Uhhh soy Naejunko trash así que tengan fic incompleto (+18)
Advertencias: Noncon, somnofilia, knife play y mucho sadismo en general.
Makoto era muy bello cuando dormía- mucho más bello que cuando estaba despierto, en realidad. De día, le llenaba la cabeza de ideas tontas sobre la esperanza, sonreía, alegraba toda habitación a donde fuera. Era de lo más irritante, y no estaba segura de cuánto tiempo podría seguir aguantando sus ganas de cortarle la garganta. Si algo demostraba su inalcanzable paciencia, eso era ciertamente el no haberlo asesinado ya, en uno de sus tantos discursitos sobre la amistad y otras estupideces.
Por suerte para ella, su compañero le dejaba desahogar su frustración con él durante las noches.
Hacía varias semanas que el pobre de Makoto había empezado a tener problemas para dormir, así que ella, en una gran muestra de amabilidad, lo convenció de comprar pastillas para dormir. La marca que le recomendó en especial era bastante potente, garantizando un sueño sin interrupciones por varias horas. Y, cuando él respondió que eran muy caras, se ofreció a pagar por ellas, citando que le debía un favor. ¿Quién diría que la maravillosa Junko Enoshima podría ser tan caritativa?
Cualquiera que la conociera de verdad, sin embargo, estaría muy al tanto de que nunca hace algo bueno por otra persona sin una razón en específico. Y, en esta ocasión, recibía una excelente recompensa por ayuda.
Una vez se aseguro de que nadie andará caminando por los pasillos, se encamino hacia la habitación de su presa, riendo por lo bajo. La puerta no estaba trabada, claramente, porque Makoto confiaba mucho en todos los otros estudiantes y creía que nada le podría pasar mientras estuviera en Hope’s Peaks. Su ingenuidad era adorable.
Como todas las noches, su víctima se encontraba durmiendo plácidamente, llevando puesta solo una remera y un par de bóxers cuya tela era muy fina, lo suficiente como para que pudiera ver su miembro sin necesidad de siquiera desnudarlo. Si le preguntara porqué llevaba puesto algo tan indecente, seguro le respondería que sólo los compro porqué eran baratos. Ella quería pensar que en realidad era porque le gustaba la idea de que alguien viniera y abusara de él, justo como lo hacía.
Pero, al menos de momento, prefería no preguntar. Ya en algún momento le contaría a Makoto lo mucho que se divertían juntos al caer la noche, pero por ahora prefería que no le quitaran su juguete. Después de todo, sabía lo dramático que podía ser su pequeño compañero: si le decía todo lo que hacía, jamás volvería a dormir con la puerta cerrada. Sería un desperdicio.
Por el momento, simplemente cerró la puerta detrás de ella y acomodo su strap-on de antemano, sabiendo desde ya que no se tomaría su tiempo esta vez. Podía ser paciente durante el día, mientras todos miraban, pero ahora no. Ahora, podía lastimar a su presa tanto como quisiera, y nadie le diría nada.
Cuidadosamente movió el cuerpo de su víctima para dejarlo boca arriba, fijándose en sus reacciones en caso de que esta vez no haya tomado una pastilla. Se encontraba totalmente relajado, durmiendo plácidamente a pesar del movimiento, sin la más mínima idea de lo que iba a pasarle. En realidad, hasta pareció sonreír un poco al sentir como acariciaba su piel. Al parecer su lindo consolador estaba en busca de algo de afecto, tanto que hasta en sus sueños se alegraba por recibir amor, incluso si no sabía de quien provenía.
Era una pena que la única persona que se interesaba por él era ella, y no estaba interesada en quererlo en lo absoluto.
Confiada ya de que no despertaría, empezó a bajar su ropa interior sin preocuparse por ser delicada, queriendo ir de una vez al punto. Aún no se encontraba duro, pero estuvo aprendiendo esas últimas noches que no era para nada difícil el calentarlo. Sólo unos pequeños roces y caricias eran todo lo necesario para que ya lo tuviera gimiendo entre sus manos.
Quizás debería probar eso cuando estuviera despierto, un día de estos. ¿Acaso sería capaz de resistirse una erección si estaba concentrado en la clase? ¿O terminaría por humillarlo frente a todos en su pequeño experimento?
Quién sabe, aunque al menos una cosa era segura: Makoto era mucho más tolerable cuando estaba sufriendo.
Ya acostumbrada a esta rutina, empezó a dejar unos besos en su cuello mientras que jugaba con su pene, queriendo sentir como este lentamente empezaba a despertarse. Para ser el chico más bajo de la clase, debía admitir que tenía un buen tamaño. Aunque, considerando que lo único que quería era dañarlo, quizás le hubiera venido mejor lo contrario. Después de todo, ¿qué más humillante para un hombre que insultarlo allá abajo?
Con el pasar de los segundos, el ambiente silencioso de la noche empezó a ser interrumpido por unos suaves gemidos, los cuales le sonaban igual de dulces sin importar cuantas veces los escuchara. Hacía que agradeciera el hecho de que las paredes no permitieran que el sonido escapara- odiaría tener que acallar los sonidos tan lindos que salían de esa boca.
Aunque, siendo sincera, los jadeos de Makoto no eran nada comparado con sus dulces gritos de dolor.
Uno vez sintió que lo había excitado lo suficiente como para divertirse, no dudo en sacar la pequeña daga que llevaba consigo, pasando el borde del filo por la piel suave de su víctima. A pesar de su titulo declarándolo como un suertudo, la verdad es que él tenía más bien una reputación de siempre meterse en líos. Era común para el tropezarse y caer por las escaleras, o cortarse con el papel, o accidentalmente chocar con algo. Debido a eso, era común verlo caminar por la escuela con una o dos heridas.
Así que, siempre y cuando fuera cuidadosa y no cortara demasiado, podía dejar una o dos marcas en su piel. Seguro que lo dejaría confundido, pero que no pasaría demasiado tiempo preguntándose qué es lo que paso.
Con eso en mente, empezó a fijarse bien en su cuerpo, buscando un lindo lugar para lastimar. Ya le había dejado un par de cortes cerca del cuello, y algunos otros en la parte baja del estomago, visibles sólo cuando se encontraba desnudo. Eran como besos permanentes, la única forma en la que demostraba cariño hacia alguien más. Quizás debería dejarle otra marca en algún lugar donde nadie más pudiera ver.
Una vez encontró un buen blanco, lo forzó a abrirse de piernas, fijándose en lo sensible que era en esa zona. Seguro que sería muy, muy doloroso para su muñequito que dejara un corte allí. Si lo hacía lo suficientemente profundo, incluso dejaría una cicatriz, así todo aquel que se dignara a tocarlo de manera sexual en el futuro podría ver su influencia.
Eso significaba que, sin lugar a dudas, era el lugar perfecto para arruinar.










