Aya, la abuela regañona.
Es la 1:15 de la mañana y me acabo de tomar la segunda dosis de Ayahuasca, porque al parecer, el efecto de la primera toma de las 10:15 ya desapareció.
¿Cómo lo sé?
“Pregúntale a tu cuerpo, él te va a responder”
Fue la respuesta que me dio el guía cuando le pregunté cómo sabía si debía tomar más medicina.
Pero me estoy adelantando, creo que debo empezar por el principio.
Y eso es hace un par de años, cuando la conversación de este brebaje ancestral mágico, poderoso y curativo empezó a hacerse cada vez más presente, al menos en mi círculo.
Comencé a sentir que debía tener esa experiencia de la que todos hablaban como algo profundamente revelador y definitorio. Como algo que te cambiaba la vida. Y por una u otra razón, las cosas nunca se habían acomodado para asistir a una ceremonia con la que me sintiera confiado y tranquilo. Después de todo, lo que se dice de esta planta es que es sabia y que tú no la debes buscar sino que ella te debe encontrar, así que después de un par de años, por fin estoy aquí con un grupo de desconocidos dispuesto a descubrir esta medicina milenaria y emprender un viaje interior que espero sea esclarecedor e inolvidable.
Debo decir que me advirtieron muchas cosas acerca de la medicina: desde las más oscuras hasta las más maravillosas, así que tardé un tiempo en dejar clara la intención de acercarme a ella, porque lo último que quería es que esta fuera una experiencia lúdica. Obvio tenía mucha curiosidad pero nunca lo iba a hacer “por echar desmadre”, yo en verdad estaba buscando una experiencia espiritual.
Había escuchado los testimonios de muchas personas que habían tenido encuentros con seres pasados y futuros, con entidades de otros planetas, con familiares que ya no transitan en este plano, con seres de otras galaxias, con ángeles, con Dios. Había escuchado de personas que se encuentran con demonios y los enfrentan, con personas que al fin definen su propósito de vida, con personas que salen de la experiencia completamente cambiados, gente que abre portales a otras dimensiones, gente que sale de la ceremonia pudiendo hablar telepáticamente con animales y plantas.
Así que, estando la vara tan alta, me costó mucho definir una expectativa realista, de hecho mi idea, aunque parezca extraño, era tratar de llegar a la ceremonia sin ninguna expectativa, es decir, dejar que la planta me guiara y me llevara a donde quisiera. Yo me entregaría. Me rendiría a su sabiduría de abuela e iría con ella de la mano a descubrir los lugares que tuviera que sanar para progresar como persona.
Éramos un grupo de 16 personas. Completamente diferentes los unos de los otros: un estudioso y divulgador de las plantas de poder, dos ingenieros de audio, la directora de una escuela montessori, una modelo ucraniana, un restaurantero, una pareja que se dedicaba al comercio de artículos deportivos de aventura, un par de amigas universitarias, dos casabolseros, un curandero gringo de Nuevo México, un escritor y un ingeniero en sistemas. Nueve de los dieciséis estábamos ahí por primera vez.
Nos citaron a las 7 de la noche en este lugar escondido en plena vista de todos para iniciar los preparativos, es decir, que nuestro guía nos explicara los detalles de la ceremonia.
Después de ir paso por paso por lo que se podía sentir, por lo que no y por hacer un compromiso grupal de “ir hasta el final” nos contó que durante la ceremonia, que duraría hasta las 6 de la mañana también efectuaríamos dos ofrendas distintas: una andina única en su especie en donde experimentaríamos con otras medicinas para tener diferentes sensaciones e ir todavía más profundo en nuestra introspección y una budista muy especial, para cerrar nuestra práctica.
Para acompañar al guía lo flanqueaban dos cantantes que estarían tocando música durante toda la experiencia. Entonarían rezos budistas, rezos chamánicos, mantras y canciones relacionadas con las plantas de poder.
Así que dieron las 10 de la noche y después de que cada participante expresara en voz alta “al abuelo fuego” (una ofrenda justo al centro del círculo donde estábamos) sus intenciones, me llegó el turno de decirlas, para que no hubiera duda de mis propósitos para esa noche.
