Volver al Inframundo le traía sentimientos contradictorios. Conocía el lugar como la palma de su mano; los pasillos, la bifurcación en la entrada del salón rumbo al ala sur, la trampilla debajo del gran comedor... Era nostálgico, pero tampoco estaba completamente feliz por regresar. Los malos recuerdos a veces superaban a los agradables.
Sus pasos la llevaron al lugar que antes había sido su habitación. Los goznes de la puerta chillaron en protesta cuando ella la empujó, siendo recibida por una nube de polvo al ingresar a la fría estancia. Se sorprendió al ver muebles con telas blancas y polvo, mucho polvo. Para ese punto, pensó que su madre ya había convertido aquel lugar en su “cuarto creativo” o algo por el estilo. Estaba frente a un espejo, con la mitad de su rostro sosteniendo su mirada, cuando el sonido de pasos se hizo presente. Natasha ni siquiera se giró cuando un suspiro, un tanto molesto al ser perturbada en aquel lugar, abandonó sus labios. — En el futuro, si quieres sorprender a alguien por la espalda, te recomiendo no hacer el ruido equiparable a un niño hiperactivo con un olla y un par de cucharas. —