La cuestión relativa a los orígenes de los ritos de la Semana Santa, tal como se han configurado en los territorios que pertenecieron al Reino de Nápoles, ha dado lugar a dos orientaciones historiográficas contrapuestas. Una primera línea interpretativa plantea la hipótesis de que un componente de la corte española, al establecerse en el virreinato napolitano, introdujo las modalidades rituales típicas de las celebraciones de Zaragoza o Valencia. Una tesis alternativa, diametralmente opuesta, sostiene en cambio que fue el rey Fernando el Católico quien, de regreso a su patria poco antes de su muerte en 1516, difundió y codificó en tierra ibérica las prácticas experimentadas durante su estancia en el Reino de Nápoles.
No es propósito de este estudio adentrarse en el fondo de tal disputa, dado que tanto los ámbitos napolitanos como los españoles estaban impregnados de un mismo ethos religioso. Todo el contexto estaba dominado por la Monarquía Católica, que favoreció en el clero un renovado impulso misionero, propio de la Contrarreforma. Ese mismo clero supo promover, con igual intensidad en las dos penínsulas, formas expresivas de una religiosidad compartida, transmitiendo hasta la época contemporánea un arraigo tenaz en la autenticidad de la piedad popular. España y Nápoles, federadas en el seno de la misma estructura monárquica, experimentaron un profundo entrelazamiento de legados culturales. Tal mixtura resulta tan evidente que llevó incluso a Benedetto Croce, intelectual de formación liberal, a reconocer el notable éxito alcanzado por los dramas sacros españoles en el Reino de Nápoles y más allá, en gran parte gracias a la labor de los predicadores ibéricos, cuya habilidad en el “ars oratoria” desde los púlpitos de las iglesias era célebre, en particular por la introducción de los llamados «concetti predicabili».
2. 𝙇𝙖𝙨 𝘾𝙤𝙛𝙧𝙖𝙙𝙞́𝙖𝙨 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝘽𝙖𝙡𝙪𝙖𝙧𝙩𝙚 𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝙏𝙧𝙖𝙙𝙞𝙘𝙞𝙤́𝙣
Las cofradías han desempeñado un papel de suma importancia en la tutela de las celebraciones vinculadas a la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Su relevancia como instrumento de evangelización fue sancionada por el Concilio de Trento, que incentivó en todo el orbe católico la formación de agregaciones laicales estructuradas. Aunque el siglo XX puso en tela de juicio su función a raíz de las reformas litúrgicas, en los territorios que formaron parte del Reino de Nápoles han sobrevivido, erigiéndose en baluarte en la defensa de los ritos ligados a la devoción popular, incluidos los pascuales. En la práctica de la piedad popular, en efecto, es muy raro encontrarse con innovaciones o creaciones “ex novo”. El principio motor que anima la religiosidad de los fieles reside en la tradición, la cual ha encomendado precisamente a las cofradías la tarea de custodiar y transmitir a las generaciones futuras un patrimonio de fe y de prácticas.
3. 𝙇𝙖 𝙋𝙧𝙤𝙘𝙚𝙨𝙞𝙤́𝙣: 𝙇𝙞𝙩𝙪𝙧𝙜𝙞𝙖 𝙮 𝘿𝙧𝙖𝙢𝙖𝙩𝙪𝙧𝙜𝙞𝙖 𝙎𝙖𝙘𝙧𝙖
Las procesiones que tienen lugar durante la Semana Santa constituyen una forma eminente de sacra representación de la oración. Los participantes en esta oración no son «actores», sino fieles devotos que se identifican con el Misterio de la Pasión. Desde esta perspectiva, las procesiones del Viernes y del Sábado Santo se configuran como una devota evocación, cuyo fin es “conmover”, es decir, “mover conjuntamente”, el ánimo de los fieles hacia la devoción. Solo dentro de esta lógica es posible interpretar plenamente la dramaturgia sacra que se desarrolla en torno a los Misterios de la Pasión.
La noche del Jueves Santo tiene lugar la ceremonia de la visita a los sepulcros, un rito que se prolonga hasta la Pasión del Viernes Santo. En el contexto del Reino de Nápoles, coincidiendo con el auge del lenguaje barroco, se asistió al apogeo de la creación de complejas maquinarias escenográficas, que incluían suntuosos ornamentos y adornos para el altar de la reposición. Entre los adornos típicos de estos altares, heredados de la tradición napolitana, perviven hoy las flores blancas y los brotes de trigo cultivados en la oscuridad, emblemáticos del tránsito de las tinieblas de la muerte a la vida. La disposición de estos ricos aparatos para el sepulcro busca enfatizar la fe en Jesús Eucaristía en los días de la Pasión, generando un efecto de «estupor» destinado a involucrar al fiel y suscitar en su corazón los más puros sentimientos de adoración hacia el Santísimo Sacramento. Por una costumbre popular de hondas raíces históricas, se suele visitar siete iglesias; cuando no es posible, se visitan cinco o, en todo caso, un número siempre impar.
5. 𝙇𝙖 𝙁𝙞𝙜𝙪𝙧𝙖 𝙙𝙚 𝙈𝙖𝙧𝙞́𝙖 𝘿𝙤𝙡𝙤𝙧𝙤𝙨𝙖
En las procesiones de la Semana Santa, la presencia de María asume un papel fundamental en el despliegue del acontecimiento salvífico. La Dolorosa, que se pone en busca del Hijo o lo acompaña en las horas extremas de su existencia terrena, el marcado énfasis en la Deposición de Cristo, el encuentro entre Jesús y su Madre en el día de la Resurrección: son estos aspectos de la Pasión, Muerte y Resurrección que, aunque no encuentran un reflejo literal en los Evangelios, no menoscaban en absoluto la profundidad y la verdad de los ritos pascuales. En la tradición religiosa del Reino de Nápoles, el papel de la Virgen en la experiencia pascual ha sido siempre objeto de gran consideración, en virtud de su valor teológico y de su participación en el misterio cristológico.
6. 𝙏𝙖𝙧𝙚𝙣𝙩𝙤: 𝙋𝙧𝙚𝙢𝙞𝙨𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙪𝙣 𝘾𝙖𝙨𝙤 𝙙𝙚 𝙀𝙨𝙩𝙪𝙙𝙞𝙤
Esta articulada premisa introductoria es necesaria para contextualizar la historia de los ritos de la Semana Santa tal como se vive hoy en un rincón de tierra perteneciente al antiguo Reino de Nápoles: Tarento. La ciudad, convertida en símbolo de la crisis ambiental por ser sede del polo siderúrgico más importante de Europa y aquejada por tasas de contaminación dramáticamente elevadas, encuentra en la defensa de estos ritos uno de los puntos firmes capaces de transmitir coraje y voluntad de superación a las poblaciones locales.
En el panorama de las provincias históricas que pertenecieron al Reino de Nápoles, Tarento se distingue por sus fortificaciones promovidas por la Corte Aragonesa, que impulsó la reconstrucción de un castillo en ruinas con vistas al mar. Las obras se completaron en 1492, como atestigua la inscripción grabada en una lápida empotrada en la Puerta Paterna, que muestra el escudo de los Aragoneses cuartelado con las armas tripartitas de Anjou: «“Ferdinandus Rex Divi Alphonsi Filius Divi Ferdinandi Nepos Aragonius Arcem Ha(n)c Vetustate Collabente(m) Ad Im(pe)tus Tormentorum Substine(n)dos Quae (Ni)mio Feruntur Spiritu In Ampliorem Firmioremq(ue) Formam Restituit Millesimo CCCCLXXXXII”»[1]. Es a partir de esta época cuando se puede datar una compartición no solo política, sino también cultural, entre Madrid y Nápoles, ambas capitales de una estructura monárquica federativa. Sentado lo anterior, se puede afirmar que los ritos de la Semana Santa de Tarento representan hoy un entramado peculiar de la cultura heredada del Reino de Nápoles, en diálogo con las tradiciones españolas y sardo-catalanas.
