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Otro día más, tumbada en la cama pensando en imposibles, en quizás y en historias que te gusta imaginar que pueden suceder, aún con la certeza de que no será así. Cuentas los minutos que crees que faltan para conseguir dormirte, y buscas el lado frío de la cama con los pies, porque llevas tanto tiempo en la misma postura que no te has dado cuenta de que las sábanas están ardiendo. Meditas todos los detalles, las coincidencias, los logros y las derrotas que te han llevado hasta el punto donde estás, que poco a poco ha ido situándose en el equilibrio, pero que una ligera ráfaga de viento puede desmoronarlo todo de nuevo. Aun así, sigues adelante, sin mirar atrás y dejando apartadas aquellas historias. Aquellas que intentan volver pero esta vez las has cerrado la puerta a tiempo. Te detienes un instante, tus pies se han quedado enredados en las sábanas. Quizá la aventura por encontrar los pocos centímetros de frío en tu cama se ha convertido en una búsqueda involuntaria de otros pies en el colchón. Pero no. El momento de la vuelta a la realidad llega cuando sin querer, tus pies golpean la pared, en un intento desesperado al buscar a alguien más allí. Pero no, la cama continúa vacía, y tu ahora buscas un atisbo de calor que consiga hacerte sentir abrigada.