Había detalles que no podía sacarme de la cabeza. El cambio de lente con el cual mirar el planeta entero, la School of Arts de Burslem, el tacto de la Srta Peine, su aparición en esta etapa tan confusa de mi vida, el sinsabor que me dejaba cada fin de jornada en este nuevo empleo. Todo eso se configuraba en versos en mi cabeza. No en preocupaciones, no en inseguridades, no en deseos reprimidos: en versos. El Soneto 98 de Shakespeare, por ejemplo, me robaba en ese momento, muchos suspiros. Esa sonoridad en su segundo verso: “When proud pied April...” ¡Qué genialidad! ¡Qué música! Puo-pai-eipi. Puo-Pai-Eipi. Impresionante. No tenía la menor idea de lo que significaba. Por supuesto que había leído el soneto traducido al español, pero no me molesté en compararlas. Cada vez que leía una traducción me parecía que eran mas las palabras del traductor que las del Bardo. ¡Esa historia, su nostalgia! Me sentía tan representado. Ahora viéndome de lejos me siento un pelotudo por haberme dejado seducir por esos versos. Pero en ese momento no me importaba, fueron mis primeros contactos con algo nuevo que me brotaba del pecho, y los amé, los amé casi con desenfreno. Quizás debería haber estado mirando videos del rival del próximo fin de semana, no recuerdo cuál tocaba. Pero no me importaba nada que no fuera la excelsa pluma de William Shakespeare. Ese remordimiento irremediable del amante que se pasea por los pasillos abandonados y derruidos de un amor que fue destino ultrajado por el infortunio. Oh, calamitosa existencia la del verdugo impiadoso, que persevera en la tarea tan insensata como infructuosa, de esterilizar las hierbas de amoríos nuevos, nacidos de la ignominia de creerse eternos en la pluma del alguien, cuando la única pluma cargada de tinta es la del olvido que nos corroe en silencio, eternamente.
Bueno. Digamos que la etapa en la que leía Shakespeare me dejó marcado de muchas maneras. Sobretodo si me pongo a recordar aquella noche en casa con Isabel Painache. Mi querida Señorita Peine. Cuántos poemas te escribí sin saber. Y cuántos me escribí a mi mismo.
Al día siguiente del partido en el que tuve mi charla familiar en el entretiempo (y parte del segundo tiempo) no tuvimos entrenamiento, como era costumbre en los planteles de fútbol profesional (por tradición). Esa noche recibiría una invitación bastante interesante. Estaba mirando en TV el partido del Arsenal contra el Watford, por la Premiere League, la primera división del fútbol inglés, en la cual el Port Vale nunca había jugado (y no pareciera que fuera a jugar en el corto o mediano plazo). Realmente dicho partido no me atraía tanto como lo hubiera hecho en otro momento, ya se imaginarán, pero había algo que sentía la necesidad de ver. Supongo que fue mas por costumbre que por un deseo auténtico. El Arsenal siempre había movido la pelota de una forma interesante. De la mano del imperenne Arsene Wenger, su histórico técnico, habían podido generar una idea que permanecería a lo largo de los años, y que sería perfeccionada. El Arsenal ya no era uno de los pesos pesados del fútbol europeo, pero si uno de los mas fuertes. A pesar de ello su juego era bueno. Aunque no compitiera en las máximas competencias como en otro tiempo, y no ganara campeonatos, su mecánica de juego era interesantísima. Un tratamiento de la pelota finísimo, buena circulación del juego, un funcionamiento compacto de los diez jugadores de campo. Muchos detalles que podría nombrar en varios renglones pero no es mi intención aburrirlos. Esos eran algunos de los motivos por los cuales el viejo Cristian veía al Arsenal inglés. Pero el nuevo Cristian lo veía quizás por costumbre, o quizás porque amaba el diseño de su camiseta, roja en el pecho y espalda, blanca en las mangas, o quizás porque quería volver a conectarse con aquello de lo cual parecía haberse despegado y que era su trabajo, lo que le daba de comer, y aunque temiera admitirlo, una de las pocas cosas que sabía hacer bien: Dirigir un equipo profesional de fútbol.
