera.
-¡Con cuidao, macho! – dijo una voz que me paralizó.
Por supuesto que mi pequeña cabecita no había logrado suponer que el ayudante de mudanza de Mario era Francisco. También escuchaba a Dino ir y venir con ellos. Seguro puse esa cara –que no sé cual es- pero que mi madre siempre detecta, y sin esperas me pregunta qué me picó.
Regresé a mi habitación a toda velocidad para gritar un “Ya voy” a medio subir, escuchándolos a ellos en la habitación contraria. Quise pasar a hurtadillas, pero una mano me jaló hacia dentro. Lo siguiente fue un par de labios chocando con los míos y unos brazos que me asían con firmeza contra la puerta a la que me habían empujado.
-¿Pero qué…? – traté de decir.
-Te he echado mucho de menos – susurró con voz ansiosa.
-¡Francisco! – protesté, asustada de que nos vieran. Él se rio por lo bajo - ¿Estás loco?
-Pensé que ya lo sabías – sonrió, mirándome con expresión divertida.
-Mario nos podía haber visto – mi voz le advirtió y mis ojos lo buscaban por la habitación, pero mis dedos estaban acariciando distraídamente la parte baja de su barba.
-Grecia… ¿Tú le cuentas todo a Paula?
Asentí.
-Pues yo le cuento a Mario.
-¿Mario sabe? – le pregunté, asombrada - ¿Y se lo tomó bien?
-Mario lo sabe desde el colegio, niña. ¿Cómo le dicen ahora? Nos shippea – dijo, sonriendo.
-Vale, pero pudo habernos visto alguien más – seguí regañándolo y me aparté de él, tajante.
-Lo siento, es que… - y con un movimiento rápido volvió a besarme – me moría de ganas.
No pude evitar reírme y le di un último abrazo antes de escabullirme de nuevo a mi habitación. Se me había olvidado por completo que estaba hecha un desastre, que las trenzas que me había hecho para dormir estaban torcidas y espelucadas, me olvidé incluso de lo que había estado pensando por concentrarme de nuevo en esa sensación de ardor placentero en el estómago, esas cosquillas en el alma que Francisco me provocaba. Y no sólo eso, que también me había quedado con el pinchazo de saber que Mario sabía de lo nuestro y más que eso, lo apoyaba. No sé si es que soy adicta a la polémica, pero me ofendía –sólo un poquito- que en su papel de hermano mayor no estuviera haciendo de perro bravo, como si no le importara que uno de sus amigos quisiera embochincharse con su hermanita.
Puestas las botas, me decidí a ayudarlos guardando siempre la distancia con Alarcón. Me tomaba el tiempo de provocarlo y picarlo para que hiciera uso de los chistes malos con los que siempre me molestaba. Una cordialidad tan fraterna también podía levantar sospechas, estábamos obligados a seguir tomándonos el pelo. Tampoco era mucho lo que Mario se iba a llevar, incluida su ropa, sus libros y su arsenal de videojuegos, lo único verdaderamente engorroso fue sacar un librero de madera, siendo ese el único mueble que dejaría su habitación junto con la silla para el ordenador.
Cuando mamá nos llamó a desayunar, sirvió la mesa para los cuatro. Papá no estaba, había salido muy temprano al banco. Ella se enfrascó en Francisco y en sus vacaciones, cosa que no era del todo inusual, pero se notaba muchísimo que evitaba a toda costa hablar de Mario y su último día en casa. Yo estaba tiesa, alerta para no meter la pata ni con comentarios inofensivos y ella, inmersa en su nostalgia, no me notó distinta del tedio que siempre demostraba delante de Alarcón.
-¿Nos acompañas? – me invitó Mario – Me gustaría que me ayudaras a organizar el piso. Ya se lo mostraré a los viejos cuando me lo pongas bonito.
Accedí, sellando la última bolsa de su ropa de invierno. Mamá nos miraba desde el pie de la escalera con una sonrisa triste. Él fue a abrazarla.
-Vengo esta noche a cenar ¿vale?
Ella recuperó el ánimo y se despidió de nosotros. Había una furgoneta en lugar de un camión de mudanzas, ya lista con las cosas de Mario. Nosotros nos iríamos en el coche de Francisco, quien me esperaba abriéndome la puerta.
-Va, que ahora el tercio se va al asiento de atrás – dijo Mario con falso enojo – me has quitado a mi hombre, hermana.
-Tú siempre serás mi primer amor, tío – bromeó Alarcón.
