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@lancastermo
"God, grant me the serenity to accept the things I cannot change, the courage to change the things I can, and the wisdom to know the difference."
  Llegar a Nueva York desde Escocia no habĂa sido para nada fácil, pero habĂa valido la pena. AllĂ, si bien la vida era más rápida, parecĂa que Maurice Lancaster era invisible ante los ojos de la gente. Para Mo aquello era una bendiciĂłn, porque significaba que no lo notaban, y pasar desapercibido era sinĂłnimo de paz. Una paz que habĂa estado ansiando desde que el niño de los Lyon habĂa llegado a su vida y los cazadores que los rodeaban habĂan puesto un precio a su cabeza por haber participado en su secuestro y, desde luego, ser la mano derecha del demonio que tanta sangre se habĂa llevado consigo.
Numair le habĂa perdonado la vida, pero habĂa visto en sus ojos el odio y la rabia. SabĂa que, de cruzárselo en algĂşn momento, y cuando Thomas no estuviera a su lado para detenerlo, el calebita no dudarĂa y Ă©l estarĂa muerto en cuestiĂłn de segundos – sin que a nadie le importara, solo un muerto más en la morgue.
 Estaba solo. Viserys habĂa asesinado a Mike, y la familia que tenĂa en Chicago, aquella que no veĂa desde que era un niño, no lo reconocerĂa si se presentaba a su puerta a pedir reparo. Por eso ahĂ estaba – en el peor barrio de Nueva York, y por supuesto, en la peor casa que pudo encontrar.
Era una vieja casa vacĂa de estilo victoriano, con ventana tapeadas y pocos muebles, pero Mo se habĂa encargado de arreglar gran parte del interior y conseguir lo que creĂa necesitar; un antiguo televisor de los 90, bastante grande; un refrigerador, y la instalaciĂłn elĂ©ctrica funcionando, la cual le habĂa costado una botella de whiskey y el trabajo de un yonqui tartamudo llamado Jonah que rezaba haber sido fontanero antes de que le embargaran la casa, su mujer lo abandonara y cayera en la ruina.Â
Al final del dĂa, Mo habĂa dejado que se quedara a pasar la noche.Â
—Mira, hijo —le habĂa dicho el sujeto luego de darle un trago a su vaso de whiskey, una vieja taza color rojo. HabĂan estado hablando de todo tipo de cosas, pero aquel tema parecĂa apasionar al hombre a tal punto que tuvo que acomodar su posiciĂłn y, con el cigarro entre los dedos, señalar el aire. —Si existiera una pĂldora que curara la tartamudez, no sĂ© si la tomarĂa. Supongo que esto me convierte en lo que soy hoy en dĂa, y no me gustarĂa cambiar quien soy. Estoy orgulloso de quien soy —acotĂł rápidamente, alzando el mentĂłn casi de forma dramática, como en las viejas pelĂculas —, aunque no mucho de donde acabĂ© —acotĂł, riendo.Â
La sonrisa de Mo se ampliaba gradualmente a medida que el hombre continuaba expresándose. No habĂa ni una pizca de fluidez en su forma de hablar, desde luego, lo que creaba de alguna forma una especie de suspenso.Â
—Al final… Yo soy yo, y esa pĂldora no existe, asĂ que tengo que encontrar la forma de convivir con ello, Âżme entiendes?
—No tienes idea.Â
—QuĂ© va. Eres un crio —bramĂł, su voz ronca, pero de alguna forma aquellas palabras no habĂan salido con fin de ofenderlo.Â
—Tengo 24 años —corrigiĂł Mo, riendo.Â
—Pues luces como de 17. Tengo un hijo de tu edad —comentĂł. —No quiere verme, por supuesto. Es una suerte que sepa que existo.Â
—Lo siento.Â
—Que le den —gruñó.Â
Un largo momento de silencio bailĂł entre ellos, pero al cabo de unos segundos Jonah decidiĂł romperlo cuando una pregunta se escapĂł de sus labios.Â
—¿DĂłnde están tus padres?Â
Una pequeña sonrisa triste curvo los labios del muchacho.Â
—En Chicago, supongo.Â
—¿Chicago?Â
Mo asintiĂł.Â
—¿QuĂ© haces tĂş aquĂ?Â
—No lo sĂ© —se encogiĂł de hombros. —Solo sĂ© que no puedo ir allá.Â
—¿Por quĂ© no?Â
—Porque me fui hace mucho tiempo y… —una risita nerviosa se colĂł entre sus labios y su mano se escabullo entre su cabello, desacomodándolo. —Digamos que no es seguro. He hecho cosas malas, y las cosas malas llevan correa.Â
—¿A quĂ© te refieres? —insistiĂł el hombre, tenĂa el ceño fruncido y no dejaba de verle.