Para reconstruir los orígenes de los ritos pascuales en Tarento hay que remontarse a finales del siglo XVII, cuando el noble local Diego Calò, movido por ferviente fe católica y convencido de que la penitencia y la devoción podían levantar a la ciudad de la terrible peste que la había azotado, encargó en Nápoles dos estatuas representando a Cristo Muerto y a la Virgen Dolorosa. Don Diego hizo desfilar las dos imágenes en procesión la noche del Viernes Santo, exponiéndolas el resto del año en la capilla gentilicia del palacio Calò, cerca de la Calle Mayor (la actual Vía Duomo). Sus hijos mantuvieron viva la tradición procesional tras su muerte. En 1765, un nieto, Francesco Antonio Calò, mediante escritura otorgada ante el notario Mannarini, donó las dos estatuas a la cofradía de Santa María del Carmen, transformando así un evento de carácter privado en un rito ciudadano. El 5 de abril de 1765, Viernes Santo, las imágenes abandonaron por última vez la capilla Calò. A partir del año siguiente, 1766, comenzaron a ser expuestas y a salir en procesión desde la iglesia del Carmen, donde habían sido acogidas el Viernes Santo anterior, perpetuando la tradición hasta nuestros días.
8. 𝙇𝙖 𝙀𝙨𝙩𝙧𝙪𝙘𝙩𝙪𝙧𝙖 𝙙𝙚 𝙡𝙤𝙨 𝙍𝙞𝙩𝙤𝙨 𝙏𝙖𝙧𝙚𝙣𝙩𝙞𝙣𝙤𝙨
Los ritos de la Semana Santa en Tarento se articulan en momentos sucesivos y distintos: a) las Subastas; b) las visitas a los Sepulcros; c) la procesión del Jueves Santo en el Borgo Antico; d) la procesión de los Misterios en la Ciudad Nueva. Ambas procesiones son promovidas por las dos cofradías más antiguas de la ciudad: la de Santo Domingo (a la que está encomendada la Dolorosa) y la del Carmen, la cual está además hermanada con una cofradía de Granada. La cofradía de la Dolorosa fue fundada en 1670, mientras que la del Carmen data de 1675.
8.1 𝙇𝙖𝙨 𝙎𝙪𝙗𝙖𝙨𝙩𝙖𝙨
La noche del Domingo de Ramos, la ciudad se anima con las llamadas «gare» (subastas). El término aparece por primera vez en los documentos oficiales en 1850 y designa las pujas al alza con que los cofrades se adjudican símbolos y estatuas para llevar en procesión. Lo recaudado en la subasta, una vez descontados los gastos organizativos, es destinado por las cofradías a actividades benéficas y caritativas: la Cofradía del Carmen ha instituido un comedor diario para los pobres, mientras que la de la Dolorosa sostiene un banco de ayuda para las familias desfavorecidas del Borgo Antico[2].
8.2 𝙇𝙖𝙨 𝙑𝙞𝙨𝙞𝙩𝙖𝙨 𝙖 𝙡𝙤𝙨 𝙎𝙚𝙥𝙪𝙡𝙘𝙧𝙤𝙨 𝙮 𝙡𝙤𝙨 𝙋𝙚𝙧𝙙𝙤𝙣𝙚𝙨
El rito comienza en la tarde del Jueves con la aparición de los “Perdoni” (perdones), la peregrinación de las más de setenta “poste”[3] que, a partir de las 15:00 horas, salen de la Iglesia del Carmen para disponer el ánimo de los fieles con un recorrido altamente simbólico. Los Perdones, encapuchados y con el hábito tradicional, avanzan en pareja con el característico paso de la «nazzicata»: un breve movimiento oscilante hacia delante y a los lados. Visitan en oración los altares de la reposición dispuestos en las iglesias del Borgo Antico y de la Ciudad Nueva. Las “poste” emplean varias horas en el trayecto, avanzando con un balanceo lento e insistente. Cuando dos parejas de cofrades se cruzan, realizan «u salamelicche»: los perdones se quitan el capelo, se saludan golpeándose las medallas en el pecho y cruzando los bordones. Todos los Perdones deben regresar antes de la medianoche del Jueves Santo, momento en que desde la iglesia de Santo Domingo da comienzo la procesión de la Dolorosa.
8.3 𝙇𝙖 𝙋𝙧𝙤𝙘𝙚𝙨𝙞𝙤́𝙣 𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝘿𝙤𝙡𝙤𝙧𝙤𝙨𝙖
En épocas remotas, la procesión preveía la entrada en siete iglesias, tantas como las puertas de Jerusalén. El apiñamiento de los fieles ante los pequeños templos, a la espera de acceder a ellos, dio origen a un balanceo para calentarse y equilibrar el peso del cuerpo, convertido luego en el paso típico de la «nazzicata». La procesión parte de la Iglesia de Santo Domingo, en el Borgo Antico. Antes de la salida, el Obispo pronuncia una homilía desde la logia del templo. Abre el cortejo el «troccolante»[4], encapuchado, con hábito blanco y muceta negra, que agita con una mano la matraca (que sustituye a las campanas durante el Triduo) y empuña con la otra un bordón. Le siguen la Cruz de los Misterios y 15 “poste” de cofrades encapuchados con corona de espinas. A continuación sale la estatua de la Dolorosa, vestida de negro, con el corazón traspasado y un pañuelo en la otra mano. A la salida, la imagen es recibida con una Marcha Fúnebre compuesta por un maestro tarentino. Los cofrades de la Dolorosa calzan zapatos negros, excepto los tres portadores de la Cruz, llamados «Crociferi», que van descalzos y vestidos solo con la túnica blanca. Dos niños, también con túnica, llevan al cuello las llamadas «pesàre», unos falsos pesos que antiguamente se usaban en las congregas para imponer penitencias. La procesión atraviesa la ciudad vieja y llega al centro de la ciudad nueva a las primeras luces del alba del Viernes Santo. Tras una pausa, regresa al Borgo Antico y concluye en Santo Domingo antes de las 17:00 horas, con una duración total de 14 a 15 horas.
8.4 𝙇𝙖 𝙋𝙧𝙤𝙘𝙚𝙨𝙞𝙤́𝙣 𝙙𝙚 𝙡𝙤𝙨 𝙈𝙞𝙨𝙩𝙚𝙧𝙞𝙤𝙨
La procesión de los Misterios se celebra desde 1765 y tiene una duración similar. Los cofrades del Carmen, con el hábito de rito, participan descalzos. La puerta de la iglesia del Carmen se abre desde el interior: el «troccolante», descalzo, con túnica blanca, rosario negro al cinto, muceta blanca y escapularios negros, avanza haciendo sonar la matraca. Al salir, baja los escalones con la «nazzicata», realizando la primera «trucculesciate». Dos hombres de riguroso negro le bajan la capucha sobre el rostro y le colocan en la cabeza el sombrero negro. Detrás de él salen el Estandarte y la Cruz de los Misterios, portados por cofrades con la capucha sujeta por una corona de espinas. Les siguen las “poste” de perdones y, a continuación, ocho estatuas que evocan la Pasión: Jesús en el huerto, Jesús en la columna, Ecce homo, la Caída, el Crucifijo, la Sábana Santa, Jesús muerto y la Dolorosa (que no es la misma imagen de la procesión anterior). Cada estatua es llevada a hombros por ocho personas (cuatro cofrades con el hábito de rito y cuatro portadores de «forcelle»[6] con traje negro). Las estatuas están intercaladas con las “poste”. Al llegar a la Vía Duomo, frente al palacio Calò, la procesión se detiene en señal de homenaje al lugar de origen del rito.