Después se apagaron las luces y en penumbra a las 10:15, me estaban dando lo que sería la primera toma de ayahuasca de mi vida.
Acá va mi comentario whitexican: después del Durian que alguna vez probé afuera del Templo Sri Mariamman en Singapur, esto sin duda es la segunda cosa más asquerosa que he probado en mi vida. Verdaderamente asquerosa.
Un líquido espeso de color café oscuro y consistencia como de brea, amargo y que a cada milímetro que avanzaba por mi esófago, me iba dejando una sensación de quemadura de tercer grado que ni con un té de tepezcohuite se me iba a quitar.
Inmediatamente sentí el reflejo de expulsar el brebaje. Por el sabor, por la consistencia y por la sensación en mi garganta, pero respiré profundo, me tranquilicé y dejé que la pócima se asentara lentamente en mi estómago cultivado en dieta vegana desde hacía más de 5 días.
Pasó media hora y como tengo todo, menos elasticidad y no pensaba (ni podía) pasarme 8 horas sentado sobre mi cóccix, me recosté tranquilamente sobre mi yoga mat para esperar lo que tuviera que venir.
A partir de aquí esta narración se pondrá un poco borrosa en cuanto a los timings pero trataré de detallarlos con la mayor fidelidad posible.
En un silencio absoluto se empezaron a escuchar personas que vomitaban porque la ayahuasca es una bebida que una vez que hace efecto, casi necesariamente te hace vomitar o te provoca una diarrea fulminante. Es lo que se conoce como “la purga” de la planta. Ahí es donde empiezas a expulsar tus demonios, ahí es donde sacas todo lo malo que ya no necesitas en tu ser. Todo lo que te detiene, todo lo que no te deja crecer ahí se va. Tus barreras, tus miedos, tus limitaciones, tus apegos.
Pero, además de los sonidos de las arcadas, la noche también se empezó a llenar de risas, suspiros, pedos, eructos y gemidos de asombro y placer.
Comenzó la música. Una especie de rezo a dos voces con percusiones, panderos y guitarras acústicas inundaron el espacio donde estábamos y yo con los ojos cerrados me fusioné con la melodía. No hay otra manera de explicarlo. Las notas y yo éramos uno solo y yo flotaba alrededor de ellas. Era un sentimiento, nunca me vi flotando entre notas musicales multicolores, ni las vi convertirse en redes fractales, pero estoy seguro de que acariciaban mi cuerpo y se metían por cada uno de mis poros haciendo sentir un placer indescriptible. Trataba de no caer dormido. El guía nos había explicado amablemente que aquí habíamos venido a estar en la ceremonia, no a dormir, así que cada vez que sentía que estaba a punto de vencerme el sueño, abría los ojos de manera abrupta y me encontraba de nuevo en ese salón, alerta, rodeado de música y aderezado de efectos especiales de gente vomitando, pedorreándose, riendo o disfrutando de su viaje interno.
Antes de tomar por primera vez, crucé algunas palabras con el chamán de Nuevo México y me dijo “el único consejo que te doy es que si las cosas se ponen feas, regreses a tu respiración. Respira profundo para que vuelvas a tu centro y te mantengas calmado”.
Comento esto porque inmediatamente después de que acabaran un par de canciones, el cuerpo me empezó a temblar de manera incontrolable. Exactamente como si tuviera 40 grados de temperatura o más. Durante más tiempo del que hubiese querido, tuve unas convulsiones febriles espantosas y no había nada que pudiera quitármelas. Me tapé con las dos cobijas que llevaba y parecía como si no me hubiera puesto absolutamente nada. Tenía un frío brutal y el tiempo pasaba y yo seguía temblando y el tiempo pasaba y yo seguía temblando. De pronto una canción llamaba mi atención y me olvidaba por un minuto de ellos escalofríos pero cuando sentía que me iba a dormir, volvía a mi estado de alerta y por supuesto a seguir temblando.