Mo inspirĂł.Â
—A que vayas donde vayas, tus demonios siempre van a ir contigo. Y no quiero esos demonios cerca de mi familia.
Asintiendo, el hombre finalmente dejĂł de observarlo y clavĂł los ojos en el fuego de la chimenea. Conseguir leña habĂa sido toda una odisea, pero lo habĂa logrado.
—Todos tenemos demonios —dijo Jonah en un susurro. —Todos tenemos oscuridad dentro de nosotros, es parte de nuestra alma. Somos lo que somos gracias a ella, muchacho... O culpa de ella —ágilmente, hizo volar la colilla al fuego y bebió otro trago. Los ojos de Mo danzaban entre las llamas, absorto en ellas y en las palabras del hombre. —Hay que poder mirar esos demonios a los ojos y aceptar su existencia… Luego mátalos y ve a ver a tu familia, ¿quieres? —su semblante serio enseguida fue reemplazado por una sonrisa bromista y, a continuación, se puso de pie y caminó hacia el destartalado sofá. —Buenas noches, hijo.
Maurice moviĂł la cabeza, apenas sonriendo.
—Descansa, J.
Efecto PigmaliĂłn.
IntroducciĂłn al personaje.Â
á…ťá…ťá…ťLas flores florecen en su camino con la misma facilidad con la que mueren. Los pájaros lo siguen, vigilándolo. A veces, en dĂas como ese, supone que en el fondo siempre lo supo. Mo ha sido dueño de un poder que ha ignorado y despreciado durante gran parte su vida – un poder para curar, para controlar, pero tambiĂ©n para destruir. Un poder que va más allá de su conocimiento, un poder que lo ha condenado.
 Años atrás.Â
á…ťá…ťá…ťEl dibujo que el pequeño Mo trazaba en la hoja habĂa sido hecho sin levantar el crayĂłn de la superficie: un burdo retrato de algo que, a ojos de su madre, era una figura demonĂaca. La mujer se habĂa escandalizado lo suficiente para hacer llorar al crio, que ahora se encontraba con ambas manos en el rostro gimoteando en silencio mientras aquella mujer lo reprendĂa por algo de lo que el pequeño de seis años aĂşn no estaba del todo consiente. Por supuesto que no era el mejor dibujante del mundo, Âżpero era eso motivo para que su madre rompiera el dibujo frente a sus narices y lo botara a la basura pidiĂ©ndole que no volviera a hacerlo? Porque la Srta. Wesson decĂa que debĂa practicar, que tenĂa un don con el lápiz, y por consecuente probablemente tambiĂ©n con el crayĂłn, pero su madre parecĂa estar disgustada con aquello. A Mo la idea de ver a su mamá tan desesperada no le hacĂa gracia, por lo que desde luego no volverĂa a retratar a su amigo.
á…ťá…ťá…ťMo se limpiĂł las lágrimas y con los ojos rojos la observo caminando por la sala, con el telĂ©fono pegado a la oreja y una mano en la frente. Hablaba en susurros. Por el sonido de la tele a Mo se le dificultaba oĂr lo que sucedĂa, sin embargo pescaba palabras vagas: “tu hijo”, “extraño”, “mĂ©dico”.
á…ťá…ťá…ťAhora, Mo no recuerda esto, desde luego. El psiquiatra le explicĂł a sus padres que se trataba de algo que la hija de Freud llamo “olvido motivado”. Algo que, por supuesto, el jefe de la familia Lancaster no entendĂa y por consecuende debĂa ser invento.Â
ᅝᅝᅝ—He can't just not remember it.
ᅝᅝᅝ—Yes, he can, Mr. Lancaster.
ᅝᅝᅝ—Buddy, I know my son, 'kay? He's denying it, I'm telling ya.
 ᅝᅝᅝEl Dr. RochĂ© mirĂł a James Lancaster por encima de sus lentes y sonriĂł. Una sonrisa en son de paz, pero que decĂa lo estĂşpido que lo encontraba.
ᅝᅝᅝ—When we repress something, Mr. Lancaster, we truly forget about it; however when we deny it, as you say, we just... pretend we did. That kid doesn't remember a single thing, I'm telling ya.
