Estábamos hablando.
Y de la nada soltó una confesión, una que cambiaba todo, una que dañaba hasta la mente más fuerte, una que quebraba hasta el material más resistente; pero me oculté bajo un gesto y a pesar de todo le sonreí de vuelta, lo abracé y le dije que todo estaba bien, que nada cambiaría, pero mentí.
Mentí porque aquello era algo con lo que ahora yo debía cargar, y en definitiva sí me hizo cambiar, no mi forma de verlo, si no la forma en como percibía el mundo. ¿Y de qué vale seguir intentando ser mejor si el mundo está lleno de antónimos?
- Caótica.











