devenir
Me desperté una vez más, pero esta vez sin miedo. Había escrito ya sobre ella. Mi ventana. Alguna vez la mencioné entre sueños, la noté a las tres cuarenta y cinco de cada una de mis madrugadas, en mis desvelos. Sería acaso ella quien me despertara cada vez. Como en un secreto. Secreto de luz, sin movimiento. Pero en acecho, como amenaza. Pero no es ella, no es la mía. No es la que abre mi habitación hacia el afuera, sino aquello del otro lado. Lo siento. Allá, en la noche, lo distingo. Al salir de mi cuarto, bruja de abril en viaje astral, frente a mi habitación, allá lejos y más afuera. Es quien me ha despertado, lejana, como callando un grito, suspendida en su propio silencio. Abro los ojos. Siempre los abro: las tres casi cuatro de la mañana. Como embrujada. Qué me despierta. Allá lejos, no es mi ventana, sino un espejo. Espejo de mi ventana, otra ventana, que me refleja algún reflejo. La luz de un faro que no voltea. Entre la rendija triángulo que abren mis cortinas, sepianaranjada, luz ventana. Una ventana. La pared de enfrente. Como un espejo de la mía: otra ventana. De la ventana cerrada. El mismo triángulo piernas abiertas, herida que algo guarda. Y los pliegues de mis cortinas, un vestido que no se mueve, no baila. Y el negro triángulo. Como esperando. De noche, en esa ventana, hay algo que espera. De día no lo encuentro, la olvido, la ventana, nunca la veo, el sol me esconde los susurros que sólo escucho de noche. La ciudad de noche, allá afuera, como un caracol en la oreja. Un caracol o, más bien, el animal que habita adentro, en ese triángulo oscuro, un secreto que sólo se dice de noche, dos piernas abiertas que, callando, algo esperan. Y quién escucha. Murmullo guijarro, la risa de un niño. Correr sobre grava, arena y luego el mar, las olas que vienen no vienen nunca vienen. Corriendo. Es la ciudad. Y así suena. Y cada camión que hace temblar el edificio, que hace cerrar las piernas, que rompe el triángulo de aquella tranquilidad, negra, tranquilidad oscura de ese afuera. Un afuera que entra con cuidado, porque no abro mis cortinas más allá de mis piernas. Será que me da miedo el más lejos, el más afuera. Será que tengo miedo no de ver, sino de que algo me vea. Incluso cuando, después de bañarme, me paro, desnuda, frente a ella. El silencio que se abre entre mis cortinas. El mismo silencio de mis piernas abiertas. Y quién lo escucha. El ruido de la ciudad opaca cualquier callar de cualquier silencio. Porque nadie escucha. Un triángulo oscuro, sin voz, un callar que afuera, que nadie afuera, que nadie escucha. Ayer no hubo ventana; quizá alguna que se azotaba, golpeándose, en un ruido opaco. Me levanté a cerrarla. Me desperté cada mañana pensando en escribir algo que no escribí sobre la ventana de mi habitación. Pensé en cómo me vio gemir al masturbarme y cómo admira lejana las sombras que me observaron de madrugada, si acaso supo distinguir a mis gatos de los monstruos. Cómo refleja, eco, los movimientos que hice adentro y cómo me mostró los movimientos de allá afuera. Esa bolsa de plástico lechosa que se agita con el aire sobre el techo que aparece al abrir mis cortinas. Pensé en que la dibujaría. Pero no lo hice. Y me pregunté quién vive más allá, a quién le pertenece la mancha que se mueve enfrente, fantasma, cuando se prende la luz amarilla en medio de mi insomnio. Pensé en alguna historia, pero la olvidé, porque no me sentí capaz de escribirla. Pasiva, sólo he sido testigo. De cada movimiento lejano, cada luz o cada sombra, no me atrevo a emitir juicios, trazar líneas o dibujar palabras; la reflexión no cabe en la mirada, sólo observo, público y silencio. Ventana de la ventana. No soy quién para decir. No tengo nada que decir. Me quedo, me callo, devenir ventana.