Otra de las recomendaciones que nos hizo el guía antes de empezar fue que le pidiéramos a la abuela (así le dicen de cariño a la ayahuasca) que nos tratara con dulzura y amor, que todo lo que nos mostrara lo hiciera de manera dulce y tranquila, porque se sabe que muchas experiencias con esta planta de poder suelen ser a veces muy agresivas.
Recordé esta recomendación cuando ya no aguantaba más la temblorina y empecé a pedirle a la abuela que me tratara bien, que me tratara con dulzura y poco a poco los espasmos se hicieron menores.
Tuve unos segundos de paz y antes de que mis músculos se pudieran recuperar de los temblores, todo el cuerpo se me empezó a dormir. Brazos, piernas, dedos, pelo. Sentía un hormigueo brutal y no tenía ninguna capacidad de moverme. Se me congeló la región occipital del cráneo y claramente sentía como la escarcha iba recorriendo lentamente desde la conexión con la columna vertebral, hasta el hueso frontal.
“Trátame bien abuela” “trátame con dulzura”
Y durante otra hora o más, regresaron los temblores de nuevo. Estaba tirado en el suelo, cubierto con un par de cobijas como si fuera una momia, muriéndome de frío, sin poder moverme ni poder contrarrestar este sentimiento.
Y regresó la música. Y regresó el sentimiento maravilloso de ser levantado por ella a la estratósfera y de pronto, blackout.
Me regresó al aquí y al ahora un manojo de sonidos que escuchaba como si los tuviera a un milímetro de mi oído. Escuchaba el crujir de la madera, la respiración de la persona que estaba junto a mí y los pasos del guía que me preguntaba “cómo vas?”
-Pues creo que bien, aunque tengo mucho frío y no sé si ya me hizo efecto.
-Si crees que todavía no te ha hecho efecto es porque no te ha hecho efecto.
¿Y cómo sé si debo tomar un poco más? – desde hacía media hora que el guía nos había dicho que a partir de ese momento, los que quisieran profundizar un poco más la experiencia, podrían acercarse a pedir un poco más de medicina-.
Pregúntale a tu cuerpo, él te va a decir.
“Por supuesto que no quiero más de esa mierda” – fue lo que mi cuerpo me dijo cuando le pregunté.
Pero, a eso de la una de la mañana, yo lo único que sentía era un sueño tremendo y definí que tenía dos opciones: una, mandaba a todos a la mierda y me iba a dormir privándome del resto de la experiencia o dos, le volvía a preguntar a mi cuerpo si intentábamos de nuevo. Total, “ya estábamos ahí”.
Mi cuerpo aceptó la propuesta dos y entonces me acerqué al guía y brindamos “por la vida” con mi segunda toma.
A los pocos minutos el proceso de las diez de la noche volvió a repetirse: escalofríos potentísimos, adormecimiento general del cuerpo, congelamiento del cráneo y del cerebro y una exacerbación del sentido del oído con respecto a los sonidos de alrededor y de la música que nos acompañaba. Solo que esta vez se agregaron un par de cosas: una especie de slideshow de miles de fotogramas de mi vida se aparecieron en mi cerebro. Corrían a mil kilómetros por hora y era casi imposible identificar cada una de las imágenes.
-Muestrámelo más despacio abuelita, no entiendo.
El slideshow seguía corriendo de manera frenética en mi cabeza.
-Muéstrámelo más despacio abuelita, no comprendo qué es lo que me quieres decir.
O la abuelita es sorda, o simplemente le vale pito lo que le pido porque nunca bajó la velocidad. Era imposible entender las imágenes. Era claro que se trataba de mi vida, pero no tenía ni idea de qué significaba cada foto.
Y de pronto me inundó una sensación de terror. De que algo malo estaba pasando. De que en las imágenes había algo terrible. Solo era la sensación porque no alcanzaba a distinguir de manera visual qué era exactamente.
“Regresa a tu respiración”, “regresa a tu respiración”
Las palabras que había hablado con el chamán de Nuevo México me hacían todo el sentido en este momento. Respiré profundo. Adentro, afuera. Inhala, exhala. Adentro, afuera. Inhala, exhala y así, la sensación de tragedia se iba disolviendo para darle entrada a la cascada de imágenes indescifrables de mi vida que se iban intercalando con la música y se convertían en un loop del que era muy difícil salir.