No era una noche en la que esperar algo fuera de lo común. Estaba en calzoncillos, tomando un vino inglés espectacular, sentado en el piso (me había dado cuenta que mi sillón tenía pulgas), y comiendo unos snacks ingleses que realmente no tenían sabor a nada mas que a sal. Lo que podía apreciar del partido en aquel entonces eran otros detalles. La necesidad que tenían las marcas de las remeras, mayormente Nike y Adidas, de hacer las casacas cada vez mas apretadas, para que así se destaquen a la vista los contornos de los cuerpos de los jugadores. También me fijé en la parsimonia con la que los relatores transmitían el partido. Probé con los tres relatores disponibles en el servicio de TV digital que tenía en el departamento, y los tres parecían estar anestesiados, dormidos, o aburridos. Daba la impresión de que estaban relatando un partido de bochas, o una carrera de gusanos. No entendía la mayoría de las cosas que decían, pero no me hacía falta. No tenían sangre. Me hubiera gustado mostrarles la forma de relatar de los relatores argentinos. Imaginé que se reirían, quizás, por la locura del relator sudamericano. Pero no hubieran podido negar que vivían los partido con pasión, quizás la que requiere su público, la que requiere el país, o la que requiere la empresa para la que trabajan, o el equipo que comentan, pero pasión al fin. Supuse que la forma en la que se vivía el fútbol en ambos países era diferente, como mi sillón y las butacas de un banco de suplentes: muy diferentes. Sentí la necesidad de tomar la birome y escribir unos versos sobre esto, pero no llegué a apoyar la tinta en el papel que sonó mi celular endemoniado, haciéndome pegar un salto similar al del otro día en la bañera. Salvo que esta vez no había arruinado nada.
─ ¿Cristian? ─ me nombraban del otro lado del telefono.
─ ¿Si? ─ me estiré para alcanzar el control remoto y bajar el volumen ─ Mierda… ─ pero perdí el equilibro y caí sobre la mesa ratona, soltando sin querer el teléfono que fue a caer bajo el mueble del TV.
─ ¿Hola? ─ decía alguien del otro lado, el alta voz se había activado sin querer, por esa mala costumbre de los altavoces de los celulares de activarse solos.
─ ¡Si, espere! ─ me estiré nuevamente, con dolor en mis costillas aun, para alcanzar el celular. Luego de un esfuerzo lo alcancé, soplé la pantalla lo cual resultó en un sonido ensordecedor para mi interlocutora, y atendí ─ Si, perdón, ¿Hola? ¿Isabel?
─ Me mataste… ¡Ay! Con ese ruido…
─ Perdón, es que se me cayó el teléfono ─ y reí con pudor disfrazado de picardía ─ ¿Cómo estás?
─ Bien, gracias. Te llamaba para ver si querías venir a comer a casa. Me quedé un poco preocupada por lo de ayer. Por supuesto fuera del trabajo, simplemente para charlar un poco. ¿Qué te parece?
Me impresionó. La sencillez con la que invita a otra persona a comer, a un hombre, con la sarta de estupidez que se pueden dar a pensar, con los tabúes, con los mandatos con.. con todo lo que una mente débil puede llegar a pensar. Lo hizo simple, y no me lo esperé. No me lo hubiera esperado ni en un millón de años.
─ ¿Hola? ─ insistió ante mi demora.
─ Si, si, perdón ─ pensar me tomaba mas tiempo del que yo creía ─ Eh... si, por supuesto. Me encantaría Srta. Peine. Me tendrías que pasar tu dirección ¿a qué hora paso?
─ Voy a pedir un par de pizzas para las 19 hs, así que cuando quieras. Ahora te mando la dirección por mensaje. No te vas a perder, acá en Burslem todo es cerca, je.
─ Genial, nos vemos, ¡gracias!