No había mucho que decir del nuevo edificio de Mario, era gris, se notaba que lo habían construido recientemente y carecía de mayores detalles. Nos bajamos del coche y cada quien tomó una caja, que a la furgoneta sólo se le pagó transporte, no descarga. El apartamento quedaba en el séptimo piso y era bastante bonito y agradable, a pesar del aun dominante olor a concreto y a pintura. Tenía pisos de madera y grandes ventanas por las que entraba el sol. Era de concepto abierto y la sala se confundía con la cocina y el área de estar, especialmente ahora que parecía a medio llenar. Había un sofá y una poltrona negros y un televisor arrimado al rincón todavía sin instalar. La cocina era lindísima, de alacenas color blanco y negro, parecía lista para usar.
El piso de Mario, en sí, era bastante aceptable. Le faltaba algo de personalidad, pero él la iría creando con cosas que le agregara y detalles que colgara en las paredes. Esperaba yo también que en esta nueva faceta de soltero independiente le bajara un poco a su desorden y mantuviera el piso limpio y arreglado.
-Vengan a ver mi habitación – nos invitó.
Tenía una cama gigante con cabecera muy alta de madera gruesa. Un closet vacío, de puertas también de madera y en la pared estaba instalado un inmenso Plasma TV.
-Ya sabemos dónde serán los torneos de FIFA – comentó Isco con entusiasmo, palmeándole la espalda.
-¿A que esta guay la TV? – sonrió él – pero la voy a mover a la sala. Ayúdame, tío.
Cuando se disponían a tomar el gigantesco trasto, el timbre sonó y Mario suspiró con fuerza, echando la cabeza hacia atrás y chasqueando la lengua, como si supiera perfectamente de quien se trataba.
-¿Qué pasa? – le pregunté, intrigada.
-¡Dejé los papeles del apartamento en tu casa, tío! – se quejó, señalando a Francisco.
-¿Papeles? ¿Qué papeles?
-El puñetero contrato de alquiler – dijo Mario, abriéndose paso entre nosotros para ir a por la puerta, pues el timbre volvía a sonar – ese debe ser el administrador del edificio.
Y efectivamente, lo era. Pero ambos con suma amabilidad explicaron la situación y aunque a su vez, recibieron respuestas comprensivas, el administrador urgió a Mario a traer el documento en la brevedad, pues tenían que archivarlo ese mismo día para hacer la inspección final del piso y darle todos los juegos de llaves.
Así que volvimos al coche y enseguida pusimos rumbo a casa de Alarcón. Era muy cerca también. Me sorprendió no ir hasta las zonas más exclusivas de Málaga sino a una calle de clase media, cuyas casas estaban bien resguardadas, pero a la vez, a la vista. Si bien, la suya no tanto. Entramos por una gran puerta automática de hierro a una entrada bastante amplia. La casa de Francisco era moderna, su arquitectura era muy geométrica y urbana, por fuera se notaban detalles de vidrio y las pocas plantas a la vista, estaban finamente podadas también con una rectitud milimétrica.
-Si quieren los espero aquí – ofrecí.
-Venga ¿no quieres ver mi palacio? – bromeó Alarcón y se bajó del coche.
Por dentro, seguía la misma línea de muebles rectos y modernos. La cocina era un sueño, la estufa y demás enseres tenían aspecto futurista. El tope era de piedra pulida, seguramente granito o algo semejante. Me sorprendió la pulcritud del lugar, pero por otro lado también estaba segura de que Francisco no se encargaba de limpiar. Aun así, tenía mérito que la mantuviera ordenada.
En la sala había un TV gigantesco también, como el de Mario, instalado en una especie de modular de madera con repisas llenas de trofeos y premios. Toda la pared trasera de la sala era de cristal y daba vista a un patio exquisito.
-Los papeles deben estar en algún cajón de la cocina, Mario – indicó Alarcón, revisando.
-¿y Messi?
-Está en casa de mis padres.
-¿Messi? – pregunté.
-Nuestro perro.
-¿Tienes un perro que se llama Messi? – reí – que fangirl ¿eh?
-Que no diré que no admiro al tío ¿eh? Es una máquina, pero el nombre se lo puso mi hermano – rio él también.
-¡Grecia, ven a ver! – exclamó Mario desde la puerta que daba al patio.
Seguidamente fue corriendo a la cocina a buscar algo.
-¿Qué? – preguntó Alarcón, extrañado - ¡Ah, el pato!
-¿El pato?
Había un pato nadando en la piscina. Sí, Francisco tenía piscina y era preciosa, aunque no muy grande, pero del tamaño justo para su bonito patio de gravilla y césped.
-Ah, sí. Ese pato viene de vez en cuando. Supongo que le gusta la privacidad.
Mario había ido a por un trozo de pan y acercándose al borde de la piscina, le ofrecía una migaja al animalito que lo ignoraba por completo. Seguía impasible nadando con suma gracia sobre el agua cristalina. Era de colores oscuros y tenía el pico también oscuro, las plumas húmedas le brillaban al sol. Le lanzó la migaja y el pato dio un rodeo para atraparla con agilidad, pero no se acercó a él. Lanzó otra migaja, muy cerca del borde donde estaba, pero el pato estaba renuente a acercarse.
