Y que nadie lo niegue; aquel festejo se levantaba sobre las ruinas de la desgracia y la tragedia, un festín para griegos, amantes de la sangre derramada y fieles creyentes de la vida naciendo de la guerra, de la muerte, el vino que hoy usaban para brindar ayer era vitalidad yéndose por las piedras peligrosas de aquella montaña del diablo, las risas que hoy soltaban ayer eran lágrimas en estado de pánico, el baile que hoy realizaban ayer eran pasos torpes y temblorosos por querer volver el tiempo atrás y no ser culpable, culpable como ella, que parecía un pez sacado del agua. Sólo se atrevió a dejarles una humilde rosa roja en la tumba de cada una y coserse la boca, ni siquiera podía pedirles perdón, pero la vida seguía, el gozaba por ejemplo de un amorío lascivo y de noches llenas de ímpetu y juventud, de salud, se daba el lujo de respirar, esa noche no sólo había arrancado de la vida a dos muchachitas adoradas por multitud, también había dejado en la línea del peligro a más de uno, los había marcado y cuando se miraban, sabían que nada era igual, que algo tóxico contaminaba cada mirada, algo que no se distinguía a menos que también lo portes.
Se terminó la cerveza, como se sabía, era de gusto sencillo en el inicio de la noche, si había que ponerle más intensidad después le entraba a bebidas con mas grado de alcohol lo hacía y, en ese momento, juró querer quemarse la garganta con lo más fuerte de la casa: la creía bien enterrada, sólo un vestigio de lo peor y lo mejor de su pasado, pero no, más viva que nunca salía de las cenizas sólo para recordarle lo infeliz que era— Keira… —habían cosas que no cambiaban, el muy atrevido todavía se creía en el derecho de pronunciar así su nombre, como lo hacía cuando advertía que estaba en la línea de pasarse, de romper las reglas y cometer un error, lo arrastró y notó lo mucho que había extrañado simplemente decirlo. “Y yo no sabía que los celos te volvían una lunática, Keira.”, ah, la rubia tenía lengua rápida y respuestas igual de directas, sin darse cuenta la había soltado, como aquel que suelta a una fiera para no hacerse cargo de los destrozos— Raquel, no. —frío como el hielo en los vasos de coñac, le miró con una negativa de por medio, lo último que quería ahí era ser protagonista de un circo. Al escucharlo, sus cejas se enarcaron con una expresión que, con tranquilidad, dejaba que la indiferencia y la burla vivieran en paz y gran combinación
¿Y tú quién eres?, digo, en un momento creí que eras el primo, aunque no llegué a conocerte… —se rascó el puente de la nariz, en tono casual—, pero vaya, ¿son pareja?, qué cosas… —negó ahora, ladeando lentamente una sonrisa igual de filosa que la mirada de la morena— Mira, consejo pequeño: ten un poquito de respeto e intenta quizá no parecer la mascota de tu novia, ¿huh?, después charlamos… —humedeciéndose el labio superior, le dio una ligera palmadita al hombro, como ese padre que le acaba de esclarecer la vida a su adolescente en plena pubertad, su atención finalmente se enfocó en ella, bajando suavemente su tono de voz— No era necesario. —dijo sin mucho más, hablaban el mismo idioma y era el más peligroso de todos: el directo, sin tapujos ni vueltas, el que se clavaba y removía las heridas. Finalmente suspiró, como si le sacaran un cadáver de encima, ¡ja, qué ironía!— Voy a buscarme algo más fuerte, con permiso. —el rubio hizo lo que mejor sabía hacer: sacarse la soga de cuello y vivir diez segundos más con el susurro de la perdición carcomiéndole la oreja, desligándose de aquel cuadrado, fue directo a una de las tantas barras—, de paso saludo un poco a los conocidos. —susurró para sí mismo. Sí, lo hizo, cayó fuerte en la tentación y, antes de caminar, tuvo que mirarla, sólo por unos segundos se dio el placer de caer sobre sus ojos, de invitarla en silencio.
