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Playa Rosada, Lajas, Puerto Rico by Edwin Alexis Zambrana on Instagram
Otra vez veterinario
Seguimos costeando rumbo al sur, levantamos a unas chicas argentinas que andaban haciendo dedo y fuimos con ellas hasta Ayangue. Una pequeña bahía de mar planchado, pueblo de pescadores, que recibía mucho turismo por el día. Llegamos con hambre y encontramos un puestito de corviche, comida típica de la costa, del tamaño de una empanada, hecha de plátano verde y rellena de albacora, un pescado que abunda en estas costas. Los que hacia esta señora eran deliciosos, y solo cuestan 50 centavos! Nos hicimos clientes asiduos y pegamos buena onda, un día nos paso a visitar con la familia y compartimos un atardecer charlando de todo un poco.
A un lado de la playa había un mirador muy lindo! Y un poco más allá estaba Playa Rosada, que fuimos a visitarla en bici.
Chanchi seguía pareciendo un alien y no la notábamos de muy buen ánimo. Además veníamos pensando en operarla, para sacarle una bola de grasa que tiene en la panza. Nos recomendaron que fuéramos a Salinas, una ciudad costera muy concurrida por los guayaquileños. Donde decían podíamos encontrar buenos veterinarios y también vender como para costearlo. Así que para ahí nos fuimos, sin muchas ganas de ciudad, pero a veces toca sacrificarse.
La playa estaba dividida en dos, una popular y otra llena de edificios de lujo. Estas torres tenían pileta y servicio de carpas, y en general la gente estaba con mucama y niñera, todo muy paquete. El agua era linda para nadar, casi sin olas, pero tanto cemento atrás opacaba el paisaje. Lo bueno era que estacionamos en una plaza donde habían baños públicos, gratuitos, y nos engancharon un alargue del poste de luz. Nos decían que en algún momento hubieron ahí más de 15 combis! La gente del lugar súper amable, y la cuadra era muy tranquila. Así que aprovechamos y montamos nuestro taller de costura, esta vez en la vereda! Encontramos en La libertad, el pueblo de al lado, una veterinaria súper buena onda que nos dio un tratamiento con el que enseguida empezó a mejorar la gorda. Lo malo es que no podíamos meterla al mar, así que le toco solamente disfrutar de los paseitos por el parque y alrededores.
Nosotros compensábamos tanto sacrificio de ciudad y trabajo, con unas ricas comidas en el mercado, unas cervecitas en la tarde y unas escapadas de paseo por los alrededores. Probamos el encebollado, plato típico del desayuno costeño. Algo así como una sopa con pescado que se acompaña con chifles (platanitos verdes fritos).
Pasamos ahí el cumple de Eli, con un paseo en bici por La chocolatera y la lobería. Dos miradores muy lindos unidos por un senderito de lujo. El último estaba lleno de lobos marinos bastante lastimados que venían heridos de las costas peruanas a recuperarse para volver a conquistar su harén que habían perdido en alguna pelea.
La playa estaba plagada de vendedores ambulantes de todo tipo, viajeros como nosotros y otros locales que formaban parte de cooperativas. Esto nos llamo la atención, en vez de ver familias trabajando para vender su corviche o empanadas, acá se veían todos los vendedores con uniforme, las mismas conservadores y la misma comida, mas cara, porque ya no eran ellos quienes la producían, la cadena de comercio se agrando y así el consumidor final pagaba para que ganen todos. Lo que más se vendían eran los bollos, una comida envuelta en hoja de plátano parecida a un tamal, rellena también de albacora. Como nosotros también éramos “comerciantes” según nos decían, nos hacían descuento.
Recorriendo la feria para ofrecer nuestras piedras, nos encontramos a Gaby, una viajera que habíamos conocido en Panamá. Con ella y Juan, su novio, compartimos mates y charlas.
Pasamos un par de semanas, esperando que Chanchi se terminara de recuperar para seguir viaje. La operación la descartamos por el momento, después de tanto antibiótico ya no estaba para intervención, además la veterinaria nos recomendó dejarlo así mientras no moleste, teniendo en cuenta que ya es un paciente geriátrico.