Colgué. Tomé el control remoto. Subí el volumen del televisor a casi el máximo. El relator inundaba todo el pequeño living. Grité. Recuerdo que grité algo como “¡Si! ¡La concha de tu madre!” Estirando la I de Si, y la E de Madre. Un grito que tenía cruzado desde mi llegada a Inglaterra, hacía un par de meses. Fue un desahogo. Aprovechando el volumen del TV seguí gritando cosas por el estilo. Insultos argentinos, todos, de esos que dejan una sensación de satisfacción. La garganta en la cena no me daba para mas. Luego de gritar comencé a saltar. Salté mirando al techo y con los ojos cerrados. Lamentablemente, en uno de los saltos perdí el equilibrio.
─ Emm, ¿cómo estas? ¿Te pasa algo que estas rengo? ─ me preguntó Isabel al abrir la puerta.
─ No, nada ─ contesté arremangandome la botamanga, dejando ver una tobillera ─ Me doblé nomas, cortando unos yuyos en casa.
Patético comienzo para una noche que no lo sería menos en su conjunto.
La casa de la señorita Peine era tan pequeña como la mía. Estaba mejor ubicada ya que estaba a pocos metros de una de las calles principales del centro de Burslem. Tenía las paredes en su mayoría blancas, y con diferentes texturas. Decorada, en definitiva, con buen gusto. La pared del hogar a leña tenía un tono celeste viejo, y había varias fotos de diferentes lugares del mundo, y muchas de buenos aires. En muchas de las fotos se la veía a ella con un par de niños, y luego un par de jóvenes de unos quince o dieciséis años. Presumiblemente los jóvenes alguna vez fueron esos mismos años. Este ambiente, a la derecha de la entrada, y con una ventana a la calle, no estaba para nada saturado de cosas, como si estaba mi casa, que no tenía ningun tipo de criterio estético, mas que el azar mas puro. Tenía una alfombra azul marino que inundaba toda esa sala y se interrumpía convenientemente al entrar en la cocina en la pared del fondo del estrecho living. Había un par de muebles bajos que no pasaban la altura de las rodillas, con discos y libros, y una mesita ratona en el centro de tres sillones donde ya nos esperaban un par de vasos.
Comenzamos hablando de trivialidades y fui yo el que dio el puntapie inicial, para mi propia sorpresa. Nunca había sido del todo habilidoso en romper el hielo pero en este caso sentía deseos de comenzar a hablar. Y de cualquier cosa. Saqué el tema de que todo es cerca en Busrlem, detalle que ella misma me había señalado en la corta llamada de hacia unas horas.
─ Es tan extraño todo aquí. Uno, acostumbrado a ciudades descomunalmente grandes como lo son varias argentinas. Allá las ciudades se chocan entre sí, en cambio acá, Burslem, parece que no crece, que siempre se queda pequeña, como un caniche. Es genial ─ Esperé que volviera de la cocina con las bebidas y continué ─ Hablar de centro de la ciudad o afueras, no es tan así en este tipo de ciudades; casi que todo está en el mismo lugar. Si uno sale demasiado de Burslem se encuentra con carreteras entre campos verdes, y enseguida entrando a otra pequeña ciudad. Casi un cuento de fantasía.
─ Una cubetera ─ Isabel, evidentemente, no pensaba lo mismo que yo ─ Dicen que si te alejas para tomar una foto de Burslem, entras en Smallthorne, o Middleport. Es un país cubetera. Cada cubito es una ciudad, y no pueden salirse del cubito.
Me pareció muy tierna la comparación y la forma en la que armaba un cubito con sus dos manos cada vez que decía la palabra. Su casa, ahora si, tenía el aire de una casa familiar que ya no lo es. Mientras tomábamos unos jugos me contó que tenía dos hijos, (los dos niños que seguramente ahora serían los dos adolescentes de las fotografías) que habían decidido hace varios años quedarse con el padre.
─ Y es lógico. Él tiene una residencia fija. Conmigo los pobres tenían que estar de acá para allá, todo el tiempo, y eso para un adolescente es intolerable. Un mes en Londres, otro mes en Nueva York, otro acá, otro allá. Donde el trabajo lo requiera. Y a veces ni un mes ─ y perdió su mirada entre los almohadones del sillón vacío ─ a veces dos semanas, un par de días. Un año ─ rio, divertida, y casi tira parte del contenido de su vaso.