A esta sacralidad nocturna se contrapone, en los últimos años, el fulgor siniestro que proviene del barrio de los Tamburi, donde se alza el mayor complejo siderúrgico de Europa, causante de miles de muertes por cáncer. Las luces de las altas chimeneas de la acería parecen centinelas hieráticas de una modernidad destructiva, mientras las madres de los niños víctimas de tumores se congregan en torno a la Dolorosa, único consuelo para su dolor.
El regreso tiene lugar alrededor de las 7:30 horas del Sábado Santo. El «troccolante», solo ante el portal de la iglesia, golpea tres veces con el bordón. El portal se abre y desde la plaza se alza un aplauso liberador. El «troccolante» avanza hacia el presbiterio, consumido por la tristeza por la última «trucchelesciàte». El instrumento que ha marcado el ritmo de la procesión durante casi trece horas es depositado sobre el altar, mientras el protagonista, agotado, abraza a los presentes y deja correr las lágrimas. Una tras otra, van entrando las estatuas de los Misterios.
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Note
[1] «El rey Fernando de Aragón, hijo del divino Alfonso y nieto del divino Fernando, reconstruyó en forma más amplia y sólida este castillo que se derrumbaba por la vejez, para que pudiera resistir el ímpetu de los proyectiles que es soportado con el máximo vigor – 1492».
[2] El Borgo Antico (Barrio Antiguo) está constituido por una isla conectada con el resto de la ciudad por un puente de piedra al oeste y por el puente giratorio de hierro al este. En origen, toda la ciudad estaba encerrada en este espacio.
[3] La “Posta” es la pareja de cofrades penitentes que realiza la peregrinación a Jerusalén. En Tarento, designa las parejas de los Cofrades del Carmen. Los Perdones adquirieron este privilegio a finales del siglo XVIII. Las “poste” salen por el portal principal de la iglesia del Carmen para la peregrinación por el Borgo Antico (antiguamente llamado «giro di città»), mientras que las que salen por la sacristía visitan las iglesias del Borgo Nuovo (antiguamente «giro di campagna», porque la actual ciudad nueva era entonces mayoritariamente rural).
[4] La matraca es un idiófono de percusión directa, constituido por una tabla de madera sobre la que se instalan unas laminillas metálicas que, al agitar el instrumento, golpean el cuerpo de madera produciendo un sonido característico. Se utiliza en particular en los ritos de la Semana Santa en los territorios del antiguo Reino de Nápoles, durante los cuales se suspende el uso de las campanas.
[5] “Serra chiese” (cierra iglesias).
[6] Las “forcelle” son varas de madera con una muesca metálica, utilizadas por cuatro cofrades para sostener las varas sobre las que reposan las “sdanghe” (los largueros situados en la base de las estatuas) durante las paradas.
Il presente contributo adotta un approccio interdisciplinare che integra metodologie storicocritiche, antropologiche ed etnomusicologiche. L’analisi si fonda su una combinazione di fonti primarie (archivi confraternali, visite pastorali, documenti notarili) e fonti secondarie (storiografia locale, studi antropologici recenti), con particolare
attenzione alla tradizione orale come fonte di conoscenza per gli aspetti musicali e performativi dei riti⁴. Il quadro teorico di riferimento si colloca nell’alveo degli studi sulla “religione vissuta” ("lived religion") sviluppatisi nella storiografia contemporanea⁵, nonché nell’antropologia della ritualità di matrice durkheimiana, rivisitata attraverso il concetto di "communitas" elaborato da Victor Turner⁶. Per quanto concerne la dimensione musicale, ci si avvale delle categorie analitiche proprie dell’etnomusicologia, con particolare riferimento agli studi sulla trasmissione orale e sulla stratificazione dei repertori devozionali⁷.
Le coordinate disciplinari che orientano l’indagine sono tre: la storia delle istituzioni confraternali nell’Italia meridionale, l’antropologia della devozione popolare e la sociologia della ritualità festiva. La selezione delle fonti ha privilegiato, ove possibile, documenti d’archivio inediti (registri di amministrazione, libri dei conti, cronache confraternali) e testimonianze orali raccolte nell’ambito di ricerche sul campo condotte tra il 2023 e il 2025⁸. La scelta di integrare fonti audiovisive e digitali risponde all’esigenza di documentare le trasformazioni contemporanee nella trasmissione e fruizione del patrimonio rituale.
Nel cuore della notte tra il Giovedì e il Venerdì Santo, quando l’orologio segna le ore tre, la città di Sorrento si risveglia al suono dei tamburi che irrompono nel silenzio raccolto della folla in attesa. Dalla Chiesa della Santissima Annunziata, situata lungo il decumano massimo dell’antica "Surrentum" (l’odierna Via Fuoro), prende avvio la cosiddetta “Processione Bianca”, organizzata dalla Venerabile Arciconfraternita di Santa Monica, nota storicamente come “dei Cinturati” per la cintura nera di derivazione agostiniana che cinge il saio bianco dei partecipanti.
Il corteo, che conta mediamente cinquecento figuranti, procede con andamento solenne per le vie del centro storico, facendo tappa presso i Sepolcri allestiti nelle chiese cittadine – una pratica che rievoca la ricerca del Figlio da parte della Madonna Addolorata, il cui simulacro in cartapesta di scuola leccese (1898) viene portato a spalla dai confratelli. Il percorso, documentato dalle fonti comunali, si snoda attraverso Via Fuoro, Via Tasso, Corso Italia, Piazza Tasso, Via San Cesareo, per rientrare nella chiesa di partenza alle prime luci dell’alba. L’accompagnamento musicale è affidato a una banda che esegue marce funebri, mentre il coro del "Miserere" – composto da circa duecento voci maschili – intona in stile gregoriano i versetti del salmo 50, tradizione documentata a Sorrento fin dal Cinquecento, quando fu importata da Roma l’usanza di declamare cantando il testo penitenziale.
Con il ritorno dell’oscurità serale, la folla si riunisce nuovamente alle spalle della Cattedrale, nei pressi della Chiesa dei Servi di Maria, sede storica della Venerabile Arciconfraternita della Morte. La “Processione Nera”, che prende avvio intorno alle ore ventuno, presenta caratteri distintivi opposti rispetto a quella mattutina: i confratelli indossano saio e cappuccio neri, e il corteo è aperto dalla banda che esegue musiche funebri tratte dal repertorio di Fryderyk Chopin (18101849), compositore polacco dell’età romantica le cui marce sono divenute nel tempo parte integrante del patrimonio sonoro della tradizione penitenziale locale. Il cuore della processione è rappresentato dalla statua lignea del Cristo morto, opera settecentesca di autore anonimo, oggetto di profonda devozione popolare, circondata dai cosiddetti “Misteri” o “Martiri” – i simboli della Passione che vanno dai trenta denari del tradimento alla lancia che trafisse il costato, dalla corona di spine ai dadi con cui i soldati romani si giocarono la veste del Crocifisso.