“Respira profundo” “respira profundo”.
Y justo a dos milímetros de mi oído escucho un ruido que me saca del loop y me hace abrir los ojos súbitamente solo para descubrir que a mis pies está la silueta de un gigante. Solo distingo la silueta pero tiene hombros anchos y cabeza potente. Siento que mi respiración se detiene. Me escucho el latir del corazón. Pum, pum, pum. El gigante me da la espalda y no se ha percatado de mi presencia pero está ahí y se está acuclillando a mis pies.
Vuelvo a sobresaltarme y ahí me doy cuenta que no es ningún gigante, que es el guey que ha estado junto a mí durante toda la ceremonia pero el efecto de la medicina le ha provocado que quiera pararse varias veces y estirarse justo frente a mí. Sobra decir el pedo que me saca y que en cuanto me doy cuenta que solo es este guey, regresa a mí la cordura y la calma y pienso “no mames, qué pinche susto”. Me relajo y la música me vuelve a atrapar y vuelvo a cerrar los ojos para seguir mezclándome con la melodía pero ahora esa melodía tiene sonidos huecos y gruñidos. Pienso que otra vez es el gigante que hace esos ruidos pero ahora siento ese sonido en mis entrañas. ¿Recuerdan que les había dicho que la salida natural de la pócima era en forma de vómito o diarrea? Como hasta ahora no había vomitado, yo pensé que iba a ser “uno de esos suertudos que no vomitan” y sí, nunca vomité, a mí me tocó la otra forma de purga, gracias.
Era irremediable que debía correr al baño. En-ese-momento. Afortunadamente, había guardado toda mi energía por haber estar acostado durante toda la ceremonia así que pude levantarme rápido y salir disparado. El caminar hacia el baño fue una especie de peregrinación en cámara lenta en donde veía como mis brazos se repetían en cada vaivén que daban. Veía mis manos repetirse mil veces. Pero mi concentración y mi atención no debían estar en la multiplicidad de mis extremidades sino en mis intestinos. Así que hice lo que debía hacer y regresé al círculo de contención.
Me volví a acostar. Se volvió a aparecer el gigante. Volví a escuchar los sonidos de mis entrañas. Volví a correr a desalojar todo lo que le hacía daño a mi alma. Esto se repitió 4 veces más.
Regresé a acostarme justo en el momento que estaba empezando el segundo ritual: La ofrenda Andina a la que ya no puse atención porque físicamente estaba hecho un guiñapo. Lo único que pude escuchar fue:
“Ahora les vamos a dar a probar esta medicina ancestral. Son unas gotas que se ponen en los ojos y que les van a hacer la visión mucho más clara, van a ver todo mucho más nítido y eso les va a enaltecer la experiencia”.
A esas alturas de la noche ya estaba tan inmerso que pensé “qué más puede pasar” chinguesumadre, que me las pongan.
“Arden un poco, pero no te concentres en el dolor sino en la luz que te va dar cada una de las gotas para que tu experiencia sea más nítida” – me dijo la ayudante del guía mientras dejaba caer el líquido sobre mi retina.
¡Laputamadrequeteparióhijadelachingada! eso fue lo que pensé por que nos habían dicho que no podíamos hablar durante toda la ceremonia. ¡La recontra puta madre que te mil mierdas parió!
El ardor que tenía en ese momento era como si me hubieran untado catorce mil chiles habaneros en las pupilas. Me daban ganas de arrancarme los ojos. Me voy a quedar ciego, me lleva la chingada, me voy a quedar ciego. Y el ardor no se me quitaba y lejos de “ver mejor” el ardor me obligaba a apretar los ojos y esto solo hacía que me ardieran más. Litros de lágrimas salían de mis ojos y yo solo me los tapaba con las palmas de las manos. Lo único bueno fue que el ardor era tan intenso, que todos mis sentidos se enfocaron solo en eso: en el ardor. Diarrea olvidada, entumecimiento olvidado, frío olvidado.