-Mario, déjalo en paz – me reí – vas a caer al agua.
-Vale, que solamente quiero ver si se deja tocar.
-Por supuesto y no se te acerca ni un metro, vale.
Casi burlándose de mí, el pato nadó cautelosamente en dirección a Mario que, en su emoción, dejó su móvil en el suelo y se echó al agua. El pato aleteó, ofendido, pero permaneció en el agua y Mario comenzó a maniobrar y a hacer tonterías.
-¡El lago de los patos! ¡Próximamente en teatros! - anunció.
Francisco y yo nos partíamos de risa.
-Más bien pareces una sirena, tío – se burló su amigo y eso hizo que Mario hiciera más payasadas.
-Las sirenas no son tan peludas.
Por lo bajo, Francisco me hizo señas de que le prestara mi móvil para subir un video y entre las risas, lo saqué de mi bolsillo y se lo entregué. Al instante de caer en su mano, la otra empujó mi hombro y caí casi en cámara lenta a la piscina yo también. Aun bajo el agua, podía escuchar las risas de ellos dos y cuando pude apartármela de los ojos, Francisco estaba grabándome con mi móvil.
-¡Idiota! ¿Cuándo van a madurar ustedes dos? – chillé, furiosa.
-Venga, Macedonia, que el patito pidió tu compañía – se reía Alarcón.
-¡Eres un…! - de nuevo estaba corta de adjetivos para él.
Para el pato ya eso era demasiado y huyó lo más rápido que pudo.
-Yo parezco sirena y tú un pollito remojado, Guecha – se burló mi hermano, que era quien más se estaba riendo.
Francisco se lanzó al agua también para abrazarme. Yo me aparté, buscando las escaleras para salir.
-Venga, Grecia, no te enfades – sonrió él.
-Y para más, está helada. Nos dará bronquitis a todos.
-Vale, vale. Ya voy por las toallas – cedió él, ayudándome a salir.
Me exprimí el cabello y la ropa lo más que pude, temblando, buscando con la mirada el rayito de sol más fuerte bajo el que podría ponerme para conseguir algo de calor. Mario todavía dejaba escapar risitas.
-¿Cómo se supone que me devuelva a casa? – me quejé, palmeándome las piernas empapadas.
-No pasa nada, que los asientos del coche son de cuero y tiene calefacción – se escuchó la voz de Alarcón que volvía de adentro – te secas en un ratito – se encogió de hombros, entregándome una toalla.
-¡Vale y volver al trabajo resfriada! ¡Wohoo! – salté con todo el sarcasmo que pude.
-Puedo prestarte algo mío, si gustas – ofreció – no es tu estilo, pero seguro te va bien.
Lo miré mal mientras me sacudía el cabello.
-Algo de ropa mía debes tener aquí, macho – dijo Mario, entrando en la casa.
-Lo siento – me dijo Francisco, por lo bajo – de haber sabido que iba a molestarte tanto, no lo habría hecho. Era una broma.
-Tenías que haberlo sabido.
-Sabía que te cabrearías, pero no tanto – y no pudo evitar reírse.
Mientras tanto yo reevaluaba nuestra naciente relación y el hecho de que Francisco tenía muchas cosas buenas, pero le faltaba mucho para ser un adulto. Él me propuso entrar y me buscó algo para cambiarme. Trajo una camiseta negra sin mangas y unos pantalones cortos de los que usaba para jugar al fútbol.
-Esto es todo lo que tengo en stock – dándome la ropa y tratando de no reírse.
-Gilipollas – dije por lo bajo, quitándosela de las manos.
-Venga, no te enfades conmigo – y me abrazó por la cintura.
-No lo haré… cuando crezcas – solté y fui a cambiarme en el baño.
El chapuzón suspendió la tarde de decoración. Los chicos igualmente querían ir al piso de Mario, pero yo, que seguía con las bragas y el sostén mojados, ya me podía dar de baja. Francisco me alcanzó también una chaqueta suya, de esas de algodón, porque a pesar de la ropa seca seguía tiritando. Llevó a Mario hasta su edificio para que entregara el contrato que le habían pedido y él se devolvió con nosotros hasta la casa para quedarse de una vez a cenar. El trayecto un tanto silencioso en el coche provocó que me calmara y para cuando llegábamos a casa y Mario se dio prisa en bajar, Alarcón intentaba disculparse de nuevo. Atontada por el calor y el agradable olor de su chaqueta azul, yo estaba dispuesta incluso a regalarle una sonrisa.
-Vale, no pasa nada. Tal vez haya exagerado un poquito.
-¿Un poquito? – inquirió él.