á…ťá…ťá…ťJames Lancaster era un personaje curioso – no creĂa en fuerzas divinas, pero pensaba que los psicĂłlogos eran babosos que ganaban dinero con los problemas ajenos. Un trabajo deshonesto, a diferencia de sus estafas o sus largas estadĂas en los bares. Por otro lado, Lucille, su esposa y madre de Mo, era una fiel creyente cuando le convenĂa (como aquella vez, cuando su padre recibiĂł un disparo y ella le pidiĂł al Señor que si sobrevivĂa, dejarĂa de fumar… Cosa que jamás sucediĂł, a pesar de que su padre saliera ileso del accidente).
á…ťá…ťá…ťMo recuerda los domingos de misa con canciones, calor y agobio: los negros eran buenos cantantes, y la iglesia era muy bonita, pero nadie parecĂa pararse a reparar el problema con el pesado calor del verano. No recuerda una presencia divina o la fe, aunque la tuvo (y tal vez la tiene), solo recuerda el calor. La gente sudando, aplaudiendo, o atendiendo a los sermones que Ă©l no era capaz de comprender… Y el calor.Â
á…ťá…ťá…ťNo paso mucho tiempo hasta que Mo volviĂł a causarle un susto a sus padres.
á…ťá…ťá…ťEran las siete de la tarde. Jackson y Maurice jugaban en el vecindario mientras que su madre cumplĂa el doble turno que habĂa solicitado en su trabajo como empleada en servicio de los moteles de la carretera que despedĂa a los habitantes de la ciudad y recibĂa a los turistas. Los pequeños Lancaster habĂan encontrado un cachorro muerto en la senda vecina y habĂan estado observándolo desde hacĂa minutos, pretendiendo descubrir la causa de la muerte.
ᅝᅝᅝ—It stinks —exponĂa el pequeño Jackson, de 10 años.
á…ťá…ťá…ťPero Alby, que habĂa entrado a los 18, fumaba un cigarro y los observaba de lejos en compañĂa de su colega Luke, con cara de quien no quiere la cosa. Les habĂa dicho que no lo hicieran, pero no oĂan ("nunca oyen"); Ă©l ya habĂa cumplido su rol, ahora estaba en las manos del universo. SelecciĂłn natural, le llamaban.
ᅝᅝᅝ—You're gonna get sick — les decĂa.
á…ťá…ťá…ťY Luke, con falsos aires de grandeza, agregaba:
ᅝᅝᅝ—That shit's been dead for about two days, yo.
á…ťá…ťá…ťAlby no era un mal tĂo, pero tenĂa tendencias a comportarse como uno cuando sus malas amistades estaban cerca. Con Luke, creian sus hermanos, era incluso peor.
á…ťá…ťá…ťEl pequeño Mo se sentĂł a un lado del cachorro y lo tomo en brazos, recibiendo miradas de asco por parte de cada uno de los presentes. El animal olĂa mal, efectivamente, y su pelo estaba sucio; con trozos de barro y comida, sin embargo eso no lo detuvo a la hora de acariciarle con preocupaciĂłn.
ᅝᅝᅝ—Do you think he'll be fine, Alby? —preguntó, arrugando la nariz.
á…ťá…ťá…ťSe sentĂa ansioso, inquieto, y sin más remedio que desear lo ilĂłgico, deseĂł que el animal se encontrara bien. Pidio, en su inocencia, que se encontrara bien, porque tal vez, solo tal vez, su madre se lo dejara quedar.
ᅝᅝᅝ—Agh —se quejĂł su hermano mayor. ParecĂa estar a punto de vomitar a la hora de desviar la mirada. Mo, sin embargo, continĂşo merodeando en sus fantasĂas. PensĂł en lo que le dirĂa a su madre, incluso; “me encargarĂ© de alimentarlo y pasearlo”, pero el momento le fue abruptamente apagado por un grito.
ᅝᅝᅝ—For Christ's sake, Maurice!
á…ťá…ťá…ťSu padre.
á…ťá…ťá…ťEl pequeño alzĂł la vista atolondradamente, pero antes de poder focalizar la imagen que se alzaba imponente frente a Ă©l, su padre ya le habĂa arrebatado el cachorro de las manos y le habĂa dado una abofeteada tan fuerte que dejĂł de oĂr del lado izquierdo durante unos segundos. Entonces, su nariz comenzĂł a sangrar.
