Contra todo pronóstico, volví a enamorarme. Si es el resultado directo a las carencias en mi matrimonio, no lo sé. Si es el estado más cliché de una recién divorciada, tampoco. El tiempo me dirá lo que fue realmente. Pero aquí, desde el presente, no se siente como algo banal o pasajero. Se siente como hace muchísimos años no se sentía, donde la ausencia duele en el cuerpo como ni siquiera sentí al dejar a mi ex esposo.
Ya me desgarré en versos nuevamente, y escribí su nombre por todo mi diario, en todas mis conversaciones. Fue una profecía autocumplida, pues casi enseguida de conocerlo dije a todos que se grabaran su nombre, pues yo nunca lo olvidaría. Es día en que no me puedo quitar esas letras de la boca y de las manos.
Parece que cada vez voy teniendo más y más la costumbre de cerrar con amor, sin drama. Tal vez dolería más de lo contrario, pero una decepción grande te hace olvidar lo que creíste infinito. En cambio, ese beso de despedida, ese "te quiero" que me dijo al cerrar, las flores de cumpleaños "con amor y nostalgia", emulando la frase perfecta que me dio en ese noveno en la noche vieja, "¿Quién te quiere como yo, cabrona...? Viajé horas para volver a verte y aquí me tienes a tus pies... ". Todo me estremece aún, me deja en el limbo. Nadie antes de él me había dicho cabrona. Nadie antes de él me había retado así. Y en ese fuego estuvo su extinción.
Así que de la mano de Elliot Smith, una vez más: Señorita Miseria, te llego de visita, tratando de romantizar el proceso, de guardar a Elías en una polaroid como una de las pocas personas en mi vida que me han dado una perspectiva nueva de la vida. No queda otra, más que ahora sí, y a todo pulmón bendecir mis ojos, porque tan alto miraron.