QUIEN NO TIENE RAÍCES TERMINA SIENDO LO QUE OTROS QUIEREN QUE SEA
La estampa fusiona la antorcha —símbolo robado y vaciado de sentido por discursos ajenos— con la silueta de nuestra América Latina, para recordar una verdad incómoda: la luz, la resistencia y la vida de este continente siempre han estado en manos de sus mujeres, y sobre todo, de sus abuelas. Mucho antes de que llegaran las naves colonizadoras, ellas eran el eje de todo el orden social: eran sabias que conocían el lenguaje de las plantas, guardianas de las semillas que alimentaban a sus pueblos, portadoras de la memoria oral, líderes espirituales y tomadoras de decisiones colectivas. La cosmovisión originaria las reconocía como parte indisoluble de la Tierra, igual que el agua, el viento y el fuego: no eran “apoyo”, eran el centro. Con la colonización y luego con los sistemas de explotación que se mantienen hasta hoy, su lugar fue borrado de la historia oficial. Fueron reducidas a la sombra, a los trabajos invisibles —en el campo, en la casa, en el cuidado de todos— sin reconocimiento, sin derechos, sin valoración. Y hoy, el sistema sigue la misma lógica: excluye a las personas mayores como si fueran un estorbo, como si su experiencia no fuera un tesoro, como si sus voces no supieran leer las cicatrices de este continente mejor que cualquier libro o discurso político. Olvidan que quien conoce el pasado es quien puede guiar el futuro. Honrarlas no es solo un gesto de cariño: es un acto político. Es recuperar su lugar en la historia, es escuchar sus palabras, es rechazar la lógica que desecha a quien ya “no produce” según los criterios del mercado. Porque sin ellas, sin su historia, sin su fuerza, América Latina no tendría raíces —y quien no tiene raíces, termina siendo lo que otros quieren que sea.
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