P A U S A a la trama de los inmortales originales, falsos dioses que están protegiendo a toda costa las armas con las que pueden decidir quien vive y quien muere, incluso entre ellos, para esta mini crisis existencial que nos plantea Zeus:
— ¿Por qué queréis destruir las armas? —preguntó con calma—. ¿Sabéis su historia o sólo cumplís órdenes a ciegas? Tal vez os mande Enkidu, él fue quien, muchos años atrás, esparció la inmortalidad. A eso sí se le llama jugar a ser dios —opinó—. Las armas no tienen que dañar a nadie, sólo protegernos de los inmortales que siembran el caos. Tal vez algunas personas me consideren un dios, ¿pero acaso no habéis oído a qué dios me asocian? A uno benevolente que vela por ellos. ¿Qué hay de malo, pues, en que ellos me sientan como su protector? ¿Qué pasaría, en cambio, si un inmortal quisiera dañarlos? ¿Cómo detener a alguien que no puede morir? Las armas inmortales nos dan la posibilidad de proteger a nuestra gente, y aunque entiendo que destruirlas pueda parecer lo más idóneo para perseguir la utopía de la paz, lo cierto es que nos deja desprotegidos en futuras guerras. Esparcir la inmortalidad y regalársela a cualquiera, eso, amigos, sí que fue insensato. Debemos tener la capacidad de mantener la armonía y el sutil equilibrio entre los mortales y quienes no lo son, y las armas fueros creadas para ello.