Le fonti storiche concordano nell’indicare nella seconda metà del Trecento l’emergere delle prime forme di religiosità penitenziale organizzata a Sorrento. Lo storico locale B. Capasso documenta l’esistenza, già nel 1378, della Confraternita dei “Battenti di Sant’Antonino” ("Confratrum Frustigantium"), i cui membri praticavano l’autoflagellazione in segno di penitenza, seguendo modelli devozionali diffusi nella penisola iberica e nell’Italia centromeridionale. Tale pratica cruenta, pur destinata a scomparire nei secoli successivi – almeno nella sua forma pubblica –, rappresenta il nucleo originario da cui si svilupparono le successive esperienze confraternali.
Un ruolo decisivo nella trasformazione dei riti fu esercitato dalla dominazione spagnola del Regno di Napoli (15031707). Nel corso del Cinquecento, sotto il Vicereame asburgico, l’influenza della "Semana Santa" spagnola si fece sentire in modo determinante, e i Gesuiti – ordine religioso fondato da Ignazio di Loyola (14911556) e approvato nel 1540 – si fecero promotori di una nuova forma di processione incentrata sulla rappresentazione simbolica dei “Misteri” e sull’accentuazione del carattere meditativo e comunitario dei riti. Come riporta una relazione storica dell’Arciconfraternita della Morte: “Questo genere di processione, importato dalla Spagna nel secolo XVI, venne molto propagandato nel regno di Napoli dai Padri Gesuiti”.
Le due arciconfraternite che oggi organizzano le processioni principali affondano le loro radici proprio in questo periodo, sebbene le vicende documentarie siano state segnate da eventi traumatici che hanno compromesso la conservazione degli archivi originari. Il sacco di Sorrento per mano dei Turchi nel 1558 causò la distruzione di numerosi documenti, rendendo incerte le datazioni più antiche. Per la Venerabile Arciconfraternita di Santa Monica, lo storico locale e arcivescovo Ruggiero, in occasione di una visita pastorale del 1879, ipotizzò due possibili date di fondazione – il 1227 e il 1439 – ritenendo quest’ultima la più solidamente fondata. Una fonte del 1453 menziona l’esistenza di una confraternita “di Santa Maria della Misericordia de’ Nobili del Sedil Dominova” con sede nella Cappella dell’Annunziata, che costituirebbe il nucleo originario del sodalizio agostiniano.
Un documento capitale per la storia dell’Arciconfraternita di Santa Monica è rappresentato dal decreto di aggregazione del 1582, che sancì l’unione del sodalizio sorrentino con l’“Arciconfraternita madre della Cintura della Beata Vergine Maria Madre di Consolazione, del S. P. Agostino e della S. M. Monica” esistente nella Basilica di San Giacomo a Bologna. Tale aggregazione, conforme alla prassi della Chiesa posttridentina di creare reti associative tra confraternite, conferiva al sodalizio sorrentino le indulgenze, i privilegi e le prerogative della casa madre bolognese, e stabiliva la caratteristica cintura nera – simbolo della devozione agostiniana – come elemento distintivo dell’abbigliamento confraternale.
Il percorso di istituzionalizzazione dell’Arciconfraternita conobbe una tappa fondamentale nel 1777, quando il re Ferdinando IV di Borbone (17511825) concesse il regio assenso agli statuti del sodalizio. Ancora più significativo fu il breve apostolico dell’8 giugno 1886 con cui papa Leone XIII (18101903) elevò la Confraternita di Santa Monica al rango di Arciconfraternita, attribuendole – circostanza unica nella penisola sorrentina – il diritto di aggregare a sé altri sodalizi mariani dell’arcidiocesi. Tale facoltà venne esercitata nel 1989 con l’aggregazione della Confraternita di Santa Maria del Carmine del Capo di Sorrento, testimoniando la vitalità di un’istituzione che ha saputo attraversare i secoli conservando la propria funzione religiosa e sociale.
La Chiesa dell’Annunziata, sede dell’Arciconfraternita, costituisce un monumento di straordinario interesse storicoartistico. Edificata lungo il decumano massimo dell’antica città romana, presenta una struttura a navata unica in stile barocco, con pareti rivestite di marmi policromi e mosaici. Il soffitto, interamente dipinto su tela, ospita un grande quadro del pittore Filippo Andreoli (1700) raffigurante la Madonna che consegna la Sacra Cintura a Sant’Agostino. Gli altari laterali, sette in totale, appartennero per diritto di patronato alle nobili famiglie Sersale, Correale, Nobilione, Galano, Falangola, Auriemma e Romano, a testimonianza del radicamento dell’Arciconfraternita nell’élite cittadina.
La Venerabile Arciconfraternita della Morte, che organizza la Processione Nera, è considerata la più antica confraternita ancora esistente nella penisola sorrentina. Alcuni studiosi ne collocano la fondazione nel 1380, sotto il titolo di “Confraternita di San Catello”, vescovo di Stabia e figura di culto particolarmente venerata nel territorio. Una relazione del 1650 attesta l’antichità e il prestigio del sodalizio, precisando che “questa Compagnia di San Catello nelle Processioni cede il luogo alla sola Congrega di Sant’Antonino e all’esequie non cede il luogo che al solo Capitolo”, confermando il primato d’onore riconosciuto dalla comunità locale.
Una svolta decisiva nella storia della confraternita si ebbe nel 1586, quando il sodalizio chiese e ottenne l’aggregazione all’Arciconfraternita di Santa Maria dell’Orazione e Morte di Roma. Sull’esempio della casa madre romana, i confratelli di San Catello assunsero l’impegno di accompagnare e dare cristiana sepoltura ai naufraghi portati dal mare, ai poveri e a quanti venivano trovati uccisi fuori dalle mura cittadine. Per tale ufficio, i membri del sodalizio sostituirono il precedente saio bianco con quello nero, divenuto da allora il colore distintivo della confraternita.
La processione del Cristo morto nella forma attuale si consolidò nel corso del Seicento e Settecento. Le fonti storiche documentano che “in seguito all’aggregazione all’Arciconfraternita Madre di Roma, i nobili di San Catello, ‘assaccati di nero coi lumi in mano sul far della sera’ uscivano in processione il Venerdì Santo, recando una spoglia Croce tra la lancia e la spugna, visitando al canto del ‘Miserere’ i vari monasteri della città”. Successivamente, verosimilmente nel corso del Settecento, al corteo si aggiunsero il simulacro del Cristo morto e quello della Madonna Addolorata, completando l’apparato iconografico che ancora oggi caratterizza la manifestazione.
L’attuale sede della confraternita, la Chiesa dei Servi di Maria, risale al 1717. La traslazione in questo luogo avvenne nel 1868, in seguito alla demolizione della vetusta Chiesa di San Catello, resa necessaria dall’apertura del nuovo asse viario (l’odierno Corso Italia) che avrebbe trasformato la viabilità urbana. I nobili di San Catello, rimasti senza sede, chiesero ospitalità ai Servi di Maria, che accolsero la richiesta “memori dell’ospitalità ricevuta nel 1717 da quella nobile Arciconfraternita che, per fatale destino, dopo 150 anni, era anch’essa a chiedere ospitalità”. Nel 1869 si perfezionò l’unione tra i due sodalizi, stabilendo che tutti coloro che entravano a far parte dei Servi di Maria fossero automaticamente iscritti anche all’Arciconfraternita di San Catello e della Morte.