Era una mujer rota. Es cierto, a esta altura de nuestro vínculo no la conocía en detalle, como sí lo haría mas adelante, pero de alguna forma me daba la impresión de conocerla en todos sus rincones. La miraba mientras me hablaba y a veces dejaba de escucharla porque prefería meterme en sus ojos y ver lo que tenían para decir. Y era mas valioso que lo que decían sus palabras. Era una mujer rota, y las miradas de soslayo, esa forma de acomodarse en el sillón, lentamente, y la delicadeza con la que trataba lo que sea que tuviera en sus manos, me lo confirmaban. No puede una persona falsear sus rasgos inconscientes. No puede actuar el cien por ciento del tiempo. Y ella no actuaba ni un segundo. Bueno, salvo cuando quería aparentar mas seriedad o entereza cuando algún tema la doblegaba, pero creo que es lo que hacemos todos en cierta medida. Había cierto pesar en su mirada cada vez que la dirigía hacia su zona próxima. Al mirar lejos, añoraba, y sus ojos se vidriaban. Al bajar la vista mirar cerca, entristecía. Porqué una mujer rota me cautivaba tanto. Quizás porque en el fondo tenía la convicción de que no estaba rota. De que estaba mas entera que yo. E incluso, quizás en el fondo tenía la convicción de que, habiendo ella vivido tiempos mucho peores, los había sobrellevado de forma altísima. Era una mujer rota, con un alma entera. Entonces era una mujer entera.
Entera o rota me había invitado a su casa y no era quién para juzgarla. Estuviera hecha pedazos o entera me había recibido en su casa. ¿y yo? ¿Estaba entero o estaba roto? Quizás había grises en la escala. En ese momento estaba roto y creo que mi mirada lo evidenciaba. Y me doy cuenta de algo ahora: nos encontramos por estar rotos. Ella rota por fuera, yo roto por dentro. No tengo todas las explicaciones aun; irán apareciendo.
La cuestión es que la charla siguió, pasó una hora o quizás mas, y las pizzas llegaron. Atendí yo porque ella estaba en el baño.
─ Yes?
─ Pizzas, Sir.
─ Ok, wait a sec─ fui a mi saco a buscar la billetera. Saqué algunos billetes. Abrí la puerta y el joven de casco tenía las dos pizzas en su mano derecha ─ here.
El muchacho miró los billetes mientras yo recibía las pizzas. Cuando estaba por cerrarle la puerta me dijo:
─ Wait. What’s this? ─ con una risita socarrona en el medio.
Miré los billetes que le había dado. Eran pesos argentinos.
─ Uh, qué boludo. Pará ─ le dije en español, sin darme cuenta.
─ ¿Boludou? ─ preguntó el chico ─ ¿me? ─ pensó que me dirigía a él.
Empezó a decirme cosas que no puedo repetir porque no las entendí, seguramente insultos por el tono que empleaba. Traté de explicarle que el “boludo” era para mi, no para él, pero no parecía calmarse. Intentaba sacarme las pizzas de la mano pero yo lo quería evitar, a la vez que miraba nuevamente mi billetera en busca de liras esterlinas. Le preguntaba cuánto era, porque no estaba seguro de llegar al valor (no tenía la menor idea de cuánto saldría una pizza en Burslem), pero el muchacho no me respondía, seguía obstinado en quitarme las pizzas.
─ ¡Cristian! ¿Qué pasa? ─ finalmente llegó Isabel, a contemplar el acto numero uno de la obra, llamado “si no paga la pizza, me la llevo”. Dio claridad, y me enamoré una vez mas. Si, estaba hecho un idiota.
─ Es que… ─ comencé a explicar mientras el tipo me invadía con sus brazos queriendo quitarme las pizzas ─ Le di pesos argentinos, sin querer, y me quiere quitar las pizzas porque piensa que no tengo dinero ─ el muchacho desistió y se dirigió a su moto a hablar por teléfono, seguramente al local.
