Ese día llegamos temprano al Museo, nos habían dicho que era muy grande. Vimos con detenimiento todas las cosas, pelucas, figurillas, grandes estatuas, sarcófagos, peines y artículos de belleza, y por fin llegamos a la sección del Faraón Tutankamon, carruajes, sandalias, todo eso fuera en los pasillos incluso su cama.
Pero en la sala, protegida por guardias y un detector de metales en la puerta, con revición manual por un guardia de seguridad, se encontraba este sarcófago, su máscara, la joyería y otros artículos personales.
Tubo que ser un ser muy querido, todo era de calidad, hermoso, perfecto
Cada objeto minuciosamente tallado, pintado y decorado con hermosas piedras preciosas.
Pero además, su belleza traspasaba en ese momento mi alma. Un sentimiento raro me inundó. Mi pecho se hincho de alegría, tomé cuántas fotos pude, quería guardar cada objeto para verlo con detenimiento después. Cuando estás así de aturdido, no ves bien.
Camine la sala día veces, y me detenía viendo lo que más me gustaba, recuerdo mucho la máscara y un collar con un escarabajo verde pálido. La nota decía que era una piedra del cielo, una piedra que no tiene nombre por qué no es conocida.
También recuerdo mucho la parte trasera del sarcófago.
Nos fuimos de ahí con mil cosas y datos en la mente. Cansados y con los pies hinchados de tanto estar parados.
Llegamos al hotel a descansar y darnos un baño. En Egipto sudas a chorros.
Ahí metida en la tina, con los pies recibiendo agua del grifo, estaba repasando la sala de Tutankamon. Y sin más, me puse a llorar de alegría, no podía creer que todo lo que un día vi en la televisión y en revistas del National Geographic hubiera estado ante mis ojos solo separado por un cristal. Era increíble sentirme tan privilegiada, tan inmensamente afortunada de estar ahí en el fabuloso mundo de los faraones.












