Controlo mis ansias de atacar el brownie. Mi hija llegará reclamándolo en cualquier momento. Y en ese fluir de mi deseo imposible, viene el recuerdo de una canción: Cenizas y diamantes. Me esperan tres minutos de una de mis canciones favoritas mientras pienso contenidos para el nuevo cliente y disfruto la paz de estar sola en casa. Prender el aire y subirle al volumen.
En veinte días se cumplirán cuatro años de la muerte de Palo Pandolfo. Creo que Cenizas y diamantes es de las mejores canciones que conozco. En parte por cómo la canta, pero también por el ritmo. Va, camina, es una forma de locomoción hecha música. Va por las calles de San Andrés y llega a la estación.
Lo que más me conmueve de este momento es estar en mi propia dimensión, mi dimensión íntima. Es hacer, por unos minutos, algo que me hace feliz y que es tan simple, pero que comúnmente no se me da. Y es una libertad de alma, digamos: apenas unos minutos de soledad para saborear lo que realmente me gusta.
Mi hija en lo de la vecina me da paz. La foto que me manda mi vecina (mi hija leyendo libros que en casa no hay) me da la libertad de seguir a Un rosario en el muro e irme casi treinta años atrás. Bordear las vías camino a Recoleta. Cómo hablar del tiempo sabiendo que se va. Hace cuánto no tenía así los minutos, en crudo.
Acaso eso sea la juventud. Procuraré no perderla. A pesar de los años. Cuatro escalones y el viento.