á…ťá…ťá…ťJames Lancaster era un padre horrible, cualquiera podĂa dar crĂ©dito a eso, pero jamás le habĂa levantado la mano a ningĂşn integrante de su familia. Ni si quiera en las noches que volvĂa tan borracho que terminaba durmiendo en las escaleras del porche.Atemorizado y desorientado, mientras las lágrimas comenzaban a humedecerle las mejillas, Mo se llevĂł una mano a la cara y lo oyĂł.
ᅝᅝᅝ—What the fuck do you think you're doing? —espetó, desesperado, mientras comenzaba a toser. Su mirada porcina viajo rápidamente a su hijo mayor y este le contesto con un encogimiento casual de hombros. “Tú sabrás, es tu hijo”.
ᅝᅝᅝ—Dammit, kid! I haven't told you this before — tosiendo como si una mosca se le hubiera metido en su enorme boca de sapo, se acomoda cerca del rostro de su hijo. —But I think it's pretty obvious that you should not play with dead animals, isn't it? I mean, common sense, son?
á…ťá…ťá…ťPero algo sucediĂł. Antes de que James pudiera soltar el cadáver tieso del animal, este chillo y cayĂł al cĂ©sped. Un chillido repentino e inesperado de dolor que logro abrirles los ojos como platos a todos, recolectando toda la paciencia y lĂłgica que existĂa en sus seres para poder concebir lo que acababa de suceder frente a sus narices. Mo, sin embargo, no necesitaba mucho de aquello para alegrarse, aunque estaba tan sorprendido como el resto de los presentes.
á…ťá…ťá…ťEl olor habĂa desaparecido y el cachorro se sacudĂa como si se despertara de un largo sueño y enseguida se acercĂł al niño con pasos torpes. James Lancaster, que volvĂa del bar de Philip con unos cuantos vasos de whisky y cerveza encima, como de costumbre, estaba comenzando a dudar de su juicio, pero siente como, de un sopetĂłn, el alcohol se le evapora de la sangre. Se llevĂł la mano a la garganta y siguiĂł tosiendo, sin poder quitar los ojos de la escena que se daba a cavo frente a sus ojos; (“estaba muerto; lo vi, lo sentĂ, lo olĂ”). TosĂa con violencia y desesperaciĂłn. TosĂa y sudaba, mientras sus pequeños ojos se llenan de lágrimas, su bigote de morsa temblaba, su rostro se volvĂa rojo, y su dedo se alzaba para señalar de forma acusadora al más pequeño de sus hijos, que lo miraba inocente.
ᅝᅝᅝ—What did you do?
ᅝᅝᅝ—Nothing.
ᅝᅝᅝ—You… You can’t do this —ordenó, señalando al cachorro.
á…ťá…ťá…ťMo era pequeño y como cualquier otro pequeño, no entendĂa mucho a los adultos, pero se habĂa animado a suponer que aquella mirada en los ojos llorosos de su padre no era nada bueno. HabĂa desprecio y miedo; desconcierto. Estaba disgustado, y Mo no entendĂa exactamente por quĂ©, pues no habĂa hecho nada malo, Âżo sĂ? El cachorrillo se encontraba bien.
á…ťá…ťá…ťEl cachorro estaba bien.
 ᅝᅝᅝ—You can’t —repitió el gordinflón, pero se detuvo.
á…ťá…ťá…ťJames tomĂł una bocanada de aire en un fiero intento para calmarse. InĂştil, pues al volver a abrir la boca, su voz continĂşo siendo un grito grueso. Los vecinos estaban asomándose por las ventanas y Alby ya estaba detrás de James, dispuesto a golpearlo si el hijo de puta volvĂa a levantarle la mano a su hermano pequeño. Pero James estaba demasiado ocupado ahogándose de forma muy literal en sus conspiraciones (“está marcado”).
ᅝᅝᅝ —The Lord takes what He takes, you can’t bring it back.
á…ťá…ťá…ť En el fondo siempre lo supo.
á…ťá…ťá…ť James Lancaster fue diagnosticado con edema de pulmĂłn esa misma noche, mientras Mo se acurrucaba con su nueva mascota.Â
 ᅝᅝᅝ«Siempre he tenido deseos inconscientes de sanar – personas, cosas. De pequeño, mi madre ponĂa mi mano bajo el grifo cada vez que me lastimaba. Para lavarla, o algo asĂ. Una vez, vi a ese pajarillo que se habĂa caĂdo de su nido, lo recogĂ e hice lo mismo sin darme cuenta de que a fin de cuenta, el pequeño se ahogarĂa. La intenciĂłn era ayudarlo, porque crease o no, mis intenciones siempre han sido buenas, pero como dicen por ahĂ; el camino al Infierno está empedrado de ellas. Cuando me di cuenta de lo que hice, llorĂ© durante dĂas.»
