Opération Licorne
Test bombe nucléaire à Mururoa
3 Juillet 1970
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Opération Licorne
Test bombe nucléaire à Mururoa
3 Juillet 1970
A French nuclear test at the Mururoa atoll in French Polynesia, 1971.
CHEERS handmade collage by @michelinedesbois
De nuevo en acción
El Vega, el barco que había puesto todo aquello en marcha, pronto entraría de nuevo en acción. Esta vez llegó a Mururoa en tan solo 21 días, una extraordinaria marca de navegación a vela a través de algunos de los mares más tempestuosos que McTaggart había conocido en su vida. Le acompañaban Nigel Ingram y dos amigas, Ann-Marie Horne y Mary Lornie.
El 14 de agosto, el Vega navegaba en solitario. Los buques de guerra de Australia y Nueva Zelanda habían abandonado la zona de pruebas, y otros dos barcos protesta —el Spirit of Peace y el Fri— habían sido obligados a hacerlo. En cuanto llegó, el Vega fue inmediatamente marcado por un avión francés, y el dragaminas La Dunkerquoise se mantenía a la vista.
El 15 de agosto, McTaggart vio que un pequeño cúter avanzaba en su dirección desde Mururoa. Se reunió con La Dunkerquoise y pronto se les sumó el Hippopotame, su antiguo enemigo. Los tres buques se acercaron al Vega y Mctaggart observó que el cúter estaba lanzando una lancha llena de hombres.
«Cuando los botes franceses empezaron a rodearnos, nos mantuvimos a la expectativa», recuerda Ann-Marie. «Daba la impresión de que venían de todas partes. Era tarde avanzada. Ya habíamos ensayado un poco lo que debíamos hacer si alguien trataba de capturar al Vega. Por fin, vimos la Zodiac que se dirigía hacia nuestra posición cortando las olas a toda velocidad con media docena de tipos muy mal encarados. Sabíamos de qué se trataba: venían a por nosotros.
«Tratamos de salir por cualquier lado, pero no había escapatoria. Mary y yo ocupamos nuestras posiciones con las cámaras. Mary se colocó en cubierta y yo en la amura de estribor. Todo ocurrió muy, muy deprisa; cada vez estaban más cerca, y empezamos a gritarles: “¡Fuera, fuera!” Pero en un instante saltaron por la popa y empezaron a golpear a David».
A continuación vio que Mctaggart estaba en la lancha, empapado en sangre. Los comandos habían abordado el velero, habían atado a Mctaggart por los brazos. le habían sacado del barco y le habían golpeado hasta la inconsciencia. Le pegaron con porras en la cabeza, los riñones y la columna vertebral; uno de los salvajes golpes le hirió gravemente el ojo derecho. A bordo del Vega, Ingram estaba también recibiendo una buena paliza.
Las lesiones de McTaggart eran de tal magnitud que tuvieron que volar a Tahití para someterlo a tratamiento de urgencia. Los demás fueron conducidos a la base francesa de Hao. Durante el asalto, los comandos tiraron por la borda la cámara de cine de Mary y confiscaron otra con la que creían que Ann-Marie había fotografiado el asalto. Pero ésta la había escondido en la cabina cuando los comandos subieron a bordo, y más tarde logró pasar la película ante los guardias ocultándose en la vagina. El alto mando naval francés fabricó rápidamente una historia para la prensa. Según su versión, McTaggart, «al intentar echar al agua a nuestros soldados, cayó, impulsado por su propio peso, sobre una lancha de goma situada al costado del velero. En la caída se lesionó el ojo al golpearlo contra una cornamusa. Nuestros hombres abordaron su barco sin armas y sin dar un solo golpe..”
La principal prueba en contra de esta historia eran las fotografías tomadas por Ann-Marie. Cuando quedó libre, Ingram voló con la película a Vancouver, donde la entregó a Drew, hermano de McTaggart. con instrucciones estrictas de no darla a conocer hasta más tarde. Sin embargo, los miembros de Greenpeace le presionaron poco a poco hasta hacerse con ella y, dos días antes de la vuelta de McTaggart, el grupo entregó las fotografías a la prensa.
La película contenía 13 tomas particularmente acusatorias. «En las fotografías se ve con toda claridad a los comandos franceses avanzando al costado del Vega», dijo Greenpeace. «Se ve perfectamente que dos de los soldados iban armados con cuchillos. En las manos de uno de los franceses que abordaron el Vega se aprecia una porra de caucho de al menos 30 cm de longitud.
Originally published at https://cuidarelplaneta.com/ Juny 07, 2023.
