¿Quién no recuerda el momento en el que descubrimos cómo moría Sam? Sí, el mismo Sam al que terminamos cogiéndole tanta manía cuando llega el final de la serie.
Durante prácticamente mitad de la temporada, hemos estado en vilo, a la espera de descubrir qué ocurría aquella fatídica noche, en la que Sam, para desgracia o fortuna (todo depende del punto de mira y la simpatía que nos genere el personaje), muere. Esa confusa noche, de la que tan sólo podemos observar retazos. Fragmentos sueltos, inconclusos, prácticamente inconexos. Pero de pronto, todo parece cobrar sentido.
¿Quién no se acuerda del arma homicida? ¿Quién no recuerda cómo la mano de su asesino asestaba aquel golpe mortal que le robaría el último aliento?
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Sí. Todos recordamos como Wes protagonizaba ese (rídico) asesinato en el que Sam perdía la vida. Porque está claro, que no había mejor arma homicida que ese preciado trofeo por el que todos se peleaban desesperadamente. Pero lo más sorprendente, cabe decir, es la resistencia de nuestro queridísimo Sam ante la perspectiva de la muerte. Su caída por las escaleras, ese golpe estruendoso contra el suelo, no significaron nada en absoluto. Sam, quizás con algún tipo de fuerza sobrehumana generada gracias a su caída mortal, obtiene la determinación necesaria para levantarse del suelo e intentar arrebatar la inocente vida de una joven. Por ello, nuestro héroe, Wes Gibbins, corre a impedir que el villano gane la batalla. ¿Y para qué? ¿Para salvar a la rara de su novia? Algunos de los que hemos llegado al final de la temporada todavía nos sentimos confusos, puede que incluso cabreados, ante esa vana heroicidad.
El pobre e ingenuo de Wes se arriesgó para salvar a su novia y ¿cómo se lo agradeció ella después?
Pero eso, queridos espectadores, es otra historia que reservaremos para otra ocasión.