“Se acabó. Acabaré con esta puta vida de sufrimiento y sin sentidos”, exclamó mientras subía a una silla, y rodeaba su cuello con una soga amarrada al techo. Recordó que no había escrito una carta, una despedida; baja de la silla y se sienta. A fin de cuentas ¿para qué?, ya no quiero conexiones con este mundo, volvió a subir a la silla, la soga al cuello. Se dio cuenta que tenía sólo un zapato, no recuerda cómo pasó, no sabe cuál fue el instante en el que tomó la decisión, ni el motivo, ni lo que pasó minutos antes, seguro fueron varios minutos de profunda meditación, ensimismado. Prefirió quitarse el zapato que tenía puesto, pero ¿Qué importaba eso? pensó. Una vez leyó que las mujeres tienden a suicidarse del modo en el que queden menos destruidas y demacradas físicamente. Qué coño, al fin y al cabo no te darás cuenta de nada; vanidad postmortem, seguro se maquillan antes de suicidarse. Ella decía que el ego era como el pelo y las uñas, seguía creciendo, un poco más, después de la muerte. ¿Qué quería decir con ego? Nunca lo sabré, acabaré con esto. Sobre la silla. La cuerda del techo alrededor de su cuello. A punto de brincar, observa el orden, sus manos temblorosas espantan una mosca que lo rodeaba, ambos zapatos en el suelo, uno al lado de otro; en una mesa unos libros, y una cucaracha se paseaba sobre ellos, como queriendo descifrar las letras. “Maldita cucaracha” pensó, bajó de la silla, agarró uno de sus zapatos, caminó hasta la cucaracha y como si fuera un clavo martilló con el zapato. Observó el asqueroso hecho. Volvió a ponerse de pie sobre su silla. Soga al cuello. Pensó en la cucaracha, y se le vino a la mente la metamorfosis, creo que el libro sobre el que se paseaba la cucaracha era de Kafka, quizás la metamorfosis, le causó gracia, pensó en la cucaracha con lo interior en su exterior. ¡Muere maldito Gregorio Samsa! Soltó una risa algo macabra. Encima de la silla, la soga de corbata. El suicidio, verbalmente reflexivo, mata al sujeto; el suicidio es ejecutado en voz pasiva; el suicidio siempre tiene un sujeto, quien realiza el sustantivo suicidio. “Es la última voluntad del hombre libre” diría Séneca, no es una voluntad de morir, “Es una voluntad de vivir… …El suicida quiere la vida y sólo se halla descontento de las condiciones en las cuales se encuentra” escribió Schopenhauer. Estoy a punto de no existir. Sólo un brinco. Estoy tan cansado, quiero acabar con esto, aún estoy joven, pero no estoy conforme, cuchillos ontológicos me han dejado cicatrices, epistemológica angustia irrecusable, “la verdad os hará libres” reza Juan 8:32, libres de elegir vuestra muerte, rechazad el engaño teológico, aceptad la verdad, la soga, la silla, la voluntad de vivir; debería escribirlo. “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”, expresaba Camus, pero Camus no se suicidó, se metió su filosofía del absurdo en el culo y aprendió a vivir con esa molestia atravesada. Estoy cansado. Una silla. Voluntad. Vivir.