La culpabilidad le consumió cada célula ósea alrededor de uno o dos meses; había sido parte de un desgraciado complot para humillar a una de las hermanas, sin duda alguna la presa más débil siempre era objetivo de los fanfarrones y aquella noche volvían a reunirse los malditos asesinos encubiertos que derramaron lágrimas sobre los féretros como si no hubiesen querido que tamaña tragedia ocurriese de acuerdo a los diferentes motivos tras un malévolo plan. Sí, el fin jamás fue conducirlas a una muerte o desaparición súbita, pero tampoco reclamaban pura inocencia impuesta por una jugarreta que hallaría el modo de esfumarse entre risas y no gritos de espanto. La morena optó por el camino del silencio, el aislamiento y la concentración en su propia vida en vez de escarbar en mierda ajena; ¿Las extrañaba? Sí, uno de sus pasatiempos favoritos fue observar el loco enamoramiento de Hannah con, en ese entonces, su novio Hesketh. Pobre ingenua y arrastrada mujer que anhelaba conquistar el corazón de un sujeto que solo carcajeaba tras el vergonzoso hecho; era la escena graciosa que quebraba las reglas de su cotidianidad. Que conste que no eran razones suficientes para querer desenterrar sus roídos huesos y alimentar a las alimañas más próximas a la cabaña, ¡Hannah era adorable! Tan adorable que Keira hubo sido la encargada de planear el pésimo susto, tren conductor al infierno mismo. Su sangre ponzoñosa era capaz de transformarla en una amenaza para cualquier mortal que quisiese arruinarle la vida y Hesketh se había salvado por un gramo menos de odio. Fue durante su mirada fulminante que oyó la voz contraria pronunciar su nombre de tal manera que una breve y maliciosa sonrisa se dibujó sobre su mentón. ¿Cuántas veces había cruzado los dedos por deleitarse aunque fuese con aquel grave tono de advertencia? Pero la intrusa volvió a intervenir como el insecto en el oído que era de pies a cabeza. “Sí, qué terrible son los celos, querida”, murmuró emblanqueciendo las pupilas al descubrir el poco contenido cerebral que se alojaba en el cráneo de la rubia. Por supuesto el adorno que traía del brazo abrió la boca, dirigiéndose al hombre en cuestión y logrando encender su lado amargo de inmediato. Lo disfrutaba, tanto como había disfrutado poner en marcha la broma piadosa. “¿Y ustedes que no eran hermanos?”, exclamó la morena con acidez entretanto su dedo índice los apuntaba a ambos.
Retrajo los antebrazos observando a su reemplazo dar media vuelta en busca de la puerta o la ventana más próxima a ellos. Hundió su espalda con los brazos en cruz analizando los movimientos del rubio con los ojos entrecerrados para evitar captar la atención de su nueva presa. “Amor, ¿Por qué no vas a dejar nuestras cosas arriba? ¡Ah! La última vez había un baño con agua caliente y esas cosas relajantes, ¿No crees que estás un poco tenso?”, frunció el ceño esperando que tomase su consejo para dirigirse cuanto antes al bar. « ¿No crees que es demasiado descaro ir a darme un baño mientras todos conmemoran a…? ». Bastó su mediana pregunta para darle un suave empujón y morderle el labio inferior entre risas. “Ve, a nadie le importa, ya ves esos están intentando invocar a los indios de la montaña”, susurró manoseando la victoria con suma facilidad. El tipo era tan sumiso que aceptaba todo con tal de mantener su rol vigente.
Lo vio escabullirse por la escalera y caminó arrastrando los pies no sin antes burlarse del resto, quienes encendían unas velas alrededor de la tabla. Depositó la mano sobre el borde de la mesa y buscó el whisky con la diestra libre entre las botellas. “¿Por qué no le enseñas a esa mocosa a cerrar la boca? Un poco de respeto no estaría mal”, vertió lo suficiente sobre un vaso pequeño, “Además, vez que me encuentra es como si se fuese a tragar tu cabeza Hesketh, yo entiendo que la inseguridad la esté matando, porque hay una notoria diferencia entre nosotras, pero nadie quiere arruinarle la luna de miel”, concluyó tragando el contenido con la nariz arrugada y la garganta ardiendo en llamas.