Terminó el ardor y al menos yo, no sentí ninguna diferencia en mi visión.
Creo que ahí fue cuando mi cuerpo se rindió por completo. Me volví a recostar y al parecer me quedé dormido porque no recuerdo haber escuchado que nos llamaran para reunirnos al centro del salón y ser parte de la última ofrenda. La especial. La budista. Abrí los ojos justo para escuchar las intenciones de la ofrenda y el desarrollo de la misma. Los veía desde mi lugar en posición fetal, completamente destruido.
¡Un escorpión!
Fue el grito que espetó el guía a mitad de la ceremonia y vi como todos se incorporaban cada uno a su propio torpe ritmo.
¡No mames, qué loco!
Bueno, es la primera vez que me pasa, de alguna manera se tenía que manifestar nuestro maestro del himalaya.
¡Woooooow! Qué honor haber presenciado esto!
Aquí fue cuando me dí cuenta que ya no tenía ningún efecto de la medicina encima porque estuve a punto de gritarles a todos que sí, una opción era que el maestro budista se había materializado y había salido de la ofrenda en forma de escorpión, o que estábamos a unos pasos de un jardín de 400 metros y que probablemente, solo probablemente se habría podido meter un puto alacrán buscando el calor de las velas, el olor del copal y aprovechando que estábamos en la puta penumbra y que más valía que buscáramos a la parejita del arácnido para que no nos fuera a picar y nos fuera a mandar al hospital PERO, me callé el hocico y no dije absolutamente nada, en parte porque qué hueva ser el escéptico del grupo y en parte porque yo había aceptado inbuirme en la experiencia al 100% y aceptarla con respeto y humildad so…
Dieron las siete de la mañana, hicimos una fogata en el jardín para quemar todas la intenciones de la ofrenda budista y recibir una última limpia de nuestro guía.
Podemos ir en paz. La ceremonia ha terminado.
Y sí. Me fui muy en paz. En el camino a casa ni siquiera pude prender el radio del coche. Todo era demasiado ruidoso para mí. Me sentía flotando. Con una tranquilidad indescriptible. Mi esposa me dijo que mee veía lento. Yo me sentía perfectamente, sereno, imperturbable.
Al día siguiente sentía que me moría. Me quise levantar pero no pude. De hecho tenía un dolor tan intenso por todo el cuerpo que lo único que pude hacer fue tomarme dos tylenols de un gramo y regresarme a dormir. Nunca me había sentido tan mal, con tan poca energía, con tan pocas ganas de moverme, de respirar, de vivir. Era como si me hubiera aventado 10 rounds con el canelo. Ese día dormí 16 horas.
Hoy puedo decir que ya estoy bien. Que ya soy Luis. Que me resetearon el Windows, que ya regresó todo a la normalidad y que mi experiencia con la abuela ha sido muy pero muy fuerte.
Puedo afirmar que lo que me tocó fue mucho más físico que espiritual. De hecho, me atrevo a decir que no tuvo nada de espiritual. Lo poco que tuvo de lindo y ensoñador, fue meramente sensorial.
Si me preguntaran ¿lo recomiendas? Respondería “si te va a tocar una experiencia como la mía, no. Pero quién sabe, cada cabeza es un mundo y tal vez a ti te paso algo maravilloso e iluminador”.
Los que saben afirman que “lo que me pasó es justo lo que la abuela sabía que necesitaba”. Yo digo que, con todo respeto a la abuela y a todos aquellos fieles que la consultan, cualquier cosa puede ser “el designio de la planta”. Así como la materialización del escorpión. Pudo meterse un gato, un pájaro o una mantis religiosa, TODO hubiera sido una justificación de la medicina.
No fue una experiencia reveladora, no encontré nada nuevo, no es algo que me cambió la vida: repito, hasta hoy. Tal vez en el tiempo esas imágenes se esclarezcan y tenga una mejor idea de algo que debiera mejorar como persona.
En todo caso es algo que ya no me van a contar. Es algo que ya hice y les firmo, es algo que no vuelvo a hacer.
Feliz jueves tengan todos.















