Highlands, Scotland.
Si le hubieran preguntado seis meses atrás si era feliz, lo hubiera dudado. Como toda persona, se habría tomado un momento para rascarse la barbilla y considerar las cosas buenas que la vida que vivía traía consigo, pero ahora… Ahora sabía la respuesta. Se le notaba en la cara y en el cuerpo, incluso en la voz.
Viserys no había perdido el control de la situación, pero Mo a veces sentía que había perdido el control de sí mismo. Aunque claro que, la mayor parte del tiempo, Mo olvidaba que Viserys era un demonio y que no tener el control de sí mismo era algo así como un requisito para entrar al club demoníaco, pero había algo raro sucediendo con él. Algo que Mike enseguida atribuyo a la presión. Como era sabido, Viserys era poderoso, pero no lo suficiente a comparación de los peces gordos. Recibía órdenes y las cumplía de la forma más competente que podía, lo cual para sorpresa de muchos, resultaba siendo a menudo.
No era tarea sencilla con los Lyon, y la cosa se complicaba cuando debía pasar tiempo con un niño calebita de 13 años, el cual obviamente requería paciencia, algo que Viserys no conocía ni poseía. Debía haberlo matado, pero era preferible matar dos pájaros más gordos de un tiro. Era cuestión de lógica y si Mo debía reconocer algo, reconocería que era una buena jugada. Sin embargo, no estaba seguro de que todo resultaría como lo planeado… Nunca era tan sencillo.
Para cuando Viserys hubo terminado la llamada, Thomas se había movido tanto y tan bruscamente, que Mo ya no pudo retenerlo. Salió corriento de su agarre directo al demonio, pero pareció chocarse una pared de energía invisible porque, a mitad de camino, se detuvo abruptamente.
—I’m gonna kill you —le prometió el niño.
Viserys se acercó a paso lento portando aquella sonrisa que parecía tener como fin burlarse de todos. Mo dio un paso hacia delante de forma instintiva, pero Mike le tomó el brazo, deteniéndolo.
—Ah, ¿sí?
—Lo juro —dijo Thomas entre dientes. —Lo juro por Dios, voy a matarte.
—¿Por Dios? —sus cejas se alzaron y su sonrisa se amplió. Thomas tragó saliva espesamente. —¿Y dónde está Dios exactamente ahora, niño? —sus ojos recorrieron la habitación. —¿Esta aquí? ¿Está con nosotros?
—Vete al infierno.
—Voy todos los fines de semanas, ¿seguro no quieres venir conmigo?
—Viserys —la voz de Maurice sonó ronca pero firme. Probablemente era la primera vez en su vida que le hacía frente no una, sino dos veces al día. Casi pudo sentir como el corazón de Mike se encogía y sus manos se preparaban para tomar inútilmente su arma. —Stop it.
—Or what? —el demonio se volteó. —¿Qué harás Mo?
—Leave it, son —murmuró Mike, tomando su brazo, pero Mo se zafó de su amarre y avanzo dos pasos.
—Sabes lo que puedo hacer, lo sabes.
—Lo que dices que puedes hacer —corrigió. —Lo que todos creen que puedes hacer.
—Puedo hacerlo —aseguró.
—Hazlo, entonces. Te reto a que lo hagas —los brazos de Viserys junto con su mentón se alzaron. —¡Hazlo! ¡Vamos! Mo podía sentirlo. A cada hora, a cada momento, podía sentir su esencia oscura y densa. Podía sentirla encresparse cuando se enojaba y flotar como en el agua calma cuando estaba tranquilo y confiado. Podía sentirla hirviendo, burbujeando en exaltación y cólera en aquel preciso momento.
Estaba enfadado, ¿y cómo no estarlo? Su humano, su mascota, aquel instrumento con el que contaba para sus futuras batallas a quien había usado alguna que otra vez como defensa contra los de su propia estirpe ahora estaba volteándose, poniéndose del lado ni más ni menos que de su enemigo. Y como si eso no fuera lo suficiente, era capaz de matarlo si se lo proponía. Tenía una de ventaja, sin embargo, y era simple: Mo era demasiado débil para hacerlo. Tenía mucho corazón, demasiada lealtad.
Solto una risilla entre dientes como si intentara decir “eso pensé”, pero aquella mueca no duro mucho tiempo. De repente y sin previo aviso, algo le golpeó el pecho.
El demonio frunció el ceño confundido y bajó la vista para descubrir de que se trataba. Habia un agujero a la altura de las costilla, justo al lado de su codo, y de ahí salía sangre negra. Muy poca para considerarlo normal.
Alzó la vista encontrándose con la cara boquiabierta de Mo, la de desesperación de Mike, y la de terror de Thomas, que con manos temblorosas sostenía la pistola que le había arrebatado de la cintura al cazador. Viserys no perdió el tiempo y con las fosas nazales bailando como las de un toro, se acercó a pasos agigantados. Thomas disparó una, dos, tres veces, antes de que la pistola se le resbalara de las manos y callera al piso.
Mike se interpuso en su paso, colocando una mano en el pecho del demonio, sintiendo la humedad de la sangre tibia manchándole.
