Vanessa
Cuando tenía trabajo (y era en una empresa horrible), unas amigas me regalaron una pizarra de esas que escribís o dibujás en ella con un lápiz mágico y luego se borra todo apretando un botón, así la renovás cuando querés. Me anotaba ahí las centellas de Vanessa ( @neorrabiossa ), no todas, juntaba las que más me gustaban hasta llenar la pizarra, y una vez completa la ponía en mi lugar de trabajo, al lado del monitor, para que me acompañara cual portarretrato pero con frases. Cuando me sentía muy absorbido por el trabajo, leerlas me ayudaba a recordar que existía un mundo afuera de toda esa mierda que vivía, que me agotaba, que me vampirizaba. Renovaba la pizarra a medida que Vanessa iba publicando más centellas y yo, eligiendo entre mis favoritas, juntaba las suficientes como para renovar por completo la pizarra otra vez.
Mi parte favorita era cuando se acercaba algún jefe, esos adictos al trajecamisacorbata, tomaba impunemente mis pertenencias para revisarlas, veía la pizarra, leía, y colapsaba porque no entendía absolutamente nada y encima (yo creo, estoy seguro) las palabras de Vanessa entraban en su organismo como un virus y lo enfermaba gravemente con algún tipo de pensamiento intrusivo mágico, poético, simbólico, esas cosas de las que poco o nada entienden los amantes de la bolsa de valores y la cotización del infierno que los parió. Asumían que eran frases motivacionales de alguna metafísica exótica y me dejaban en paz. Así sobreviví el último año en aquél chernóbil, protegido por sus palabras con poesía blindada: no me entró nunca ni una bala de productividad.
(por si no quedó claro, todas las frases de las imágenes que acompañan esta publicación fueron creadas irresponsablemente por Vanessa, no tengo ninguna relación directa con su belleza)
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