Explorando a essência da estética por meio da harmonia das cores e das formas. Minha jornada artística é um espelho da minha alma profunda. Convido você a adentrar meu universo visual e descobrir a fascinação que reside em cada pincelada e traço.
Escucho a la ardilla romper vasos, se mete en la alacena a buscar semillitas y tira todo. (ya es la mañana). A la 1 ahí, me dijo Milagros. Estuve insistiendo para ir a ver la muestra de Modigliani en el palacio de Bellas Artes: el París de Modigliani y sus contemporáneos. La cuestión francesa siempre a la orden americana. En el museo de arquitectura art deco (pero) que aloja los murales de los pintores mexicanos, tal vez Rivera el más europeo en sus pinturas. Cuántas veces vimos, escuchamos hasta pudrirnos de el París de los años ‘20s.
Modigliani nació en Italia, eso se nota en sus pinturas; vio la geometría en los retratos de los duques de Urbino de Piero della Francesca y la Mona Lisa. Modigliani es un pintor de retratos y es cierto que piensa como un escultor. Él se decía más escultor que pintor. Hubiese sido lindo ver alguna de sus esculturas. ¿A vos te parece que va a ser muy cliché todo? le pregunté a Milagros.
Nos rociaron con alcoholes y creo que los guardias de seguridad que cuidan el protocolo se divertían con esto de decirnos por dónde hay que caminar, en laberintos ridículos de flechas y cruces. ¿Habrá alguna pintura de Soutine Milagros?
Lo primero que vi cuando entre fue un retrato no muy grande de Leopold Zborowski, un marchand que le dio un sueldo semanal durante cuatro años. Al costado había un cartel pero mire la pintura que había al lado:
- ¡Mira Milagros ! ¡Es Vallaton!
- ¡Nooo, Valadon! me corrigio Milagros.
Suzanne Valadon hizo de todo. Fue acróbata de circo hasta que un accidente la alejó de los escenarios, pero no de todos los escenarios. Se hizo pintora, hacía muchos desnudos de mujeres, naturalezas muertas y paisajes; hasta incluso pintó desnudo a Erik Satie. Se ganó la vida como modelo posando para casi todos los artistas del momento: desde Puvis de Chavannes hasta la famosa bebedora de Toulouse-Lautrec. Y también fue madre, la madre de Maurice Utrillo, otro pintor paisajista al que Leopol Zborowski le compraba pinturas.
Le seguía una pintura de Soutine, ¡Mira Milagros un Soutine! En ese momento Milagros recordó los fascículos de pintura que había en su casa y poniéndose las manos en la cintura dejando un triángulo hueco en el medio imitó una pintura; describió el retrato de un botones que miraba en esas revistas. Una cuidadora de la sala se acercó y nos dijo: ¡Soutine! Arriba hay toda una sala dedicada a Soutine!Modigliani lo admiraba mucho, allí hay uno de los tres retratos que le hizo, señalando al final del pasillo una gran pintura. En el camino nos encontramos con muchos paisajes de Utrillo que criticamos sin delicadeza. Empezamos a hablar sin argumentos (más que los nuestros) de las pinturas feas y lindas. Recordé una conversación nocturna entre amigas y amigos, en donde discutimos de lo lindo y lo feo. Nos contó que una amiga suya muy cercana había cagado un sorete tan hermoso que casi se desmaya. De ciertos rojos que hacen contrastes horribles. Pero la aparición de una pintura detrás de otra nos llamó la atención.
-¡Qué lindo! dijo Milagros. En el reverso del bastidor de una pintura de Utrillo, su mama habia pintado muy naturalmente encima del lienzo crudo, una mesa con un mantel celestial unos jarros amarillos que se apoyaban como un altar religioso y silencioso. Eso que sucede en los anales de las telas me recordó cuando visitamos con Catalina a Ana Gallardo en su estudio la semana anterior. Ana estaba haciendo grandes dibujos en carbón de naturalezas muertas que pintaba su mamá que era artista. Ella estaba muy preocupada por lo que tenía que hacer una artista mujer en su época: pintar naturalezas muertas. Esa inquietud la llevó a reproducir a su manera esas obras en tamaño monumental y sin color. Mientras tomábamos vino le pregunté por una pintura que se veía y era el detrás de otra pintura. ¿Viste lo que pasa cuando sos más libre? o algo asi me dijo Ana. La pintura oficial o frontal no tenía nada que ver con lo que su mamá había hecho en el reverso.
Nunca había visto tantas pinturas de Modigliani juntas. Pude entender realmente su vínculo con el cubismo, con Juan Gris con Picasso y Brancusi. La relación entre la figura y el fondo que destruye tal vez una tradición en la manera pero que sigue siendo parte de la construcción del lenguaje plástico de la pintura y del retrato. Si mal no recuerdo, solo una de las pinturas que había era un Modigliani totalmente cieguito. En todos los demás retratos podía verse el globo ocular, aunque muy sutil.
Aaii me encanta este, dijo Milagros. Junto a un paisaje de Diego Rivera de esos años en París, había un paisaje de Toledo de la pintora rusa Angelina Beloff, de la época que estuvo casada con Rivera. Sobre una lomada se asoman por detrás los típicos techos de la ciudad y en un primerísimo plano un agujero naranja, una grieta como prendida fuego nos chupaba olvidando todo lo demás. ¿Fuiste a Toledo? Como me gustaría ver ahí las pinturas de El Greco, me arrepiento de no haber ido cuando estuve en España. ¡Cuántas pinturas rusas hay!, ¿qué pasa con estos rusos? Por momentos parecía que habían rellenado la exposición con pinturas acaso menores? ¿intrascendentes? ¿existen pinturas intrascendentes? ¿qué es lo que hace que una pintura tenga valor en el tiempo?, no el tiempo del mercado, el tiempo que (justamente) hace que algunas obras se vuelvan del futuro. De eso charlamos en el hall del museo mientras miramos los murales de Tamayo. ¡Si que son del futuro estas pinturas!. Pienso en la escultura de Nefertiti o en la musa dormida de Brancusi como un anticipo del futuro que se aproxima para siempre. Los dos recordamos nuestras experiencias con Modigliani y Soutine. Milagros me contó cuando conoció algunas de estas pinturas en un viaje con un novio pintor que seguía los rastros de esta tradición. Yo recordé mis días junto a La Maga en la Cité des Arts en París, en donde pude ver una exposición de Soutine en el año 2012 creo que en el Grand Palais. Esta vez no viajamos al París de los años 20 sino que a nuestro propio París y a nuestras propias historias personales. Yo había visto en vivo el retrato del botones en traje rojo que me habló Milagros y me entristecí pensando en el amor. Ese día me compré una postal de esa pintura a la salida y la pinché en la pared de nuestro departamento a modo de altar.