Gatos
No necesitan decirme “te amo”.
Nunca lo hicieron.
Y aún así, nunca dudé.
Mientras otros hablaban, prometían,
ellos simplemente estaban.
Mirándome, en silencio,
con esos ojazos de un negro color profundo como el carbón o ámbar como el sol.
No esperan nada.
No juzgan.
¿Cómo podrían?
Son torpes, sí,
ridículos a veces,
como niños que no saben del mundo
pero igual lo recorren entero
con sus patas pequeñas llenas de una insaciable curiosidad.
Caminando con esa delgada cola alzada con una confianza inigualable, como si la habitación les perteneciera.
Amarlos duele.
Porque crecen,
porque se van,
porque no duran lo suficiente.
Pero incluso así,
en cada caída, en cada juego absurdo,
nunca me cansaría de ellos.
Porque basta una mirada, un ronroneo, un maullido
para entender algo simple:
que no estoy sola.