Retorno a Mururoa
CUANDO EL BAQUETEADO Vega entró renqueante en Rarotonga el 15 de julio de 1972, un Mctaggart desafiante juró que Francia no seguiría comportándose con semejante arrogancia. Confió el barco a Ingram y Davidson, para que lo llevaran de vuelta a Nueva Zelanda, y voló a Vancouver, su ciudad natal, que no visitaba desde hacía quince años.
Haciendo caso omiso a quienes sostenían que tal cosa era imposible, decidió llevar a uno de los poderes del mundo ante los tribunales. «Volví a Vancouver», afirma Mclaggart, «y empecé mi guerra particular con Francia.
Desilusionado después de tres semanas en la ciudad intentando obtener apoyos, McTaggart se trasladó a la casa de verano familiar de Buccaneer Bay, en una isla de la costa de la Columbia Británica. Casualmente llegó allí un yate en el que viajaba el primer ministro canadiense Pierre Trudeau, y McTaggart mantuvo con él una conversación de cuarenta minutos, pero sin resultado alguno. Estaba claro que por ese lado no debía esperar ninguna ayuda.
Además, la propia Greenpeace se había dividido en varias facciones rivales, ninguna de las cuales tenía ni el espíritu ni las reservas necesarias para mantener un pleito prolongado.
McTaggart no se desanimó. Había conocido a un abogado llamado Jack Cunningham, experto en derecho marítimo, que aceptó llevar su caso. La aparición en la televisión nacional de noticias sobre Mactaggart hicieron que el gobierno canadiense decidiera, después de todo, actuar en su nombre.
Para entonces, Ann-Marie había decidido volar a Canadá para unirse a McTaggart, con quien pasó un largo y húmedo invierno viviendo en condiciones espartanas en una cabaña de troncos de la isla de Vancouver. McTaggart trabajó incansablemente en la redacción de un relato pormenorizado del viaje, tanto porque lo necesitaba para documentar su caso ante los tribunales como porque esperaba obtener dinero publicando. Dirigió cartas a patrocinadores y políticos, esforzándose incansablemente en difundir su caso contra
Francia. «Mi nueva percepción del mundo de la política me hacía ver una cosa con claridad podía ser más letal, pero en un aspecto se parecía a los negocios y el deporte: si querías ganar tenías que mantener la presión, seguir empujando, seguir golpeando».
Cuando tenía casi terminado el libro titulado Outrage. Desafuero encontró un pequeño editor local que le adelantó 1.500 dólares, suma que, salvó 200, envió íntegra a Nigel Ingram, que seguía en Nueva Zelanda, para que inicie las reparaciones del Vega.
En abril de 1973, tras la noticia de que Francia tenía previsto lanzar una bomba de hidrógeno ese mismo verano, decidió que tenía que volver a la zona de pruebas. El apoyo a su causa estaba creciendo, y McTaggart había reunido los fondos necesarios para que el Vega pudiera hacerse de nuevo al mar. Rechazó de plano el ofrecimiento de 5.000 dólares que le hiciera Francia a cambio de anular esta segunda expedición.
Ahora todas las miradas se dirigían hacia Mururoa. Esta vez, la oposición a las pruebas francesas había alcanzado la temperatura de ebullición. En 1973, los sindicatos de todo el mundo anunciaron boicots a las mercancías francesas, en particular en Nueva Zelanda y Australia, donde se boicotearon los barcos y aviones, el correo y las comunicaciones telefónicas de origen francés.
Había malestar entre los países sudamericanos por el riesgo de lluvia radiactiva; en Europa, 200 manifestantes organizaron una marcha Londres-París
bajo la bandera de Greenpeace, pero fueron detenidos y golpeados por la policía antidisturbios en la frontera francesa. El 7 De Mayo,la policía cargó contra varios miles de manifestantes cerca de la torre Eiffel. La fuerza bruta parecía la reacción normal del gobierno ante los disidentes.
En primavera, unos 25 barcos protestantes se preparaban para navegar a la zona de pruebas de Mururoa desde Hawaii, Australia, Fiji, Samoa, Tahití y Perú. En Nueva Zelanda daba la impresión de que todos los que tenían algún barco capaz de hacer la travesía iban a hacerla. Los gobiernos de Australia y Nueva Zelanda enviaron buques de guerra. Aparentemente imperturbables, los franceses iniciaron las pruebas el 21 de julio.
Originally published at https://cuidarelplaneta.com/ Juny 05, 2023.