 ᅝᅝᅝTodo se habĂa vuelto ambiguo. Los buenos momentos ya no aplacaban a los malos, y la tensiĂłn se sentĂa en el aire, asĂ que cuando acabĂł de fumar el ultimo cigarrillo de la cajetilla, tirĂł la colilla dentro de la taza de cafĂ© y se quedo sentado en el porche, en el frĂo de la mañana invernal londinense. En silencio y con la mirada en un punto fijo inexacto, jugueteo con el mechero entre sus dedos.Â
á…ťá…ťá…ťNo era la primera vez que estaba en Londres. De hecho, habĂa viajado por el mundo entero en compañĂa de Viserys. A veces se encontraba indignado por no saber hablar japonĂ©s, o alemán, pero luego recordaba que el propĂłsito de aquellos viajes no era precisamente con fines turĂsticos y dejaba de ser tan duro consigo mismo.
á…ťá…ťá…ťViserys siempre tenĂa asuntos entre manos, a pesar de que luchaba por escaparse “de las garras del infierno y sus polĂticas”. Pues, a diferencia de la creencia popular entre cazadores y depredadores, nunca habĂa demostrado particular interĂ©s en los Lyon – aquellos individuos a los que debĂa, en simples palabras, cĂłrtales la cabeza por deudas pendientes. Siempre alegaba que aquello era trabajo y nada más que trabajo, que asesinarlos (o rastrearlos, como Ă©l le llamaba) no era más que una tarea que debĂa cumplir para que el ejecutado no fuera Ă©l. Porque incluso el infierno tenĂa sus leyes, y cada duque era completamente responsable del comportamiento de sus subordinados – si no le complacĂan, eran totalmente libres de hacer lo que quisiera con ellos. Viserys, claro, no estaba de acuerdo con la jerarquĂa del SĂłtano, y por eso pasaba la mayor parte del tiempo en el plano terrenal, con humanos y costumbres mundanas. Pensaba en los demonios como seres imbĂ©ciles e incompetentes. En sus delirios de grandeza se creĂa superior, pues habĂa sido un ángel, pero Mo no estaba realmente seguro de sus palabras.Â
á…ťá…ťá…ťViserys le prometĂa seguridad, garantĂa, protecciĂłn y amparo; le decĂa que querĂa las cosas como estaban y que traer a aquellos “buenos para nada” a aquella tierra jamás habĂa estado en sus planes y que nunca lo estarĂa. Y por supuesto que Mo le creĂa.Â
ᅝᅝᅝ«Yo sufro porque soy mejor» decĂa casualmente en ocasiones, en la tranquilidad de su hogar y en la compañĂa de su peculiar amigo. «La belleza es efĂmera, viejo, el dolor es eterno». Y ambos reĂan, porque sonaba terriblemente ridĂculo.
á…ťá…ťá…ťEran distintos en todos los aspectos, empezando porque Viserys era un caĂdo y Mo un fenĂłmeno.
á…ťá…ťá…ťLa verdad es que ni Ă©l estaba seguro de lo que era, pero sabĂa que no era precisamente un sinĂłnimo en vida de la normalidad como la conocĂa el resto de la gente (porque Viserys decĂa que todo aquel rollo era relativo). La primera pista era que tenĂa como colega a un demonio, y la segunda se centraba en sus poderes — poderes que jamás habĂa sido capaz de explicar. Poderes que jamás habĂa pedido y que lo habĂan llevado a esa vida.Â
á…ťá…ťá…ťSe conocieron por primera vez el dĂa de su nacimiento, en los 90. El segundo encuentro fue cuando Mo tenĂa 6 años. Se habĂa peleado con su padre y habĂa decidido huir. No pudo hacerlo: no porque no supiera cĂłmo, sino porque un “idiota al volante”, como lo llamĂł su madre, lo atropellĂł. No habĂa sido un accidente grande: solo un rasguño en la rodilla, en la palma de las manos, y la rueda de la bicicleta violentamente torcida, pero habĂa sobrevivido. Viserys vestĂa la carne de un sujeto en sus cincuenta, con larga barba blanca y una barriga que amenazaba sin descanso a los botones de la camisa. HabĂa decidido ir por el nombre Neil.Â
á…ťá…ťá…ťMo no sabe esto y con suerte, nunca lo sabrá.Â
á…ťá…ťá…ťLas razones por las cuales Viserys habĂa decidido interferir en prácticamente toda la vida de Mo eran obvias a su ver: el chico era especial. No “especial” como los alumnos sĂşper dotados, porque sus notas apestaban: no “especial” en el sentido de retardado, porque era inocente pero eso no significaba que tenĂa un retraso: era especial porque su sangre lo era. Lo cual lo convertĂa en un arma muy potente y Ăşnica, una que para bien o para mal, Viserys creĂa necesitar. Porque era mejor prevenir que lamentar.