─ ¡Wait, Febbe. Here! ─ le gritó mi traductora ─ yo tengo, dejá ─ me dijo mientras le llevaba un par de billetes.
El muchacho se tranquilizó, volvió a llamar para decir que estaba todo bien, supongo, y le dio el cambio a Isabel.
─ ¡Pero qué talento tenes para el drama! ─ tiró ella mientras entraba y cerraba la puerta sin llave.
─ Bueno, no podes decir que te aburrís ─ argumenté para caer parado ─ ademas el idioma sigue siendo un impedimento. Creo que no sé manejarme en un país donde nadie habla mi idioma.
─ Bueno, te vas a tener que poner las pilas ─ me apuraba ella desde la cocina, mientras retiraba un par de platos y un par de servilletas ─ porque el club no me va a tener eternamente al lado tuyo ─ Se sentó y el cabello le cubrió ambos hombros, como olas de un mar negro. Maldito poeta escondido ─ termino con esto ─ continuó ─ y me tengo que ir a Dubai.
La miré un poco consternado. Por supuesto, ella lo percibió. Rio.
─ ¡Si! Como lo escuchas. La empresa para la que trabajo se está llenando de plata con esta locura que hay de vínculos comerciales internacionales. Y si la cosa es entre españoles e ingleses, ahí esta Isabel Painhache.
─ Guau. Te hacen viajar en serio.
─ Y si ─ cortó las dos pizzas. Las dejó en la mesa ratona ─ ¿mas jugo?
─ Si, gracias ─ miré pensativo el vaso llenándose con el fluido de color intenso cayendo desde la botella ─ Voy a tener que sacar plata del cajero. Los billetes con la cara de Roca, o de Evita, o el puma verde, no me los van a aceptar mas ─ reí.
─ Y no. ¿Sos así con todo?
─ Em... ¿en qué sentido? ¿Distraído, o descuidado, o qué?
─ No sé, así como que… ─ miró al techo buscando la forma de decirlo ─ como que muchas cosas te importan muy poco ─ mordió un pedazo de pizza y agregó ─ o no te importan nada.
Pensé antes de contestar. Realmente no sabía la respuesta. Aproveché a morder la de anchoas. Estaba buenísima. Era la pizza que mas me gustaba de todo el mundo de las pizzas.
─ No sé. Puede que tenga los valores ¿cambiados? No sé ─ se empezaban a escuchar algunas voces afuera, lo que era bastante raro en Burslem ─ Tampoco tuviste las mejores primeras impresiones mías ─ dije sonriendo, con la picardía que me había servido tanto en otra epoca ─ El trance con la escuela, tu participación forzada en el entrenamiento, el periplo con los periodistas, la crisis del llamado…
─ Parecen capítulos de una novela esos nombres.
─¿Decís que mi vida es de novela? No creo, es una vida muy chata para que a alguien le interese leerla. Lo mío es mas la poesía.
─ Y el fútbol, ¿no? ─ Rio alegremente, como quién descubre un moco en la nariz del otro.
─ Bueno, claro. Creo que lo mío es el fútbol, pero no sé.
─ ¿Cómo no sabes? ─ abrió los ojos como platos. Era difícil para alguien entenderlo, incluso para ella. Me arrepentí de tocar el tema. Pero no tenía opción.
─ Claro. Sé que mi trabajo hoy es el fútbol, pero… ─ me incliné para tomar el vaso buscando ejemplificar de alguna forma ─ ¿nunca te pasó que quisiste volver a empezar en otra profesión o, si fuera posible, volver en el tiempo y dedicarte a otra cosa? ─ bebí analizando su rostro, y creo que algo toqué en su pasado.
─ Bueno, qué se yo. A mi me gusta mi trabajo ─ se acomodó ampulosamente en el sillón y cambió el canal del TV ─ Me gusta ayudar a que la gente se comunique. Pero puede ser que en algún momento empiece a gustarme otras cosas ─ perdió la mirada en la profundidad del queso de las pizzas ─ Los viajes cansan…
“y estar lejos de los hijos, también” pensé. Por suerte no lo dije.
