Imaginé que éramos tú y yo, caminando de la mano como tantas veces lo hemos hecho. Me sujetabas de una forma relajada y perteneciente, y tus pasos andaban seguros, en calma, como si el tiempo esta vez, no nos jugara en contra.
El callejón estaba todo mojado, los locales habían abierto hace poco y las señoras fieles a sus espacios se esmeraban por mantener el paso limpio. En medio de ese aroma solo pude pensar que juntos habíamos caminado esa misma banqueta mas veces que las que yo lo había hecho por mí misma, desde que me mudé aquí, hace 24 o 25 años, no… no recuerdo bien.
En medio de las tareas diarias, caminando rumbo al mercado de flores, pues para mí era importante adornar el florerito de nuestra entrada, venías describiendo como te gustarían las cortinas de nuestra habitación. Yo solo veía tus labios moverse, dejando asomar esos lindos gestos que aparecen cuando tus dientes se muestran y me sonríen solo a mí.
Marfil, azul o terracota. Lino o tergal. No importaba. Mientras la luz cuidara tus ojos cada mañana y yo pudiera abrir los míos para encontrarte a mi lado… No importaba. Asentí a todo, me soñé contigo y confesé en mi mente “yo solo quiero hacerte feliz”.
De pronto torpemente, salí de mis pensamientos tras tropezar con mi propia agujeta. Tu primera reacción fue sostenerme y sin mas, te agachaste e hiciste un moñito con mi cordón mojado en un acto de dulzura.
- Lo siento, no me di cuenta. - dije de inmediato avergonzada. - ¿Perdón de qué? - respondiste y al levantarte con una palmadita picarona me indicaste que siguiéramos el camino.
Olvidamos el tema de las cortinas. Preguntaste si ya sabía cómo quería las flores, yo solo respondí que quería esperar a ver en los puestitos y soltaste una pequeña mueca en tono de burla pues me conoces y sabes que eso significa que tardaré en decidir.
Giramos en la esquina. Estaba abierta esa vieja casa donde venden discos de vinilos y también, algunas antigüedades de las que tanto me gustan. Sentí ilusión y una cosquillita pero me mordí la lengua antes de pedirte que entráramos, no quiero desviarnos del plan, te conozco… y sé que accederías solo para darme gusto, pero aún hay mucho que hacer y no quiero volver tarde y pasarnos de la hora del almuerzo. Recuerda… eso solo se permite si es para hacernos el amor.
Pasamos de largo, sentí que apretaste un poco mi mano. - ¿Estás bien, amor? - y solo dijiste que me extrañarías.
No entendí en ese momento que pasaba, de pronto se abrió nuevamente el hueco en mi pecho y sentí que te perdía. - ¿por qué lloras? ¿hay algo que deba saber? - me pediste que no abriera los ojos, pero no pude obedecerte, y lo hice.
Estabas ahí, en el mercado de flores, sosteniendo su bolso, acomodando su cabello con ternura, mirándole sus ojos pequeños, de frente a su silueta delgada y lisa, hablándole con la sonrisa dulce que algún día… fue para mí.
Me quedé quieta, recordando que hace un año te habías ido tras tus sueños, recordando que entonces no me dejaste seguirte, viéndote encontrar el lugar que tanto añorabas y me sentí extrañamente, feliz por ti.
No estaba lista para soltarte, no estaba lista para dejar este mundo, y me quedé de pie observando, con la agujeta ensangrentada y el moñito deshecho, con el dolor en el pecho de aquella bala que me alcanzó el día que compraríamos las flores para nuestra casa.