Suponiendo el genio que marcaba la reputación de Elizabeth con el pasar de los años lo más probable era rechazar de buena gana la cordial invitación que recibió directamente al correo no deseado sobre un reencuentro de su generación después de una década sin saber qué les había deparado el destino. Su maldito error fue haber dejado la sesión abierta en el computador de Raven, quien de paso le avisó a Bonnie y fueron nada menos que sus hermanas quienes la obligaron a despojarse de la sombra poco social que traía adherida a ella desde su egreso. "Esto es innecesario, hay demasiada gente que no quiero ver, las odiaré eternamente", refunfuñó desde su habitación con el altavoz puesto. El listado no era tan largo, una ex mejor amiga, un grupo de populares que detestaba en sus años mozos y su ex novio, aunque luego de él había pasado otro más, pero el primer amor dicen que nunca se olvida. Qué detalle.
Había cambiado bastante desde su adolescencia. Ahora era una mujer menos ingenua, más fría y sin intenciones de engañarse por un tercero. La sensibilidad que solía traer consigo estaba escondida en algún oscuro y pequeño recoveco de su alma; áspera como una lija. Saludó sin mostrarse entusiasmada a pesar de los calurosos abrazos que recibió, razón suficiente para torcer el labio y apenas tocar las espaldas ajenas con la yema de los dedos. Fingió que la conversación por mensajería instantánea era más interesante que mantener una real. Hablar del sueldo, los hijos y los planes próximos no era lo suyo. Bebió un trago de vino blanco dando un resoplido alarmante que determinaron sus ganas de elevar la mirada para recibir de primer plano su figura. «Esto no puede estar sucediendo, uh», pestañeó con fuerza y se puso de pie disimuladamente para escapar a todo lo que daba. No iba a mentir, la mera idea de dirigirle la palabra se transformaba en una tentación, pero no era el momento ni el lugar.