Alguna vez amé tanto unas manos que su tacto se volvió mi aire; lo tangible de su ser propiciaba lo intangible del mío.
Alguna vez amé tanto una piel que su calor se volvió mi manto. ¿Cómo puede algo tan cálido dejarte helado y a su vez hacerte arder?
Alguna vez amé tanto una voz que su entonación, aún en susurros: lograba enmudecer todo sonido circundante.
Alguna vez amé tanto una sonrisa, que su presencia tuvo la virtud de marcar un antes y un después en mi capacidad de procesar el sueño ó cualquier pensamiento racional.
Alguna vez amé tanto unos ojos, que no importa la miel que pueda yo probar en ésta vida: jamás una volvió a ser tan dulce, jamás una volverá ser tan miel como la miel de esos ojos.
¿Alguna vez podré yo volver a amar tanto unas manos, una piel, una voz, una sonrisa?
Por los ojos nisiquiera me atrevo a preguntar; la respuesta se quedó atrapada en sus pestañas.
