á…ťá…ťá…ťEl demonio habĂa estado moviendo las cuerdas de muchas marionetas para armar su vida desde que se habĂa encargado de cambiar los bebĂ©s en aquella sala de reciĂ©n nacidos. Más tarde habrĂa matado a los verdaderos padres y con ellos, al verdadero Mo Lancaster. Sin si quiera esforzarse en que pareciera casualidad, habĂa dejado la escena como una señal para el resto de los cazadores que protegĂa, o habĂa intentado proteger, a los Delauny.Â
á…ťá…ťá…ťHabĂa sido una maniobra frĂamente calculada. Hasta lo habĂa designado a los Lancaster con un fin – sabĂa de James y su actitud arrogante, sabĂa de cĂłmo hacĂa sentir como escoria a su gente en un inĂştil intento de sentirse mejor consigo mismo, y sabĂa que esa actitud actuarĂa positivamente (a futuro) en el pequeño Mo. Humillado por su padre, con su madre atemorizada y con sus hermanos indiferentes, Viserys pudo interferir fingiendo ser un buen amigo, un buen hombro en donde apoyarse para continuar caminando, aunque no fue sencillo. Por suerte, contaba con el apoyo de tres colegas.Â
á…ťá…ťá…ťCon siete años y la rabia ahogándole, Mo se dispuso a huir de casa nuevamente. Se topĂł con Viserys, quien ahora vestĂa a un nuevo sujeto de cabello oscuro, y grandes ojos verdes. IncreĂblemente delgado y alto, a comparaciĂłn de Neil. El demonio se mostrĂł amable, le contĂł lo asombroso que le parecĂan aquellos poderes (porque Ă©l y sus amigos tenĂan unos parecidos) y le dijo que podĂa ayudarlo, asĂ que Mo accediĂł y no volviĂł a ver a su familia hasta que cumpliĂł los 15.Â
á…ťá…ťá…ťLos amigos de Viserys no eran lo que Mo esperaba, aunque lo mismo sucediĂł cuando, con su estĂşpido acento inglĂ©s, le dijo que era un demonio. Uno decĂa “demonios” y pensaba en… Bueno, se imaginaba a un demonio, no a Viserys. Porque a simple vista, Viserys no era más que un inglĂ©s bocazas y algo idiota: un humano a fin de cuentas. Porque podĂas verlo comiendo una hamburguesa o tomando whisky, pero jamás imaginabas las cosas atroces que era capaz de hacer y que, en efecto, habĂa hecho.Â
á…ťá…ťá…ťHabĂa 3 personas en las que Viserys confiaba: Doble D, y “el tarado de” Gendry, que formaban un dĂşo de ineptos pero que al fin de al cabo resultaban muy leales. Y estaba Mike Foster. Mike habĂa tenido familia: una pequeña niña como hija: Alice, o “Ally” como solĂa llamarla en anĂ©cdotas, y su esposa, Sarah. La cosa sobre Mike es que era un traidor (o esa era la voz que se corrĂa) – habĂa trabajado en BetelÂ
á…ťá…ťá…ťMike habĂa sido el encargado de criar a Mo, lo que representaba instruirlo y alimentarlo, ya que Viserys era muchas cosas pero definitivamente no era bueno con los infantes. Esto no significaba, sin embargo, que Mike resultara siendo un reemplazo paternal afectuoso. Nada de eso: Mike era una persona dura, a la que la vida le habĂa arrebatado todo lo que tenĂa y amaba, asĂ que habĂa optado esa nueva filosofĂa de vida para sobrevivir: “don’t get attached to things… or people” y mucho más importante, a Mo. Porque Mike sabĂa lo que Viserys estaba cociendo, lo veĂa en sus ojos. Miraba a Mo de esa manera ambiciosa – como aquellos sujetos que entrenan perros para peleas, sin embargo, no dudarĂan un segundo en ponerle una bala entre las cejas a la primera mordida a traiciĂłn, porque dicen ser “buenos y tolerantes”, pero no son estĂşpidos.Â
á…ťá…ťá…ťQuerĂa hacer de Mo un arma mortal, y lo lograrĂa si le prestaba la suficiente atenciĂłn. Efecto PigmaliĂłn. Eso y el entrenamiento, claro. Pero el muchacho tenĂa demasiada humanidad y romperla era un trabajo que necesitaba dedicaciĂłn y tiempo. Sin embargo, lo lograrĂa con el correr de los años.Â
