Son cuatro ojos
Tomo tu mandíbula,
la despego de mi boca – es necesario corroborar-.
Vibran las arterias que desembocan
en mis yemas.
Tirita la ingle tiemblan los cerros.
Imperativo tomar aire:
Pisadas titubeantes en el oscurito,
recorrido táctil por nuestros circuitos individuales.
Estamos en la oscuridad de nuestros sueños,
entre viejas herramientas y
jazz improvisado a lo lejos.
Vuelvo a reconocer tu quijada:
mis pelos de durazno acarician tu tez.
Ósculos de cíclope a oscuras
Sumidos en una misma inhalación. Suspiros
que se convierten en bocanadas de pasmo.
Espasmos que pertenecen a una red inaudita.
Volver al búnker es viajar
al centro de una tierra
atemporal
Un escenario teñido de espacio-tiempo fosilizado.
Abundan
botellas vacías y colillas exhaustas,
cuerpos arropados en Pisco Capel.
Pertenecemos a un público absorto
productores del silencio
contemplativo.
Parecemos la fotografía
de una generación subterránea
que nunca existió
primera plana de una prensa fantasma.
Arpegios palpitan dentro de la trinchera, y los espectros
suspiran al unísono –no vuelan siquiera las moscas-.
Observo entonces tus réplicas, agitación de
calentura y admiración.
Cobra así sentido el bajar a lo hondo de la tierra
al núcleo del sur poniente,
al sur del mundo:
me besan tus ojos a lo lejos
y a mí me tirita el útero,
búnker personal de mis sueños.














