Siempre disfruté ver los amaneceres y atardeceres. Con el tiempo, aprendí a ver la belleza en el cielo, en las nubes blancas, en las grises también, nunca pasaron desapercibidas esas nubes de colores hermosos, que brindan todo un espectáculo con la caída del sol.
Así me gustaba a mí, ver al cielo para disfrutar esos paisajes, hasta que te conocí. No hubo más bellezas que contemplar, no existía paisaje que me encantara ver, como verte a ti, todo estaba aquí, en la tierra.
Me fascinaba ver el cielo reflejado en tus ojos, o comparar esa belleza del cielo con tu rostro. La paz que tengo al ver las nubes es la misma que siento con tu mirada, no hay nada que me parezca tan espectacular como verte a ti, infinitamente, verte a ti.
Y así como con el cielo, aprendí a querer tus nubes blancas y las de colores también, pero amé las nubes grises, esas que ni tú querías, las amé porque me mostraban tu lado sensible. Las nubes grises de donde muchas veces, comenzaba a llover, y era catastrófico no poder controlarlo, pero amaba sentir la lluvia cuando venía de ti, porque al final podía brindarte un abrazo con tanto amor, que curara tus heridas.
Descubrí que te gusta el mar, como a mí. Ojalá pudiéramos hacer realidad las miles de fantasías que tenía planeadas con tal de verte sonreír. Al día de hoy, no he encontrado nada más hermoso que contemplar tu rostro, contemplarte a ti.
Te quiero de una manera inexplicable, no hay razón, ni yo entiendo como sucedió, sigo juntando piezas, tratando de armar este rompecabezas que me dejaste desde que te vi, la historia que no tiene pies ni cabeza, principio ni fin.
Que cuando de ti se trata, las ideas no logran tener coherencia, hoy solo quiero tener respuestas y entender por qué aún en tu ausencia, no puedo evitar ver tu rostro con cada atardecer.
-Meine Gedanke-