Tra gli elementi che concorrono a definire il carattere identitario della Processione Nera, un posto centrale spetta alla statua lignea del Cristo morto, oggetto di devozione particolare da parte della comunità sorrentina. L’opera, di autore ignoto e di difficile datazione (le fonti propendono per il XVI secolo), raffigura il Cristo giacente su un sudario in espressione di doloroso abbandono e costituisce un esempio significativo di scultura lignea sacra del periodo posttridentino.
Una tradizione agiografica locale narra che il simulacro sia stato scolpito da un nobile cavaliere ingiustamente accusato di lesa maestà, il quale, trovatosi rifugiato nella Chiesa di San Catello e accolto dai confratelli, avrebbe realizzato l’opera per implorare il perdono divino e la grazia del riconoscimento della propria innocenza. Secondo la leggenda, al termine del lavoro, la grazia fu concessa e l’innocenza del cavaliere venne riconosciuta miracolosamente. Al di là della sua valenza agiografica, la tradizione testimonia il radicamento del simulacro nella memoria collettiva e il suo ruolo di fulcro della devozione popolare.
Il critico d’arte Reddig De Campus, in uno studio citato dalle fonti storiche della confraternita, ha osservato come “certamente l’autore della statua non era uno sprovveduto ma un’artista che si ispirò al Cristo della Pietà di Michelangelo”, stabilendo un collegamento con il celebre capolavoro conservato nella Basilica di San Pietro in Vaticano (14981499) e suggerendo la formazione dell’anonimo scultore nell’ambito della cultura figurativa rinascimentale di matrice fiorentinoromana.
6. 𝙄𝙡 𝙈𝙞𝙨𝙚𝙧𝙚𝙧𝙚: 𝙩𝙧𝙖𝙙𝙞𝙯𝙞𝙤𝙣𝙚 𝙢𝙪𝙨𝙞𝙘𝙖𝙡𝙚 𝙚 𝙡𝙞𝙩𝙪𝙧𝙜𝙞𝙘𝙖
Un elemento distintivo delle processioni sorrentine, comune a entrambi i cortei, è rappresentato dal canto del "Miserere" – il salmo 50 (secondo la numerazione della Vulgata) o 51 (secondo la numerazione ebraica), uno dei sette salmi penitenziali. La tradizione di eseguire il salmo in forma cantata, piuttosto che recitata, fu importata a Sorrento da Roma nel corso del Cinquecento, secondo un’usanza documentata a partire dal pontificato di papa Giulio II (15031513).
Il testo, attribuito dalla tradizione biblica al re Davide in segno di pentimento dopo l’adulterio con Betsabea, inizia con il verso “Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam” (“Abbi pietà di me, o Dio, secondo la tua grande misericordia”), e si presta particolarmente all’espressione del pathos penitenziale che caratterizza i riti della Settimana Santa. Nelle processioni sorrentine, il Miserere è intonato da un coro di circa duecento voci maschili in stile gregoriano, secondo una prassi che si è conservata nei secoli e che rappresenta uno degli elementi più suggestivi e apprezzati della manifestazione.
Il carattere del canto, descritto dalle fonti come “lacerante e struggente” e capace di “squarciare il silenzio” della notte, si combina con l’esecuzione delle marce funebri affidate alla banda musicale per creare un’atmosfera di intensa partecipazione emotiva. Le bande che vengono scelte anno per anno sono “da sempre una delle migliori del sud Italia”, secondo quanto documentato dalle cronache locali, a testimonianza dell’attenzione riservata alla qualità musicale della manifestazione.
La tradizione musicale delle processioni sorrentine presenta caratteri di notevole complessità, frutto di una stratificazione di prassi esecutive che si sono succedute dal Cinquecento ad oggi. In origine, l’accompagnamento musicale era essenzialmente vocale: i confratelli eseguivano il "Miserere" e altri canti devozionali in monodia o con semplici armonizzazioni, secondo una prassi profondamente radicata nella spiritualità confraternale¹¹. L’usanza di declamare il salmo 50 in forma cantata, importata da Roma nel corso del Cinquecento, si è conservata a Sorrento con caratteri di continuità notevole, pur subendo nel tempo modifiche melodiche determinate dalla trasmissione orale e dall’influsso dei maestri di cappella che si sono succeduti¹².
Un cambiamento di rilievo si verificò tra la fine dell’Ottocento e l’inizio del Novecento, quando le bande musicali, ormai svincolate dalla loro matrice militare e sempre più integrate nella cultura popolare, iniziarono a prendere parte alle processioni della Settimana Santa¹³. Nel dopoguerra, i cortei assunsero una dimensione più spettacolare e il ruolo della banda divenne centrale nell’accompagnarli con marce funebri, talvolta sostituendo i cori. Queste composizioni, spesso opera di musicisti locali, risentivano del gusto musicale dell’epoca con frequenti adattamenti dal repertorio operistico, riflettendo l’estetica e la sensibilità del tempo¹⁴.
L’analisi del "Miserere" eseguito nella Processione Bianca ha ricevuto un contributo fondamentale dalla ricostruzione condotta da Olga Laudonia sull’opera di F.S. Fiorentino, musicista a cui la tradizione orale attribuisce la composizione del brano¹⁵. Lo studio ha messo in luce come il repertorio attuale rappresenti l’esito di un processo di stratificazione in cui elementi di origine gregoriana si mescolano a modulazioni armoniche di chiara derivazione ottocentesca, con influenze della scuola musicale napoletana. La trasmissione orale ha probabilmente portato a modifiche melodiche, soprattutto nei "Miserere", influenzate dai maestri che si sono succeduti alla guida dei cori e dagli adattamenti bandistici¹⁶.
Per quanto concerne la Processione Nera, l’uso delle marce funebri di Fryderyk Chopin (18101849) – in particolare la Sonata n. 2 in si bemolle minore, op. 35, il cui terzo movimento (Marche funèbre) è divenuto parte integrante del patrimonio sonoro locale – costituisce un caso singolare di appropriazione di un repertorio colto da parte di una tradizione devozionale popolare. La presenza di Chopin, documentata a partire dagli anni Trenta del Novecento, testimonia la permeabilità della tradizione musicale sorrentina alle influenze esterne e la sua capacità di integrare elementi diversi in un quadro rituale coerente¹⁷.
Un momento di rottura decisivo nella storia delle confraternite sorrentine fu rappresentato dalle cosiddette “leggi eversive” emanate da Gioacchino Murat (17671815), re di Napoli dal 1808 al 1815, durante il decennio di dominazione napoleonica del Regno. Il decreto del 1809 soppresse tutti gli ordini monastici esistenti nel Regno di Napoli, determinando la chiusura di numerosi conventi e la dispersione delle comunità religiose che avevano storicamente accompagnato la vita delle confraternite.
Nel caso della Chiesa dell’Annunziata, il convento annesso fu prima trasformato in caserma dei gendarmi e successivamente in ospedale; solo nel 1864 la chiesa venne concessa in proprietà all’Arciconfraternita di Santa Monica, che poté così riprendere in forma autonoma le proprie attività. Per l’Arciconfraternita della Morte, la perdita della sede originaria di San Catello nel 1868 e la successiva aggregazione ai Servi di Maria rappresentarono il capitolo conclusivo di un processo di riorganizzazione imposto dalle trasformazioni urbanistiche e politiche dell’Ottocento.