─ ¿Y qué pensás que te va a empezar a gustar? ─ le pregunté, queriendo conocerla.
─ Qué pregunta rara ─ sonrió, y a pesar del orégano en su dentadura, me pareció brillante.
─ O qué te gustaría ser si no fueras traductora. Qué te hubiera gustado.
─ Me gustaba mucho bailar ─ el tono de su voz bajó muchísimo y sus ojos se vidriaron, pero no por un llanto inminente, sino mas como si sus ojos se apoyaran en un vidrio a mirar momentos detrás de una ventana. Momentos que añoran pero no pueden alcanzar, o eso creen.
─ ¡Bailar! ─ me sorprendí gratamente, me alegraba de poder ayudarla a despejar un poco su panorama ─ ¿Bailar qué?
─ Clásico. ─ levantó la mirada y me miró, y lo sentí como una declaración de identidad, como un plantar bandera que me encantó ─ Me encantaba, y siempre pienso en retomar.
─ ¿Y porqué no lo haces?
─ Por lo mismo que te contaba Cristian. Los viajes.
─ Ah, cierto.
─ Pero volvamos a vos y tu “Creo que lo mío es el fútbol” ─ su risa me hizo reír. Bueno, todo en ese momento me hacía sonreír.
─ Es… raro ─ en ese momento fui yo el que se acomodó en el sillón ─ Gran parte de mi vida me dediqué a esto. Primero como jugador en el Mercados, y después como técnico, ahí y en otro club. Cuando ascendimos me llegó la oferta de acá y no la pude negar. Era mi sueño ─ no pude evitar mirar hacía donde creía que venían las voces de la calle. Ella no lo escuchaba y no entendió mi movimiento ─Era mi sueño dirigir afuera. Y acá estoy. Mal o bien, lo estoy haciendo. Pero…
─ ¿Pero qué? ─ inclinándose hacia adelante, parecía interesada en mi disyuntiva ─ ¿Vas a renunciar, Cristian?
Tragué el pedazo de comida que tenía en la boca con dificultad ─ ¡No, no! ─ terminé de despejar mi cavidad bucal para hablar claramente y pregunté ─ ¿Siempre sos así?
─ ¿Así cómo? ¿Así de auténtica? ─ y se acomodó el pelo hacia atrás con un movimiento legendario.
─ Así de animada para preguntar ─ reímos ─ No pienso renunciar, no. Es mi trabajo y gano dinero haciendo lo que me gusta. Pero empiezo a darme cuenta de que el mundo del fútbol, en la finísima Inglaterra o en tierras sudamericanas, trae con él, en el combo, un montón de cosas que no me están gustando, o mejor dicho, que cada vez me gustan menos.
─ Ahora entiendo porqué te estás distrayendo tanto en los partidos ─ confesó mi interlocutora, tomándose la barbilla, en claro gesto de pensamiento.
─ No me gastes ─ dije con una sonrisa para edulcorar.
─ No, bueno, perdón ─ pareció contrariada en serio, y un leve color rojo subió a sus mejillas, sublime ─ pero, no me digas que no es una asociación fácil de hacer. Con esto que me decís y los videos. Tu actitud, Cristian. Perdón, pero en lo que una puede conocerte, lo que decís se nota ─ tomó un sorbo del vaso que tenía en la mano, vaciándolo y mirando el fondo como tratando de adivinar las palabras que diría a continuación ─ No soy muy fanática del fútbol, la verdad que me interesa bastante poco, pero a veces no me queda otra que aprender algunas cosas, por el trabajo. Pero a pesar de no saber mucho, sé que un entrenador no puede ausentarse cuando su equipo está en la cancha. ¿No? Eso fue raro ─ me miró, como temiendo hacerlo, quizás temiendo que su sola mirada me desarmara, por encontrarse diciendo lo que me estaba diciendo. Quizás temía el efecto que las palabras tuvieran en mi ─ Capaz que la llamada se podía hacer después, ¿no?
