Lo hiciste lo mejor que pudiste, no te quepa duda. Aguantaste como nadie, tratando de romper cada límite, barrera, u obstáculo que se interponía entre vosotros. Esperaste, más de lo que hubieras imaginado, más de lo que nadie hubiera esperado por ti. No te rendiste, nunca, incluso cuando todas las señales indicaban que tal vez era mejor dar media vuelta. Seguiste ahí, de pie, sin importar cuantas veces terminaras en el suelo, sin importar cuántos golpes y heridas fueran grabándose en tu corazón. Relegaste la memoria a un segundo plano, la hiciste callar, le prometiste que todo saldría bien, que sólo sería cuestión de tiempo. Te repetiste, una y otra vez, que tendría un buen final, que llegaría ese día en el que podrías decir que todo habría merecido la pena. Te ilusionaste como no habías hecho antes, soñaste más de lo que hubieras llegado a pensar, volaste tan alto que apenas podías rozar el suelo con los pies. Seguiste luchando, enfrentándote a cualquier adversidad, siempre en primera línea de batalla. Dibujaste mil historias de papel, fuego y pólvora, y anhelabas que se hicieran realidad. No fallaste, ni una sola vez, pese a haber tenido motivos para marcharte lejos y no volver. Te alejaste del rencor, de la rabia, y de cualquier pincelada oscura que pudiera empañar aquella bonita historia. Caminaste siempre tras los pasos de tus latidos, llevando encima un único mapa cargado de sentimientos, honestidad y verdad. Creíste que podrías ser el bote salvavidas de algo que, por mucho que costara aceptar, no sólo dependía de ti. Hiciste más de lo que cualquier persona hubiera estado dispuesta a hacer. Quisiste sin medida, sin peros, sin dejar de intentarlo hasta el último día. Te echaste la culpa varias veces, te llenaste de preguntas y explosiones de recuerdos inconclusos. Pero no, tú no tenías el timón de ese barco. A decir verdad, sabes que nunca fue tuyo. Entregaste cada minuto, hora, sonrisa y lágrima. Trataste de hacerlo lo mejor posible. Y lo hiciste. Diste todo lo que tenías, incluso más. Pagaste un precio muy alto, aunque no te importara. Te fuiste haciendo de hielo y metal, poco a poco, sin apenas darte cuenta. Defendiste con uñas y dientes aquello que querías, siguiendo las normas que dictaba tu corazón. Lo intentaste, demasiadas veces. Pero te olvidaste de una cosa, la más importante. Te olvidaste de ti.