no lo muerto
Me despertó un fantasma junto a mi cama. Atravesó la luz que entraba desde la puerta, como las ondas de calor que atraviesan la carretera. Rozó mi sueño, acariciando los filamentos de mi no conciencia, ese alrededor intangible de mi cuerpo, la punta de los cabellos más lejanos de mi cráneo, estática imantada: entró, como se aclara la noche y se ensombrece el día, crepúsculo silente, a despertarme de mí misma. La vigilia, engañosa, como cualquier pregunta y su respuesta: frágil, impalpable, a punto de derrumbarse. Caminó, junto a mí; me abrió los ojos, desenredando meticulosamente cada una de mis pestañas: el mismo cuidado y atención que ponía mi madre al peinar mi cabello en dos trenzas, sobre mis hombros, cada mañana; ese mismo aliento, trenzando, y destrenzando, abrió mis ojos. Como el rocío que amanece sobre los pétalos de las flores, el sueño entre mis párpados; me despertó la brisa de un sol perfumado. Y la vi. Blanca, sin cara. Indistinguible de mi sueño; esencia etérea de mi insomnio: de ahí la reconozco. El instante, innotable, en el que te quedas dormido, así me despertó, en un arrullo, un canto sutil que no escuché, que no sonaba a nada. Y pude verla. Sirena nívea, piernas de luz junto a mi cama, te reconozco del silencio, de aquello blanco, mi más resplandeciente desconocido. De mis trenzas en la mañana. No me miraste, rostro diluido en un espejismo. Tu vestido, el polvo-escama-ala-de-mariposa, se me deshizo entre los dedos, aunque no intenté tocarlo, entre la pregunta y su respuesta, pigmento de acuarela. Mi cabeza en la almohada, aún dormida, aún despierta; un fantasma atravesó mi habitación. Una mujer de blanco, y yo la vi. Estoy segura.