—No —quiso sonar calmado, pero su voz fue más un grito que un murmuro. Un grito que pretendía servir como conector entre su enojo a la tierra. —No lo hagas. No. Tiraras todo el plan a la basura, maldita sea, todo en lo que hemos tr…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, la mano de Viserys se cerró contra su garganta con tanta fuerza que a Thomas, que se encontraba detrás, pareció huir crujir su tráquea.
—NO! —rugió Mo, abalanzándole contra Viserys. Este no se movió ni un centímetro, sus ojos fijos en los de Mike, sus nudillos blancos. —No! Please!
Paulatinamente, el agarre crecía con más presión, y a su vez el color del rostro de Mike se tornaba de rojo a violeta. Tanto Viserys como Mo podían sentir su vida desvaneciéndose, pero solo uno de ellos estaba realmente disfrutándolo. Se trataba de un momento de éxtasis, absorbiendo de forma inconsciente todas sus energías favoritas encerradas bajo el mismo techo, Viserys se sentía en un banquete luego de lo que suponía se sentía una larga dieta. Había tenido peones durante tanto tiempo que por había sentido como se sentía matar con sus propias manos.
Finalmente, Mike dejó de pelear y su cuerpo cayó al suelo pesadamente. A su lado, de rodillas, le siguió Mo. Lo tomó del rostro y lucho para ver a través de sus lágrimas, abofeteándolo con las manos temblorosas y repitiendo una y otra vez una sola palabra: su nombre.
Un mes atrás.
—Mike solía contarme historias cuando era pequeño —murmuró Mo. Estaba con los codos apoyados en la mesa y los ojos, azules y grandes, bailando en la comida. —Había una… Tal vez la conozcas. Era sobre un leñador que vivía en el bosque con su esposa y sus dos hijos. Ya no podía mantenerlos. Todas las noches se preguntaba qué sería de ellos y una noche la mujer le dice que tiene una idea; por la mañana llevarían a los niños al bosque y los dejarían allí. Los niños se despiertan, por el hambre, ¿sabes? Se despiertan y los oyen hablando.
Thomas arrugó el entrecejo, aun masticaba un trozo de patata frita.
—¿Qué clase de historia es esa?
—Una realista —replicó Mo, dibujando una sonrisa casi nostálgica mientras untaba la patata en el kétchup. —Verás… La entendí cuando crecí. Era la forma de Mike de decirme que no debo confiar en nadie. Que todos somos una carga sustituible.
Thomas rio.
—¿Qué no es Hansel y Gretel? Vaya forma de profundizarlo.
—Me dormía aterrado —continuó Mo, contagiado de la risa del niño. —Cuando lograba dormir, claro.
—Eres un nenazas.
—Tal vez, pero si conoces la historia sabes que Gretel salva el día. Mike me contaba esta historia y yo era un niño, no había ninguna Gretel… —se encogió de hombros y se llevó la patata a la boca. —Me lo advirtió, supongo. Siempre estuve jodido.
Thomas lo estudió en silencio pero finalmente habló.
—Mi mamá solía contarme esos cuentos cuando era pequeño —dijo. —Nunca me gustaron. Ahora me gustan menos.
Mo sonrió por la ironía. Si a un fanático de Dracula le presentaban a un vampiro, pensó, sucedería lo mismo.
—Todo es más sencillo en los cuentos, tío —opinó Mo, estirándose en la silla. —Uno es bueno o es malo, uno es puro o impuro. Es simple. Este mundo es… Es todo lo contrario. Es todo complicado, está lleno de grises.
Un largo silencio colgó de ellos. Thomas se limitaba a masticar la comida perezosamente mientras que Mo inspeccionaba el techo.
—¿Mo? —el niño le saco de sus pensamientos de repente, obligandolo a dirigirle una mirada.
—¿Si?
—No me dejarás en el bosque, ¿verdad?
Maurice sonrió con afecto, pero sus ojos se mostraron alarmados. No obstante, rápidamente logró camuflar todo lo que aquella pregunta había despertado soltando una risita burlona entre dientes.
—¿Quién es el nenazas ahora, eh?
Actualidad.
Sus manos apretaban con fuerza su chaqueta y su rostro estaba hundido en su pecho, intentando inútilmente parar el llanto. Quería despertar, solo era un mal sueño, eso no podía estar pasando.
—Hey… —la voz de Viserys se oyó suave, podía oírlo sonreír. —No llores, puede volverlo a la vida, ¿verdad? Solo necesitas… —chasqueó la lengua contra el paladar. —Otra vida.
Cuando Maurice alzó la vista tenía los ojos rojos e hinchados. Observó a Viserys por unos segundos antes de viajar la vista al pequeño que, asustado y confundido, los observaba con la espalda contra la barandilla de las escaleras.
Mo se sintió enfermo de tan solo considerar la idea, pero rebusco consuelo en recordar de quien se trataba. Era Mike muerto a sus pies, Mike el que le había enseñado más cosas de las que podría haberse imaginado. El que le había alimentado y arropado en sus primeros años de infancia, el que le había salvado de la impaciencia de Viserys cuando se trataba de sus poderes. Pero aquel era un niño. Era solo un niño con mala suerte que había sido arrastrado a todo eso como efecto colateral.