─ No ─ dije tajante. No la miraba. El “no” cayó a la tierra partiendo todo a la mitad ─ No, tenía que hacerlo en ese momento. Esos tiempos de las cosas, en este momento de mi vida, no se amoldan a los tiempos del mundo exterior.
─ Pero es tu trabajo, Cristian. Te pueden dejar sin trabajo por esas cosas. Aquí en Inglaterra no es como en Argentina. Acá hay multas.
Me puse en perspectiva. Me puso en perspectiva. Me puse en órbita. Me pondrían en órbita si no mejoraba mi responsabilidad. Pero me lo tenía que decir ella. No lo hubiera visto yo solo. Jamás. No pude soportar el bombardeo de conciencia en ese momento, porque los meteoritos que comenzaban a caer eran razones por las cuales estar equivocado. Era cada meteorito un terremoto y se superponían con la voz de la conciencia, que mas que voz era un coro de voces de Isabel y tantos mas, diciéndome que el mundo no se va a acomodar todas las veces que yo tuviera ganas de salirme de la cadena rutinaria, de la cual no soy el protagonista principal, sino que hay un set de actores de reparto que son protagonistas y afecto a la cadena rutinaria de esa otra gente, y para recluirse y hacer introspección estaban los momentos de intimidad. Pero ese día, en el entre tiempo, el partido favorable, la duda que me empujó contra un costado, en ese entretiempo no podía esperar, y los arranques de espontaneidad no los podía controlar. No era excusa. Esto ya me había pasado. El fuego caía del cielo y venían voces diciendo cosas en inglés, y creo que Isabel se puso de pie de un salto. Pero tenía que seguir mirándome en ese espejo de mil grietas donde me veo multiplicado, y donde las frases que dije estúpidamente en algún momento, creyendo conocerme, se me vuelven multiplicadas también. Y vi que Isabel abrió la puerta efusivamente y algo me dijo pero mi vista estaba clavada en el pasado tan pasado como inmediato, donde había un Cristian en la rebelión hormonal de un adolescente, diciendo que no podía esperar para sentarse a llorar donde sentía la necesidad de romper con los compromisos asumidos de forma voluntaria. Mirando al cenicero que devolvía la luz artificial en tantas micro-partes acompañadas de sombras. ¿Y si mi vida estaba en ese cenicero, donde el vidrio de mi cuerpo y mi alma reflejaban la luz de todos los días, acompañados de las sombras de mi interior, de los engaños de una mente que me hace creer que siempre hay un solo camino, y que hay que tomarlo, y que no se puede cambiar de camino, y que la bifurcación es el único momento para decidir? Los pasos que son hacia adelante no son equivocados. Pero eso lo sé ahora. Y el hombre-cenicero-de-vidrio estaba sentado en la punta de ese sillón, pero se sentía al borde de un abismo, del cuál se salvaría si seguía metiéndose hacia adentro, mas y mas. Mas voces se escuchaban pero no eran las de la conciencia, eran voces humanas que venían desde atrás. Podía ser posible también que el cenicero refleje nuevas luces. ¿La luz de la lírica de las letras, quizás? Quizás. Una luz anaranjada. Una luz con los colores que no eran los del club de Burslem, sino mas los de la naranja mecánica de los países bajos. Entonces el salto que tenía que dar ¿era tan grande? Mirando el cenicero sobre la tela de los manteles que sostenían las pizzas devoradas, los rebordes abandonados, pude llegar a no tambalearme con los terremotos de las voces-meteoritos, y negué el procedimiento. No debía resistirme al movimiento, debía moverme con él. Vibrar como la tierra que pisaba. Vibrar con lo que sea que moviera el piso. No con otra cosa. La poesía caía del cielo, encendida como el fuego. En llamas. Llamas anaranjadas, como el reflejo anaranjado del cenicero que es mi alma y mi cuerpo que devuelve esa luz acompañada de la sombra que se retira. Mi cuerpo reflejando; esa luz de fuego. Y al darme vuelta, atando cabos, pude ver que la luz anaranjada del cenicero era efectivamente de fuego: el edificio de enfrente estaba en llamas.