El globo asciende, 2da Parte
«La Bayonnaise se acercó en solitario y se colocó paralela a nuestro costado de babor, a apenas 15 metros de distancia; su enorme casco gris subía y bajaba y la fuerza del desplazamiento convertía el pequeño espacio de agua que nos separaba en un abismo espumante, escribió McTaggart en su libro Outrage. «Por detrás, el Hippopotame se nos venía encima por la aleta de estribor, y durante un momento avanzamos a toda vela, con los costados rozando y a unos ocho nudos. Entonces, La Bayonnaise empezó a cerrarnos el paso…”
Fue una cacería terrorífica que estuvo a punto de provocar una colisión y dejó a McTaggart y a su tripulación sin aliento. Las hostilidades continuaron durante los ocho días siguientes. Por la noche salían helicópteros provistos de focos, un avión pasaba aullando justo por encima del mástil una y otra vez y casi todo el tiempo tenían dos barcos siguiéndoles la estela. Entre tanto, el globo seguía flotando. No habían quitado la bomba. Pero los hombres del Vega estaban demasiado agotados para comprobar que su tesón empezaba a dar frutos.
El incidente dio lugar a titulares dramáticos. En el Daily Express de Londres del 23 de junio se leía: «Francia advierte a la tripulación que navegan a riesgo suyo”. En París. L’Express del 28 de junio salía a la calle con los siguientes titulares:»Fuerza de choque: la gran cólera contra Francia»; en Londres, el Daily Express confirmaba la inquietud mundial: «El mundo, ansioso, acosa a París; se dice que las pruebas nucleares han empezado»
Por fin. a las 10.30 p.m. del 30 de junio. Mctaggart captó por la radio un noticiario francés según el cual el Greenpeace había sido cortésmente escoltado fuera de la zona (11 días antes! Ahora. si ocurría algo. los franceses podían decir que ignoraban el paradero del barco.
El Vega desplegó las velas y puso rumbo a Mururoa. sin que los tripulantes supiesen dónde se metían. A las 10.15, el dragaminas La Paimpolaise. con órdenes de impedir al velero adentrarse en la zona de lluvia radiactiva. puso proa hacia ellos. Esta vez en lugar de apartarse en el último momento, el enorme buque de guerra embistió al diminuto Vega con pavoroso crujir de juntas y maderos.
Los daños del queche eran graves: hacía agua de mala manera v. con la antena de radio destrozada, ni siquiera podía emitir un mensaje de auxilio. Sin otra opción. McTaggart aceptó ser remolcado a Mururoa. Allí, los franceses les dieron el golpe de gracia; durante una excelente comida con el almirante del Grupo de Experimentación Nuclear. La tripulación del Vega fue filmada subrepticiamente por tres fotógrafos. Las imágenes fueron distribuidas a la prensa de todo el mundo. negaban casi por completo el esfuerzo de la expedición del Vega. que hacían creer que franceses y antinucleares se encontraban en los mejores términos de amistad además, en el texto que acompañaba a las fotografías se afirmaba que el accidente del Vega se debió a una maniobra erróneamente juzgada por McTaggart.
Lo cierto es que el Vega y su tripulación habían alterado el programa francés de pruebas. Ansiosas de desembarazarse de ellos cuanto antes. las autoridades hicieron unas reparaciones rápidas en el Vega para que pudiera navegar durante algún tiempo, y McTag- gart. Ingram y Davidson emprendieron la larga travesía de vuelta a Rarotonga con la moral destrozada y el barco haciendo agua. Todos sentían una opresiva sensación de fracaso.
Originally published at https://cuidarelplaneta.com/ Juny 03, 2023.
El globo asciende
Estaban casi a mediados de junio. Navegando justamente a 15 millas (24 km) de Mururoa, la tripulación del Vega veía las torres de radio y los bunker de la base francesa. Después de la comida del 16 de junio, McTaggart miró hacia el horizonte y reparó en lo que a primera vista parecía un helicóptero, aunque pronto comprobaría que se trataba de algo mucho más siniestro.
«¡Es un globo!», gritó McTaggart. «¡Un maldito y enorme globo! ¡Están preparándose para lanzar la bomba!»
Un científico de Auckland les había advertido que si podían ver este globo, del que colgaba la bomba, es que estaban demasiado cerca. De un momento a otro, recuerda Mctaggart, esperaban el desencadenamiento luces de otro mundo, ondas de choque que cruzaron las aguas como trenes expresos. En un radio de 15 millas, sufriríamos quemaduras de tercer grado, se nos abrazaría la carne y el barco ardería. Incluso a 20 millas recibiremos quemaduras de primer grado, y el riesgo de incendio cubría un círculo de 30 millas de radio. Estas morbosas consideraciones me persuadieron de que…»
Aunque parezca mentira, los tres hombres decidieron forzar la situación y se acercaron todavía más, a una posición que les dejaría bajo el mismo hongo nuclear, si llegaba a producirse la explosión. Colocaron espigas de madera en todas las salidas de ventilación del barco para poder clavarlas rápidamente y sellar la cabina. También decidieron que, si la bomba estallaba, uno de ellos subió a cubierta para sacar el barco de la zona de peligro con el motor. Si es que quedaba barco.