-No te pases – advertí, pellizcándolo.
Él se rio de esa manera tan suya y se despidió con un beso.
-Te escribo luego ¿vale?
-Vale y la ropa me la quedo.
-Caro me salió el chapuzón – se lamentó.
No sabía que al cruzar la puerta, un tribunal me esperaba sentado en el sofá. July con su estela de punto de cruz.
-Han llegado pronto.
-Sí… Lo dejamos para otro día.
-¿Te has caído en un charco? – preguntó, sin levantar la vista del bordado.
-Algo así. Estos tontos me han empujado en la piscina – contesté, con un dejo de risa.
-¡Ah! Mario no me dijo que tenía piscina.
-No, no. Fue en la piscina de Alarcón.
-Ya decía yo, ustedes me cuentan todo – sonrió - ¿Y tú cuando vas a contarme que sales con ese chaval?
La pregunta me atajó en seco en mi camino las escaleras.
-¿Qué has dicho? – inquirí con una risa nerviosa.
-¿Me lo vas a negar? – la sonrisa se hizo más pronunciada.
-Venga, mamá. No sé de qué me hablas.
-Ah, te haces la tonta – afirmó. Dejando de lado su trabajo para mirarme con una gran expresión de satisfacción – Desde hace días estas pegada al móvil, cosa que no es tan usual en ti. Te has puesto un vestido hace poco, que lo he visto en la ropa sucia, y no ha sido para ningún día de navidad, por lo que asumo que saliste y no ha sido una salida tan casual como de costumbre. Esta mañana había una tensión extraña entre tú y Francisco y ya no ponías cara de querer morirte cada vez que él abría la boca. Ahora, Mario entra primero que tú, lo que seguramente quiere decir que los ha dejado despedirse y pues, para mayor evidencia, entras con el cabello mojado y ropa del muchacho en cuestión. Sobre todo el su nombre en el dobladillo del pantalón te delata – y señaló el lugar al que estaba mirando.
Instintivamente mis ojos rodaron por mi atuendo prestado. No sabía si reír o llorar ante la minuciosidad con que mamá había expuesto su caso y lo justo que había dado en el clavo con cada una de sus suposiciones.
-Y de todo eso, ¿asumes que salgo con él? – inquirí con una risa absurda, aunque sabía que ya estaba pillada.
-Pues, sales con alguien – se encogió de hombros – Eso lo sé desde hace días. Hoy me he dado cuenta de que es con él o que al menos lo piensas… De otra forma, habrías preferido venir desnuda que ponerte su ropa.
Ahora le sonreí con sinceridad.
-Eres increíble, bruja – negué, divertida.
-No soy bruja, sólo soy tu madre.
Fui a sentarme a su lado y ella me acarició el cabello.
-No te había contado porque no quiero que te hagas muchas expectativas, yo sé que tú lo quieres…
-¡Vamos, que es un chaval para comérselo!
-Sí, sí – reí otra vez – por eso mismo ¿eh? Y es algo que va comenzando, entonces…
-No te preocupes, hija – me palmeó el dorso de la mano – que es tu vida y no he de meterme yo, ¡pero me mola muchísimo! Es un muchacho educado, encantador, de buena familia…
-Vale, vale. El príncipe azul…
-Y se le cae la baba por ti desde siempre ¿eh?
-¿Tu también? – salté.
-Ay, Grecia, tú estas como Shakira… Ciega, sorda y bruta.
-¡Muda!
-No, muda de eso nada ¿eh?
Nos reímos, me rodeó los hombros y me dio un abrazó ajustadito.
-Ahora falta que lo sepa papá.
-Tienes una oportunidad este día de reyes.
-¿Ah?
-Vale, que yo lo he invitado a cenar y él me ha dicho que sí. Y venga, que tú eres muy mala mintiendo, así que ya ahí podemos formalizar el asunto.
Ahí se me fue el alma a los pies. Precisamente le decía que no quería darle ningún tinte de seriedad a lo mío con Alarcón y ella me organiza cena formal para que yo se lo presente a mi papá.
-No seas tan dramática. Que a tu papá le tienen sin cuidado esas cosas.
-Pues, eso sí. Y seguro a él también le cae mejor Francisco que yo.
Ella me miró, divertidamente ofendida y me dio un manotazo suave en la cadera. Le di un achuchón que la hizo recostarse en el sofá. Y así estuvimos el resto de la noche, hablando de mi más reciente “adquisición”, hasta que el cabello se me secó del todo.
La expectativa de incluir a Alarcón, ya sin tapujos, a mi familia me daba un miedo terrible, pero por otro lado podía agradecer que sin querer, había pasado el trago agridulce de tener que sincerarme. Agradezco siempre ese instinto superior que es mamá.