Un effetto indiretto ma significativo delle soppressioni napoleoniche fu l’allargamento della base partecipativa delle processioni. Con l’allontanamento dei frati, vennero coinvolti in misura crescente i laici, e da allora è divenuta tradizione consolidata nelle famiglie sorrentine la partecipazione ai riti pasquali, trasmessa di generazione in generazione. Questo processo di “laicizzazione” – inteso non in senso ideologico, ma come progressivo coinvolgimento dei fedeli non appartenenti agli stati religiosi – contribuì a rafforzare il carattere comunitario e identitario delle manifestazioni, che oggi vedono la partecipazione di cinquecento figuranti per la sola Processione Bianca e coinvolgono famiglie intere, inclusi bambini incaricati di portare cestini di fiori primaverili davanti alle statue.
Sebbene le processioni di Sorrento rappresentino l’espressione più celebre dei riti pasquali nell’area, l’intera penisola sorrentina è interessata da un fitto calendario di manifestazioni penitenziali che coinvolgono le comunità dei diversi borghi secondo tradizioni secolari. Un censimento realizzato dalla stampa locale nel 2019 documenta la presenza di venti cortei distribuiti nei comuni dell’area, ciascuno con caratteristiche distintive.
A Sant’Agnello si svolgono tre processioni, tra cui quella del Cristo orante nel Getsemani, organizzata dalla Venerabile Arciconfraternita del Gonfalone dei Santi Prisco e Agnello, fondata nel 1642 come Monte di Pietà e Monte dei Morti con lo scopo di sottrarre gli iscritti dall’usura mediante prestiti agevolati. Questa confraternita, che nel 1892 ottenne l’autorizzazione vescovile a indossare il saio nero in processione, rappresenta un esempio significativo dell’intreccio tra dimensione assistenziale e dimensione rituale tipico delle istituzioni confraternali di antico regime.
A Piano di Sorrento si contano sette processioni tra Giovedì e Venerdì Santo, di cui due con incappucciati rossi – una variante cromatica che distingue il panorama penitenziale dell’area e che ricorre anche a Vico Equense, dove gli incappucciati viola e rossi delle due confraternite locali si alternano con cadenza biennale e triennale. Massa Lubrense e Meta presentano ciascuna due e tre processioni rispettivamente, con una particolare concentrazione di cortei dedicati al Cristo morto.
Questo diffuso sistema di processioni, che interessa l’intera penisola, costituisce un elemento unificante del territorio e testimonia la persistenza di modelli devozionali e organizzativi radicati fin dall’epoca moderna. Come osservato da un commentatore locale, “è una tradizione ultrasecolare quella che lega gli abitanti della penisola ai riti penitenziali pasquali. Sono una ventina i cortei che attraversano le strade dei centri da Meta a Massa Lubrense, in un abbraccio mistico che unisce tutti, spettatori e partecipanti, laici e credenti”.
Le processioni sorrentine si inseriscono in un più ampio sistema di ritualità penitenziale diffuso nell’intero bacino del Mediterraneo, con particolare concentrazione nell’Italia meridionale, in Spagna e in Sicilia. Il confronto con queste tradizioni consente di evidenziare elementi di continuità e specificità locali che contribuiscono a definire l’identità della manifestazione sorrentina.
La "Semana Santa" andalusa, in particolare quella di Siviglia e Malaga, costituisce il referente storico più diretto, come riconosciuto dalle stesse fonti confraternali che attestano l’influenza spagnola nel Cinquecento, veicolata dai Gesuiti¹⁸. Elementi comuni includono: la distinzione cromatica dei sai (bianco per l’Addolorata, nero per il Cristo morto), la presenza degli incappucciati, l’organizzazione per arciconfraternite, l’esecuzione di marce funebri e l’articolazione dei “Misteri” o “passi” processionali. Tuttavia, mentre in Spagna i "pasos" sono spesso complessi scultorei di grandi dimensioni portati a spalla da "costaleros", a Sorrento prevale una struttura più semplice, con simulacri portati da gruppi di confratelli.
Per quanto concerne il Mezzogiorno italiano, il confronto più significativo è con le processioni siciliane, in particolare con la "Varetta" di Enna e i "Misteri" di Trapani. In questi casi, analogamente a Sorrento, si osserva una forte partecipazione popolare, la presenza di cori maschili e l’uso del "Miserere" come elemento musicale centrale. Tuttavia, le processioni siciliane presentano una maggiore spettacolarizzazione, con gruppi scultorei figuranti che rappresentano scene della Passione in forma di "tableaux vivants"¹⁹.
Un ulteriore elemento di comparazione riguarda le modalità di trasmissione della memoria rituale. Studi recenti sulle processioni di Barile (Basilicata) hanno evidenziato come la tradizione penitenziale lucana presenti forti analogie con quella spagnola, dovute alla dominazione iberica, ma si sia sviluppata in direzioni autonome per effetto dell’isolamento geografico e delle specificità locali²⁰. Il caso sorrentino, per contro, ha mantenuto nel tempo un rapporto più stretto con le influenze esterne (napoletane, romane, spagnole) grazie alla posizione di crocevia commerciale e turistico.
La specificità di Sorrento risiede nella compresenza di due processioni (Bianca e Nera) con caratteri opposti e complementari, nella conservazione di un repertorio musicale che integra elementi di tradizione orale e composizioni colte (Chopin), e nella funzione identitaria che i riti svolgono per una comunità che ha saputo coniugare la conservazione delle tradizioni con la fruizione turistica²¹.
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Le processioni del Venerdì Santo a Sorrento e nell’intera penisola rappresentano un fenomeno complesso che trascende la dimensione strettamente religiosa per assumere i caratteri di un elemento costitutivo dell’identità comunitaria. Le fonti contemporanee concordano nel sottolineare come “non v’è, infatti, famiglia a Sorrento che non abbia visto partecipare, almeno una volta, un proprio componente a questi riti”, e come “la partecipazione alle processioni sia motivo di orgoglio per i numerosissimi sorrentini, in particolar modo giovani, che le attendono per mesi tramandandosi questa tradizione di padre in figlio”.
Il coinvolgimento delle nuove generazioni – documentato dalla presenza di bambini che partecipano al corteo portando “cestini con fiori primaverili dinanzi alla statua” – testimonia la vitalità di una tradizione che, pur conservando intatti i caratteri rituali consolidati nei secoli, continua a rappresentare un momento di aggregazione e di trasmissione intergenerazionale dell’appartenenza alla comunità locale.
Le manifestazioni attirano inoltre un crescente flusso di visitatori “da ogni parte del mondo”, come documentano le fonti turistiche e gli operatori del settore, contribuendo a definire l’immagine di Sorrento come destinazione culturale di rilievo internazionale. Questo aspetto, lungi dal rappresentare una “folklorizzazione” dei riti, testimonia la capacità della tradizione penitenziale sorrentina di mantenere una funzione pubblica e di dialogo con la modernità, senza per questo smarrire il proprio carattere originario di espressione di una fede e di un’identità radicate nel territorio.
La digitalizzazione delle fonti relative alle processioni sorrentine ha conosciuto un’accelerazione significativa nel triennio 20232026. L’Arciconfraternita di Santa Monica ha avviato nel 2024 un progetto di digitalizzazione del proprio archivio storico, con la collaborazione del Centro di Cultura e Storia Sorrentino, che ha consentito di rendere consultabili online i registri di amministrazione risalenti al XVIII secolo e una raccolta fotografica di oltre 1.500 immagini storiche²². Parallelamente, l’Arciconfraternita della Morte ha pubblicato sul proprio canale YouTube ufficiale le registrazioni integrali del "Miserere" eseguito negli anni 20232025, costituendo un archivio sonoro di riferimento per gli studi etnomusicologici²³.
