Nacho Redondo presenta: La Biografía de Taylor Swift (Con más traumas que tú)
Bienvenidos de vuelta. Hoy me puse a pensar en una vaina seria, porque a mí a veces me da por leer cosas densas para ver si así se me quita la neurosis, y terminé atrapado en un paralelismo histórico demasiado loco.
Estaba revisando la obra de Giorgio Vasari. Para los que no están en la onda de la historia del arte, este bicho fue un arquitecto y pintor del siglo XVI que un buen día dijo: “Miren, los artistas somos unos locos de mielda, pero somos unos genios, y yo voy a documentar eso”. El tipo escribió un libro gigante llamado Las Vidas, que básicamente es el primer gran libro de chismes de la historia. Vasari agarró los traumas de sus contemporáneos y los convirtió en el estándar de oro del arte occidental.
Y ahí fue donde me explotó la cabeza, chamo. Porque yo sufriéndo por mis traumas gafos de siempre, me di cuenta de que hay una persona que agarró exactamente esa misma tesis de ventilar las miserias y la convirtió en una corporación multinacional.
La mismísima Taylor Swift. Esta caraja es la reina indiscutible del despecho pop moderno, y hoy le vamos a hablar un poquito sobre ella bajo el ojo clínico de la neurosis y la toxicidad.
Esta carajita nació en el 89 en Pensilvania. En su primera etapa, la bicha andaba con unas botas vaqueras, unos rizos perfectos de niña buena y una guitarra acústica cantándole al amor de bachillerato, al carajito que jugaba fútbol y ni le paraba. Todo el mundo en la industria decía: “Ay, qué linda la carajita country, qué tierna”. ¡Mentira, marico! Esa caraja estaba calculando su imperio. Estaba midiendo la tragedia humana para ver cómo le sacaba plata.
Ella descubrió la fórmula perfecta del trauma gafo:
Te enamoras de un carajo que claramente es un imbécil (primer trauma gafo: el imán de marginales emocionales).
El carajo te deja de la peor manera posible.
Le haces un disco entero donde le expones hasta el tamaño de las medias.
Facturas 500 millones de dólares.
¡Es un ganar-ganar absoluto! Yo aquí llorando por una caraja que me bloqueó de Instagram gratis, y ella comprándose un jet privado cada vez que le rompen el corazón. Soy un pendejo, de verdad.
La lista de exnovios de esta mujer parece el lineup de un festival de música indie mezclado con una convención de carajos que no saben lo que quieren en la vida.
Joe Jonas: El bicho la terminó por una llamada de 27 segundos. ¡Veintisiete segundos, hermano! Eso no dura ni un audio de Leo Rojas explicando por qué llegó tarde. Trauma gafo activado: Taylor guardó ese resentimiento en un frasco y lo convirtió en canciones tres años después.
Jake Gyllenhaal: El tipo la dejó plantada en su cumpleaños número 21. O sea, imagínate cumplir 21, que en Estados Unidos es cuando por fin puedes beber legalmente, estás lista para rascarte con tus panas, y el novio tuyo, que además es un actor de Hollywood que se las da de intelectual, no va porque "siente la diferencia de edad". ¿Qué hizo ella? Una canción de 10 minutos sobre una bufanda que dejó en la casa de la hermana del tipo. ¡Diez minutos! Marico, yo no puedo hablar diez minutos seguidos ni de mi mamá.
Harry Styles: Salieron como dos meses, chocaron un carro de nieve, terminaron y Taylor escribió como tres discos sobre eso. ¿Tú sabes lo que es un trauma gafo? Quedar loco con un carajo que se viste como tu tía la esotérica y que además te dejó porque prefiere estar soltero.
Pero aquí viene el giro de la trama, lo que me cambió la vida. El mes pasado estábamos haciendo el show de Escuela de Nada en una ciudad de estas raras de Estados Unidos... no sé, Orlando, una vaina así llena de latinos evadidos. De repente, veo en la segunda fila a una caraja rubia, altísima, vestida impecable, pero con una mirada de que no ha dormido en tres días porque está sobreanalizando un mensaje de texto.
Era Taylor Swift, marico. Estaba ahí. Yo, obviamente, me cagué. Pero como yo soy un profesional de la comedia y de la humillación pública, la invité al escenario. Le dije: "Mira, Taylor, bienvenida al patio. Aquí venimos a llorar por traumas pendejos. Suelta el micrófono del Eras Tour y agarra este cableado que compramos en Amazon".
Chamo, esa mujer se paró, agarró el micrófono y el show dejó de ser mío. Se convirtió en una sesión de autoayuda tóxica. Empezó a contar sus cuentos en un español masticado, pero con una intensidad que te lo juro, me dio miedo.
"Nacho, you don't understand," me dijo, mirándome fijamente a los ojos. "Mi peor trauma gafo no es que me dejen. Mi peor trauma es que yo compro un apartamento en Nueva York cada vez que me peleo con alguien para ver si el vacío existencial se llena con metros cuadrados. No se llena, Nacho. Termino con cinco edificios y el mismo dolor en el pecho."
La caraja empezó a explicar que su romance más trágico no fue con ninguno de los famosos. Fue con un carajo normal que conoció en una cafetería, que le prometió que le iba a armar un playlist en Spotify y nunca se lo mandó. Ella decía: "¿Por qué me prometes música si me vas a dar silencio, Nacho? ¿Por qué?". La bicha lloraba y la gente en el público, puros venezolanos que no entendían un coño de inglés, gritaban: "¡Así se habla, reina, métele un parao!".
Ahí fue donde yo entendí todo. El arte comercial no se hace desde el equilibrio ni desde la paz mental. Si tú eres un tipo feliz, con una vida estable y una pareja sana que te hace masajes en la espalda y te apoya en tus proyectos, no vas a escribir nada que valga la pena. Vas a escribir una mielda aburrida que no va a escuchar nadie. Tú necesitas la tortura, la pelea, la obsesión y el aislamiento.
Taylor Swift es exactamente eso. Es una tipa que entendió que la tranquilidad no factura y, peor aún, la tranquilidad no genera fanáticos locos. Ella transformó el drama pendejo de bachillerato, el "ay, no me invitó a salir", en un monumento de la cultura pop. Agarró sus taras, sus obsesiones, su incapacidad para estar en una relación normal sin sabotearla para poder escribir una canción, y lo convirtió en el negocio más grande de la música actual.
Al final, nos abrazamos. La caraja olía a perfume de tres mil dólares y a café de calabaza de Starbucks. Se bajó del escenario con la espalda recta, lista para subirse a su jet privado y escribir un álbum doble sobre el playlist que nunca le llegó.
Ando sufriendo gratis, muchachos, mientras que los verdaderos profesionales facturan con el caos.
Nos vemos en el próximo episodio. Sigan monetizando la locura.














