Un sueño.
A veces no es algo que este en nuestro control. Eso es lo que teme más el ser humano, después de todo, cosas fuera de su comprensión, a las cuales su mente no puede terminar de entender o dar forma. Una primera causa y acción de nuestra clausura en esta roca en la mitad de un infinito mar de posibilidades.
¿Realmente queremos salir? ¿Realmente queremos conocer que nos espera allá fuera? ¿Realmente estamos listos para darle frente a ello?
Tú, que apenas y eres consciente ahora de tu mines en este vasto mundo, que apenas y puedes comprender lo insignificante que eres, ¿de verdad crees que puedes terminar de hallar razón a un concepto de espacio y tiempo mucho más allá que el inicio y fin de tu existencia?
Porque jamás ha sido sobre el “y si.” No, jamás, porque si te pones a considerarlo, ¿el infinito alguna vez ha dejado rastro alguno a la imposibilidad? Si ante ti se predispone un infinito (infinito, infinito, infinito. ¿No te has dado cuenta? Si sigo escribiendo la misma palabras de este momento, al momento de mi muerte, jamás terminaré, oh infinito), las opciones también lo son. Sólo se necesitan las perfectas condiciones, y un accionador predispuesto a terminar el trabajo. Y si tienes todo el tiempo del mundo, sólo es esperar.
Claro, es una cuestión del cuándo.
Cuando termine la tierra, o cuando nos volvamos incluso más conscientes de nuestro tamaño, tan diminuto y separado del todo, o cuando seamos liberados de estos diminutos seres que llamamos nuestros cuerpos para encontrar libertades fueras de las físicas... Cuando por fin seamos capaces de explorar lo que nos espera allá afuera, ¿qué será de nuestra frágil mente?
Aquella persona que termina de ser consciente completamente de la absoluta indispensabilidad de su existencia me aterroriza. ¿Cómo pueden vivir, sabiendo que todo lo que hacen, todo lo que dicen, todo lo que sienten, no importa? Somos desechos, nada más que gusanos que apenas y son capaces de salir de la húmeda tierra en la que han vivido toda su vida, y aún así osan a creerse los más importantes o los más sabedores del todo y nada. Da risa, cuando fueron los grandes maestros los que nos advirtieron de lo ridículos que nos vemos tratando de volar con alas de cera cerca del sol.
Es una cuestión de tiempo, y de aceptación. No podemos ir contra nuestra propia naturaleza, seres diminutos que somos. De polvo eres y en polvo te convertirás. Es la estancada de una consciencia, cuando sabe que no tiene valor alguno. Lo más triste es nuestra propia inhabilidad de generar un cambio. Este pobre texto, que ni siquiera llegará lejos, no puedo hacer nada. Tú, tampoco. Nadie puede. Y ese es el fin, de tú, de mí, de la vida y de este texto. Nada, nada, nada. No podemos cambiar NADA.