á…ťá…ťá…ťLa primera vez que le arrebato la vida a alguien –de forma consiente– fue en su cumpleaños nĂşmero 15. Luego Viserys lo habĂa invitado a festejar, como si nada hubiera pasado, pero Mo no habĂa podido dejar de pensar en ello.Â
ᅝᅝᅝ—I want you to fix this— le habĂa dicho. Y Mo supo de inmediato que se trataba de un humano porque lo que habĂa colocado en la mesa, frente a Ă©l, era una automática.Â
á…ťá…ťá…ťApunta, dispara, apunta, dispara. Â
ᅝᅝᅝ¿La razĂłn? Aquella persona, Jules, presentaba una amenaza para los Lancaster, o eso era lo que Viserys habĂa asegurado. James se habĂa metido en problemas y ahora Jules amenazaba con arrebatarle la vida a su hermana menor, aquella que habĂa nacido nueve meses despuĂ©s del incidente con el cachorro y que en aquel entonces acababa de entrar al primer grado. Viserys le habĂa explicado que era asunto suyo, cosa de familia, y que por ende Ă©l debĂa manejarlo. AsĂ que Mo, cegado por el deseo de eliminar una amenaza inventada y manejada al antojo de un demonio, lo hizo. Y llorĂł como una nena, como Viserys le comentaba a Mike.Â
á…ťá…ťá…ťDurante tres semanas se mirĂł por las mañanas en el espejo preguntándose si se le notaba mucho. SentĂa que lo llevaba escrito en la cara. Una gran A roja en la frente de Asesino. Â
á…ťá…ťá…ťEventualmente, comenzĂł a olvidarlo, pero jamás lo reprimiĂł.Â
á…ťá…ťá…ťDescubriĂł que la muerte, para aquellos individuos, era un asunto completamente trivial. Quiso acostumbrarse a la idea, Dios sĂ que lo quiso, pero no pudo, porque cada vez que lo meditaba comenzaba a razonar y sentirse enfermo. Â
ᅝᅝᅝ—I want the best for you, Mo! —decĂa Viserys, frunciendo el ceño cada vez que sus Ăłrdenes o sus puntos de vistas eran cuestionados. —You'll have to get used to the idea that this will be your life, mate, because if you don't...
ᅝᅝᅝ—If I don't what. What happens then?Â
á…ťá…ťá…ťEntonces Viserys harĂa ese gesto en donde aprieta los labios, ladea la cabeza y lo observa con esa mirada – una mirada llena de infinita y falsa preocupaciĂłn, con sus enormes ojos verdes chispeando en chantaje. Mo lo percibĂa enorme, absoluto.Â
ᅝᅝᅝ—Law of the jungle. Have you heard of it?Â
á…ťá…ťá…ťPorque creĂa conocerlo sobradamente bien como para predecir con cierta exactitud lo que iba a hacer o decir en ciertos escenarios, porque lo practicaba y porque asĂ le inquietaba menos. Solo era su forma de lidiar con las cosas, fingir que sabĂa, pretender que tenĂa un poco el control y sin más remedio seguir con la corriente, porque lo que hacĂa era lo correcto.
á…ťá…ťá…ťMike Foster arribĂł al apartamento que Mo habĂa rentado aproximadamente media hora despuĂ©s de que este saliera a fumar su Ăşltimo cigarro. Con sus lentes de sol y su chaqueta de cuero, se bajĂł de su Chrysler del 80 y se detuvo frente al muchacho, que alzĂł la vista a los pocos segundos de verse reflejado en el brillo de sus zapatos.Â
ᅝᅝᅝ—Hey.
ᅝᅝᅝ—What are you doing here? —interrogo, pero lo hizo de tal modo que Mo supo que no debĂa responder. Él mismo intentaba averiguarlo, observando alrededor. —I don't wanna know, really. Take those pajamas off, would ya. We've got things to do.Â
ᅝᅝᅝ—What kind of things?Â
ᅝᅝᅝ—Does it matter?Â
ᅝᅝᅝ—Can I least know where we going?Â
ᅝᅝᅝ—East—informó, entrando al apartamento con su copia de la llave. Mo lo siguió. —It's 9am, the flight it's at 10. Hurry up, I won't say it twice.