—No —meneó la cabeza, carraspeando. Intento recuperar su voz mientras se incorporaba. —No, no lo haré. No… —Se detuvo frente a él y lo miró directo a los ojos. No había conseguido la forma de detener las lágrimas, pero pudo contener los espasmos tensando la mandíbula y apretando las mangas de su buzo. —No te daré el gusto.
—¿Crees que quiero esto? —cuestionó. —¿Crees que quiero que mates al niño Lyon y te cagues en todos mis planes?
—Tu ibas a matarlo.
—¿Eso crees?
—Eso es lo que vi.
Viserys hizo algo parecido a rodar los ojos.
—Iba a darle unas palmadas en la espalda por ser tan valiente y estúpido.
—¿Por qué mataste a Mike? —al decir su nombre, la voz de Mo volvió a quebrarse, pero recuperó la compostura cuando pasó la manga del hoodie por sus ojos, limpiando las lágrimas. —No tenías que hacerlo. El no…
—Claro que tenía que hacerlo —le interrumpió. —Claro que no fue su culpa, pero tenía que hacerlo.
Aquellas palabras hicieron que a Mo se le helara la sangre. Frunció el entrecejo confundido y dio un paso hacia atrás de forma instintiva, luciendo como si sus rodillas comenzaran a fallar. Bajó la vista a Mike, sus ojos lo observaban.
—Se lo que sucede, Mo, contigo, con el niño… —murmuró el demonio, reconociendo la expresión quebrada en su rostro. —Y déjame decirte que es una jugada estúpida. No me sorprende viniendo de ti, pero creí que a estas alturas podrías pensar con más claridad, más coherencia. Estas pensando en irte, lo has estado pensando antes de que el calebita apareciera incluso, pero el crio se ha vuelto un problema en muchas formas —Viserys dio un paso y dejó una mano sobre su hombro. Algo que a Mo le habría resultado familiar e incluso reconfortante en el pasado ahora lo hacía sentir enfermo, sucio. —Elige sabiamente. Y mientras lo piensas, recuerda a tu familia en Chicago.
La mansión de su familia hizo que Maurice alzara la vista, clavando los ojos azules en los de Viserys. No le importaba su padre ni su madre, ¿pero sus hermanos? ¿Su hermanita pequeña? Tragó saliva espesamente viendo rojo con la simple consideración del posible escenario si no elegía lo que Viserys esperaba y entonces sucedió. Viserys frunció el ceño desconcertado. Dio un paso hacia atrás, luego otro, y otro, como si intentada huir de algo invisible.
Podía sentir su esencia alertada, inquieta. Podía sentirla intentando escapar de su recipiente, desprendiéndose de forma dolorosa, logrando que el demonio se quejara y se llevara la mano al pecho. Entonces, Mo pudo ver el humo negro escapándose por las heridas de bala.
Viserys rió a pesar del dolor, orgulloso.
—You’re gonna kill me? —inquirió, hacienda un leve énfasis en la última palabra y volviendo a reír. —If you kill me you’re left with nothing. What have you got in your life, Mo? Huh? Nothing, nobody! —ladeó la cabeza, estudiando su rostro. Su mano aún seguía en su pecho. —Oh wait, yes! —dijo de repente. —Video games and movies and go-karts and fast food! Oh, boy, what a life! —espetó. —The hunters, they will end you. They will fucking end you.
—Maybe I deserve it —susurro el muchacho, apenas pestañeaba. Su nariz había comenzado a sangrar.
El dolor pareció intensificarse porque Viserys se dobló dando un quejido. Entonces, alzó la vista, pero en vez de ver al muchacho, sus ojos se clavaron en la figura de Thomas que observaba la escena en silencio en la misma posición que había adoptado hacia unos minutos. Al cabo de unos segundos, el niño comenzó a toser. Se llevó las manos a la garganta e intentó respirar como si estuviera debajo del agua, abriendo la boca y alzando la mirada en donde se suponía estaría la superficie. A continuación, Mo volteó para comprobar lo que sucedía y entonces todo se desvaneció. Thomas cayó de rodillas al piso tosiendo y Viserys se había esfumado.
Lo buscó con la mirada de forma instintiva, sabiendo que era inútil, y cuando entro en razón de que efectivamente había huido como mejor sabía hacer, las lágrimas volvieron. Primero le nublaron la vista, luego, mientras intentaba contenerse tensando la mandíbula, sintió como su labio comenzaba a temblar y ahí estaba. El llanto, sonoro.
—He can’t keep getting away with it! —Gritó, pateando una silla y hacienda añicos la lámpara que descansaba sobre la mesa ratona. Era un grito de guerra, de tristeza, de rabia. No le importaba que el niño lo estuviera viendo, solo le importaba que Mike estaba muerto, que había sido su culpa, y que el autor había sido aquel demonio al cual alguna vez le había jurado lealtad.















