Se distrae con su compañero. Solo es un momento, momento en que no vigila a la supuesta señora como para silenciarle en cuanto le ve mover los labios. Dos sílabas. Una palabra. Un dolor indescriptible que se siente como si miles de cuchillos se clavaran en todo su cuerpo. Grita, llevándose las manos a la cabeza, doblándose sobre sí misma mientras parece agonizar de dolor. Su cuerpo choca contra el suelo y la varita se escurre de entre sus manos. Su concentración se ha esfumado. Quiere liberarse de la aflicción que se apodera de ella, pero lo único que logra hacer es llevarse las manos a la cabeza. La sensación es tal que no hace falta más que un par de segundos para que llore de angustia, víctima de aquella maldición que no tiene piedad con ella, torturándola.
— Natasha Fitzgerald