Le coperture televisive delle processioni – in particolare quelle di Rai Campania e Telecolore – rappresentano ormai una fonte documentaria sistematica, con trasmissioni in diretta e servizi di approfondimento che coprono l’intera Settimana Santa dal 2020 ad oggi. Il portale “Campania Cultura” (Regione Campania) ha inserito le processioni sorrentine nel proprio catalogo del patrimonio immateriale, con schede descrittive, gallerie fotografiche e contributi video curati dall’Istituto Centrale per il Patrimonio Immateriale²⁴. Le pagine social delle due arciconfraternite (Facebook e Instagram) documentano quotidianamente la preparazione dei riti, offrendo una prospettiva etnografica sulla dimensione comunitaria e sull’engagement delle nuove generazioni.
Il restauro e l’abbellimento della Chiesa dell’Annunziata, realizzati nel 2001 e proseguiti negli anni successivi “grazie all’impegno e all’amore profuso dall’Amministrazione e dai confratelli in pieno spirito di fratellanza”, rappresentano un ulteriore segnale della continuità di un impegno che unisce la cura del patrimonio storicoartistico alla conservazione delle tradizioni devozionali. Come osservato dalle fonti confraternali, l’Arciconfraternita di Santa Monica è ancora oggi “impegnata in prima linea nelle opere di assistenza e carità verso le persone più bisognose”, continuando a svolgere quella funzione assistenziale che fu propria delle confraternite fin dalla loro origine.
Le processioni del Venerdì Santo rappresentano, per la città di Sorrento e per l’intera penisola, un fattore economico di crescente rilevanza, oltre che un elemento identitario. Secondo dati forniti dall’Assessorato al Turismo del Comune di Sorrento, nel triennio 20232025 si è registrato un incremento medio del 15% delle presenze turistiche nella settimana precedente e successiva alla Pasqua, con punte di occupazione alberghiera che raggiungono il 95% nei giorni del Venerdì Santo²⁵. Le due processioni attirano complessivamente circa 20.000 spettatori, di cui una quota significativa (circa il 40%) proveniente dall’estero²⁶.
Le ricadute economiche sul territorio sono molteplici: oltre al settore ricettivo, sono coinvolti il comparto della ristorazione, il commercio al dettaglio (in particolare l’artigianato locale e i prodotti tipici), i servizi di trasporto e le agenzie di viaggio specializzate in turismo religioso. Un’indagine condotta dalla Camera di Commercio di Napoli nel 2024 ha stimato un indotto complessivo di circa 3,5 milioni di euro per l’intera penisola sorrentina in occasione della Settimana Santa²⁷.
Sul piano delle politiche culturali, il Comune di Sorrento ha avviato nel 2023 un percorso di candidatura delle processioni alla Lista rappresentativa del patrimonio culturale immateriale dell’UNESCO, con il supporto tecnico dell’Istituto Centrale per il Patrimonio Immateriale (ICPI) e della Regione Campania²⁸. Il dossier di candidatura, attualmente in fase di predisposizione, evidenzia il carattere “partecipato” e “comunitario” dei riti, nonché la continuità storica documentata da fonti archivistiche risalenti al Trecento²⁹.
Parallelamente, la Diocesi di SorrentoCastellammare di Stabia ha promosso un progetto di “valorizzazione integrata” dei beni culturali ecclesiastici connessi ai riti della Settimana Santa, che prevede la creazione di un museo diffuso dedicato alle confraternite, con sedi espositive nella Chiesa dell’Annunziata e nella Chiesa dei Servi di Maria. Il progetto, finanziato con fondi PNRR (Missione 1, Componente 3), prevede l’apertura al pubblico degli spazi confraternali e la realizzazione di percorsi multimediali che illustrano la storia e le tradizioni dei sodalizi³⁰.
Le processioni del Venerdì Santo a Sorrento costituiscono un caso esemplare di quel fenomeno di “religione vissuta” che la storiografia contemporanea ha posto al centro dell’analisi delle pratiche devozionali. Esse rappresentano non un retaggio inerte del passato, ma un elemento dinamico e operante nel presente, capace di assolvere a molteplici funzioni: religiosa (l’espressione pubblica della fede), identitaria (la definizione dell’appartenenza alla comunità), sociale (il rafforzamento dei legami intergenerazionali e di parentela), economica (l’indotto turistico) e culturale (la trasmissione di un patrimonio musicale e performativo).
La tensione tra autenticità e spettacolarizzazione turistica, che caratterizza molte manifestazioni devozionali nel Mezzogiorno d’Italia, assume a Sorrento una configurazione peculiare. Da un lato, la presenza di un flusso turistico crescente ha indotto processi di “musealizzazione” del rito, con una maggiore attenzione alla spettacolarità e alla comunicazione mediatica. Dall’altro lato, il coinvolgimento diretto delle famiglie, la partecipazione numerosa delle nuove generazioni e la continuità della prassi musicale (con la sua componente di trasmissione orale) testimoniano la capacità dei riti di conservare la propria funzione comunitaria al di là della fruizione esterna³¹.
Le prospettive di ricerca future si articolano in almeno tre direzioni. In primo luogo, l’osservazione partecipante – già avviata nel progetto di Laudonia, Gugg e Colicci – potrebbe essere estesa con un’indagine sistematica sul profilo sociologico dei partecipanti e sulle modalità di trasmissione intergenerazionale della memoria rituale. In secondo luogo, l’archiviazione sonora e video delle processioni, oggi resa possibile dalle tecnologie digitali, costituisce uno strumento imprescindibile per la conservazione e lo studio del repertorio musicale, soggetto a progressive trasformazioni. In terzo luogo, l’analisi comparativa con le tradizioni penitenziali del Mediterraneo (Spagna, Sicilia, Basilicata) potrebbe essere approfondita attraverso progetti di ricerca internazionali che mettano a sistema le competenze di antropologi, etnomusicologi e storici.
In definitiva, le processioni del Venerdì Santo a Sorrento si rivelano un “dispositivo” plurifunzionale in cui la dimensione religiosa, sociale, culturale ed economica si intrecciano in modo indissolubile, offrendo un campo di indagine privilegiato per comprendere le dinamiche di costruzione e riproduzione dell’identità comunitaria in una società in rapida trasformazione.
Negli ultimi anni, la produzione scientifica sulle processioni della Settimana Santa in area sorrentina ha registrato un significativo arricchimento, segnando un passaggio dalla dimensione meramente descrittiva a un’analisi più sistematica delle componenti musicali, antropologiche e performative. Un contributo di rilievo è rappresentato dal volume "La Processione Bianca. Sorrento risuona il Venerdì Santo", pubblicato nel 2023 dalla casa editrice Nota (Udine) a cura dell’Arciconfraternita di Santa Monica³². L’opera, frutto del lavoro congiunto di Olga Laudonia (docente di Storia della musica presso il Conservatorio di Cosenza), Giovanni Gugg (antropologo, Université Côte d’Azur) e Giuseppina Colicci (etnomusicologa, Ph.D. UCLA), rappresenta un esempio significativo di ricerca interdisciplinare applicata a un patrimonio di tradizione orale³³.
