Metáfora de la piedra filosofal
Sus pilares eran tres: la Piedra filosofal de color rojo, capaz de transformar los metales en oro, el Elixir de la eterna juventud, una sustancia capaz de curar cualquier enfermedad y otorgar inmortalidad a su poseedor y la consecución de la Gran Obra, que eleva a su poseedor por encima del resto de los hombres. Muchos en cambio afirmaban que la piedra filosofal albergaba estas tres virtudes y algunas más aunque sospecho que como casi todas las cosas que pasan por el rigor del reloj del tiempo, las propiedades fabulosas de dicha piedra, acabaron por desvirtuarse hasta convertirse en leyenda, como le paso al mito de “El dorado”.
Los alquimistas se convirtieron en una especie de druidas de lo esóterico, cuyos galimatías y símbolos ocultos destacaban en todas sus conversaciones y obras, confundiendo a cualquier persona que no fuese ducho en el tema. Una frase de uno de los primeros alquimistas, en Rosarium philosophorum, nos da una idea del secretismo que impregnaban a todo lo relacionado con la alquimia: “Cuando hablábamos abiertamente, no decíamos en realidad nada. Pero cuando escribíamos en lenguaje cifrado y en imágenes, ocultábamos la verdad.”
Uno de los más famosos alquimistas, el suizo Paracelso, nacido en 1493 sostenía una interesante teoría que nos puede dar una idea de la ciencia alquímica: afirmaba que los elementos de los cuerpos estaban compuestos por sal, azufre y mercurio, que representaban a la tierra, el aire y el agua. La alquimia partía de la teoría de que estos tres elementos fundamentales podían ser combinados en distintas proporciones para formar nuevos cuerpos. Los metales representaban, según los alquimistas, una contracción de fuerzas planetarias, por eso le llamaban astronomía inferior a ese arte ya que cada uno de los metales se asociaba a un planeta en particular. Y esta astronomía estaba muy relacionada con los signos zodiacales y los 28 ciclos lunares (la luna tarda 28 días en recorrer el zodiaco) que según los entendidos encerraban muchos secretos. Para alcanzar la famosa piedra filosofal, se decía que se tenían que calcinar estos metales hasta reducirlos a una ceniza clara y pura antes de efectuar la transmutación. Como veremos, estas no son más que metáforas con un fin concreto.
Según Paracelso, llegaría una época en la que la letra de los textos sería sustituída por una comprensión visionaria. Se llegaría de nuevo a la lengua del paraíso, que nombra todas las cosas por su verdadero nombre, y todos los misterios de la naturaleza se manifestarían como en un libro abierto. De hecho se dice que la tendencia a imágenes cifradas, símbolos crípticos y textos confusos, se explicaba por el escepticismo de los maestros de la alquimia hacia la palabra hablada y escrita. Me explico, según ellos, el alma tiene una naturaleza divina, confinada en la mazmorra del cuerpo que la contamina y la engaña para evitar que regrese a su origen. Así pues vivimos en un mundo imperfecto, impregnado de caos, en el que para poder purificarnos y regresar a la divinidad debemos crear un nuevo orden o mejorar el existente mediante la alquimia.
Para ello hay que pasar por las siete esferas planetarias del cosmos correspondiente con siete metales. Para franquear la última esfera, el plomo (identificado con Saturno), hay que pasar por la muerte del cuerpo y la putrefacción de la materia, condición previa de la transmutación. El alma tendrá que atravesar antes las esferas de Júpiter (cinc), Marte (hierro), Venus (cobre), Mercurio (mercurio), Luna (plata) y Sol (oro). Estas esferas o metales se corresponden a diferentes estados de madurez hacia la búsqueda de la perfección, simbolizada por el oro. Cada uno de los planetas o esferas imprime en el alma, durante su travesía, una propiedad negativa que la mancilla: Venus le da la lujuria, Mercurio la avaricia, Marte la ira, Júpiter la vanidad, y así sucesivamente. Además, en vida atravesamos diferentes estaciones asociadas a los temperamentos: podemos pasar por la época de la tierra, la estación de otoño que sería el estado de melancolía, la época del verano asociada al estado colérico, la época de primavera al sanguíneo y la época del invierno al flemático.
Todas ellas no son más que pruebas que tendremos que pasar en nuestra travesía de la vida a través de las distintas esferas hasta llegar a la muerte. Después de la muerte, la envoltura terrestre queda en el Tártaro como larva, y el alma se eleva por encima de las regiones áereas hasta llegar a los arcontes, que intentan impedirle el paso. Por eso hay que poseer el conocimiento de la alquimia, sin la cual no podemos pasar todas estas fases de purificación y alcanzar el premio: la inmortalidad del alma y el equilibrio absoluto.
Este equilibrio se refleja en la armonía necesaria que según los manuscritos, debe existir entre el microcosmos (hombre) y el macrocosmos (Universo). “Todo lo que ocurre en el Universo, repercute en el hombre.”