Al día siguiente, la tripulación del Vega transmitió un telegrama con la esperanza de que alguien lo captase. Decía así:
LA NOCHE ANTERIOR EL GLOBO ASCENDIÓ SOBRE MURUROA. GREENPEACE III A DIECISÉIS MILLAS NORDESTE. SITUACIÓN TERRORÍFICA. ROGAD POR NOSOTROS.
Después de un día con cielos cubiertos, sin saber si se había recibido su mensaje, la tripulación se puso en movimiento ante la visión de un nuevo buque de guerra francés. Los intentos de acercamiento fallaron. Al día siguiente puso proa hacia ellos y dejó al Vega zarandeándome en los remolinos de su estela. Manteniéndose exactamente a 1,5 millas (2,5 km) del queche, el buque de guerra francés, que ahora podían identificar como el dragaminas La Bayonnaise, se movía cuando se movía el Vega y se paraba cuando éste se paraba, como el gato cuando juega con el ratón.
El «juego continuó durante dos días más, hasta que. a las 6 a.m. del 21 de junio, los franceses enviaron una lancha hinchable desde La Bayonnaise con un mensaje escrito en el que se les apremiaba a abandonar la zona prohibida: la prueba era inminente.
Era obvio que su presencia ponía furiosos a los franceses por el retraso que les causaba. Al otro día aparecieron dos barcos más, uno de ellos un enorme crucero bautizado De Grasse. Entre torrentes de humo y acometidas de acero, los navíos se acercaron. El De Grasse pasó rugiendo a su costado y cerró el camino al Vega, que lo salvó por sólo 5 metros. Los otros dos barcos empezaron a «jugar» con el Vega, flanqueando al diminuto velero y emparedados entre ellos.
Originally published at https://cuidarelplaneta.com/ June 30, 2023.
Una carrera a contrarreloj
En 1972, Gene, el padre de Ann-Marie, enseñó a McTaggart el anuncio del periódico que había de cambiar su vida.
«Mi padre reparó en este pequeño recuadro de un grupo llamado Greenpeace que buscaba a alguien capaz de llevar un barco a Mururoa para protestar contra las pruebas nucleares francesas». recuerda Ann-Marie. «Era un grupo de Vancouver que había puesto el anuncio por medio de la campaña a favor del desarme nuclear que se desarrollaba aquí, en Nueva Zelanda»
La misma idea de semejante viaje llamó la atención de McTaggart por su carácter extravagante y descabellado. McTaggart no era ningún activista y no había prestado demasiada atención a las pruebas nucleares. Pero habiendo renunciado al rigor de los negocios a cambio de la libertad del mar, le enfurece que Francia pretendiese acordonar miles de millas cuadradas de aguas internacionales en torno a Mururoa, desafiando al derecho marítimo, que otorga a las naciones la soberanía sobre una franja costera de sólo 12 millas (19 km).
McTaggart comprendió que la forma de impedir la prueba de la bomba -y de desafiar la arrogancia francesa– era navegar justo hasta el límite exterior de las aguas territoriales. El barco se mantendría en aguas internacionales, por lo que Francia no tendría derecho legal a ir contra ellos, y a la vez sería muy improbable que se atrevieran a detonar la bomba mientras un grupo de protesta se encontraba justo en la zona de devastación.
McTaggart calculó que el viaje de 7.000 millas (11.000 km) desde Nueva Zelanda hasta Mururoa y vuelta llevaría tres o cuatro meses. «Para complicar las cosas, me enteré de que la prueba estaba programada para el 1 de junio, fecha para la que faltaban poco más de seis semanas. Calculando al menos 30 días para llegar a Mururoa, cualquiera lo bastante loco para intentarlo tendría que reunir una tripulación, almacenar provisiones y resolver los millones de pequeños problemas propios de un viaje de este tipo en tan solo dos semanas».
La expedición parecía imposible, pero McTaggart ya estaba enganchado. Tenía el barco y disponía de tiempo para perder. Telefoneó a Mabel Hetherington, que a sus 70 años era secretaria honorífica de la CND (campaña a favor del desarme nuclear) de Nueva Zelanda, quien le explicó todo lo que sabía sobre las pruebas francesas. A continuación se puso en contacto con Ben Metcalfe, que estaba en Vancouver, para decirle que estaba pensando en hacer el viaje a Mururoa y preguntarle si Greenpeace podría costear una nueva balsa salvavidas hinchable y un radiorreceptor de largo alcance.
Originally published at https://cuidarelplaneta.com/ June 23, 2023.