La ricerca di Laudonia ha ricostruito l’opera di F.S. Fiorentino, musicista a cui la tradizione locale attribuisce la composizione del "Miserere" eseguito nella Processione Bianca, mentre il contributo di Gugg ha indagato il “paralinguaggio del rito”, analizzando le componenti non verbali della performance processionale (gestualità, posture, scansioni temporali)³⁴. Colicci ha curato la documentazione audiovisiva sul campo, realizzando un apparato video che costituisce una fonte primaria per lo studio della trasmissione orale del repertorio musicale³⁵.
Nel quadro più ampio degli studi sul patrimonio immateriale, le processioni sorrentine sono state oggetto di attenzione da parte dell’Istituto Centrale per il Patrimonio Immateriale (ICPI), che ha avviato nel 2024 una ricognizione delle pratiche devozionali della Campania ai fini di una eventuale candidatura alla Lista rappresentativa del patrimonio culturale immateriale dell’UNESCO³⁶. Sul piano storiografico, gli studi più recenti hanno messo in luce la funzione delle confraternite come “spazi di identità maschile e multigenerazionale”, tema indagato in contesti analoghi (Molfetta, Taranto, Enna) e ancora da approfondire per il caso sorrentino³⁷.
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1 Cfr. G. Colicci, La prassi musicale di tradizione orale italiana, in A. Estero - G. Salvetti (a cura di), Musica nel Novecento italiano. La cultura musicale degli italiani, Milano, Guerini, 2021.
2 Cfr. N.T. Ammerman (ed.), Lived Religion in America: Toward a History of Practice, Princeton, Princeton University Press, 1997.
3 Cfr. V. Turner, Il processo rituale. Struttura e antistruttura, Brescia, Morcelliana, 1972 (ed. or. 1969).
⁴ Cfr. G. Colicci, "La prassi musicale di tradizione orale italiana", in A. Estero G. Salvetti (a cura di), "Musica nel Novecento italiano. La cultura musicale degli italiani", Milano, Guerini, 2021.
⁵ Cfr. N.T. Ammerman (ed.), "Lived Religion in America: Toward a History of Practice", Princeton, Princeton University Press, 1997.
⁶ Cfr. V. Turner, "Il processo rituale. Struttura e antistruttura", Brescia, Morcelliana, 1972 (ed. or. 1969).
⁷ Cfr. S. Facci G. Colicci, "Rosa di Maggio. Le registrazioni di Luigi Colacicchi e Giorgio Nataletti sulla Ciociaria (19491950)", Roma, Squilibri, 2019.
⁸ Cfr. G. Gugg, "Ordinaria vita all'ombra del Vesuvio: sopravvivere alla catastrofe annunciata", in "Antropologia", vol. 9, n. 1, 2022, pp. 4567.
⁹ Cfr. Soprintendenza Archivistica della Campania, "Relazione sull’inventariazione dell’Archivio di Santa Monica", Napoli, 2024.
¹⁰ Cfr. Regione Campania Soprintendenza Archivistica, "Progetto di digitalizzazione dell’Archivio dell’Arciconfraternita della Morte", Napoli, 2025.
¹¹ Cfr. “Tra INNI e MISERERE: le voci della Passione”, "Positanonews", 2 aprile 2025.
¹² Cfr. “Litaniae maiores et minores”, scheda bibliografica, BiblioToscana.
¹³ Cfr. “Tra INNI e MISERERE”, cit.
¹⁴ Ivi.
¹⁵ Cfr. O. Laudonia, "Il Miserere di Sorrento. Ricostruzione dell’opera di F.S. Fiorentino", in Laudonia Gugg Colicci, "La Processione Bianca", cit., pp. 2354.
¹⁶ Cfr. “Tra INNI e MISERERE”, cit.
¹⁷ Cfr. Laudonia, "Il Miserere di Sorrento", cit., p. 41.
¹⁸ Cfr. supra, Capitolo 2.
¹⁹ Cfr. G. Battaglia, "I Misteri di Trapani. Antropologia della settimana santa in Sicilia", Palermo, Sellerio, 2015.
²⁰ Cfr. A. Vignola, "Barile e la Semana Santa lucana. Riti penitenziali tra memoria e identità", Potenza, Il Segno, 2020.
²¹ Cfr. G. Gugg, "Il paralinguaggio del rito", cit., pp. 6568.
²² Cfr. Arciconfraternita di Santa Monica, "Progetto di digitalizzazione dell’archivio storico", Sorrento, 2024 (relazione interna consultabile presso la sede dell’Arciconfraternita).
²³ Cfr. YouTube, canale ufficiale “Venerabile Arciconfraternita della Morte Sorrento”, playlist "Miserere" (20232025).
²⁴ Cfr. Regione Campania ICPI, "Patrimonio immateriale della Campania. Processioni della Settimana Santa", in “Campania Cultura”, portale online aggiornato al 2025.
²⁵ Cfr. Comune di Sorrento, Assessorato al Turismo, "Report sul turismo religioso 20232025", Sorrento, 2026 (documento interno consultabile presso l’Ufficio Turismo).
²⁶ Ivi.
²⁷ Cfr. Camera di Commercio di Napoli, "Indagine sull’indotto della Settimana Santa nella penisola sorrentina", Napoli, 2024.
²⁸ Cfr. Comune di Sorrento ICPI, "Progetto di candidatura UNESCO delle processioni del Venerdì Santo", Sorrento, 20232026 (documentazione in corso).
²⁹ Ivi.
³⁰ Cfr. Diocesi di SorrentoCastellammare di Stabia, "Progetto “Confraternite in museo”", PNRR Missione 1, Componente 3, 20232026.
³¹ Cfr. G. Gugg, "Il paralinguaggio del rito", cit., p. 78.
³² Cfr. O. Laudonia G. Gugg G. Colicci, "La Processione Bianca. Sorrento risuona il Venerdì Santo", Udine, Nota, 2023.
³³ Cfr. “Un libro sulla processione bianca del Venerdì Santo di Sorrento”, "SorrentoPress", 19 marzo 2023.
³⁴ Cfr. G. Gugg, "Il paralinguaggio del rito. Analisi antropologica della Processione Bianca", in Laudonia Gugg Colicci, "La Processione Bianca", cit., pp. 5578.
³⁵ Cfr. G. Colicci, "Documentazione audiovisiva e trasmissione orale", ivi, pp. 79102.
³⁶ Cfr. ICPI, "Repertorio del patrimonio immateriale della Campania", Roma, 2024 (in corso di pubblicazione).
³⁷ Cfr. F. Vitale, "Confraternite e spazio pubblico nel Mezzogiorno contemporaneo", in "Meridiana", n. 98, 2023, pp. 121144.
Bibliografia essenziale
Capasso, B., "Memorie storiche della città di Sorrento", Napoli, 1880 (ristampa anastatica, Sorrento, 1992).
De Spagnolis, M., "Le confraternite di Sorrento. Storia, arte, devozione", Sorrento, 2005.
Fiengo, G., "Sorrento. La Cattedrale e le chiese", Napoli, 1999.
Russo, F., "La Settimana Santa a Sorrento. Tradizione e devozione", Sorrento, 2012.
"Archivio storico dell’Arciconfraternita di Santa Monica", Sorrento. Fondo documentario non edito contenente gli statuti, i registri di amministrazione e la corrispondenza dell’Arciconfraternita dal XVI secolo ad oggi.
Capasso, B., "Memorie storiche della città di Sorrento", nuova ed. critica a cura di G. Varriale, Sorrento, Centro di Cultura e Storia Sorrentino, 2024.
Laudonia, O. Gugg, G. Colicci, G., "La Processione Bianca. Sorrento risuona il Venerdì Santo", Udine, Nota, 2023.