ᅝᅝᅝ—Well excuse me.Â
á…ťá…ťá…ťEntro a la cocina, tiro la caja de cigarros en la basura y luego abriĂł el refrigerador. Las cosas que habĂa dentro eran contadas: kĂ©tchup, mayonesa, dos latas de cerveza, una caja de leche y un refresco de uva. Mo tomĂł la caja de leche, pero cuando se la llevo a los labios y la saboreo, hizo una mueca y volviĂł a colocarla en su lugar. Â
ᅝᅝᅝ—Which part exactly? Middle East, Far East… —Mike lo observo como si se sorprendiera del conocimiento geográfico que el joven acababa de demostrar, pero Mo no se inmuto. —Can you be a little more specific?Â
ᅝᅝᅝ—Israel, I think —especifico el hombre en un tono cansino. Mo no tenĂa tĂ©rmino medio: o era insufriblemente insoportable, o curiosamente comprensible. Como si se hubiera arrastrado parte de su infancia y adolescencia a sus casi 30 años. —Not really sure.Â
ᅝᅝᅝ—Holy Land… —una sonrisa le curvĂł los labios. A Viserys le gustaba jugar con aquello, no le sorprendĂa en absoluto. De hecho, estaba seguro que nada volveria a sorprenderlo desde aquella vez que visitaron el Vaticano. —Where is he, anyway?
ᅝᅝᅝ—Who?
ᅝᅝᅝ—Viserys. Â
á…ťá…ťá…ťA paso lento, se dirigiĂł a la habitaciĂłn y comenzĂł a cambiarse perezosamente. OyĂł a Mike sentarse en el sofá y encendiendo el televisor antes de contestarle. Â
ᅝᅝᅝ—Do I look like his goddamn secretary?Â
ᅝᅝᅝ—Kinda.
á…ťá…ťá…ťMike bufĂł, aunque Mo no fue capaz de oĂrlo. Â
ᅝᅝᅝ—He said we'll meet at the airport —cambió de canal: una reportera con un inspirador escote hablaba en francés. El muchacho volvio a entrar a la sala desacomodandose el cabello y arrastrando los pies, con una mochila colgando de su hombro. Viajaba ligero, no es como si tuviera muchas cosas, de todos modos. —You know him.
ᅝᅝᅝ—Sometimes I'm not so sure I do—murmurĂł.Â
ᅝᅝᅝ—The drawbacks of being buddies with a bloody demon, I'm afraid —apretĂł el botĂłn rojo del mando y el televisor se apago. Se levanto con lentitud, Mo estaba seguro que habĂa algo con respecto a sus huesos que andaba mal. —You ready?
 ᅝᅝᅝ—Yeah.Â
Highlands, Scotland.
Si le hubieran preguntado seis meses atrás si era feliz, lo hubiera dudado. Como toda persona, se habrĂa tomado un momento para rascarse la barbilla y considerar las cosas buenas que la vida que vivĂa traĂa consigo, pero ahora… Ahora sabĂa la respuesta. Se le notaba en la cara y en el cuerpo, incluso en la voz.
Viserys no habĂa perdido el control de la situaciĂłn, pero Mo a veces sentĂa que habĂa perdido el control de sĂ mismo. Aunque claro que, la mayor parte del tiempo, Mo olvidaba que Viserys era un demonio y que no tener el control de sĂ mismo era algo asĂ como un requisito para entrar al club demonĂaco, pero habĂa algo raro sucediendo con Ă©l. Algo que Mike enseguida atribuyo a la presiĂłn. Como era sabido, Viserys era poderoso, pero no lo suficiente a comparaciĂłn de los peces gordos. RecibĂa Ăłrdenes y las cumplĂa de la forma más competente que podĂa, lo cual para sorpresa de muchos, resultaba siendo a menudo.
No era tarea sencilla con los Lyon, y la cosa se complicaba cuando debĂa pasar tiempo con un niño calebita de 13 años, el cual obviamente requerĂa paciencia, algo que Viserys no conocĂa ni poseĂa. DebĂa haberlo matado, pero era preferible matar dos pájaros más gordos de un tiro. Era cuestiĂłn de lĂłgica y si Mo debĂa reconocer algo, reconocerĂa que era una buena jugada. Sin embargo, no estaba seguro de que todo resultarĂa como lo planeado… Nunca era tan sencillo.
Para cuando Viserys hubo terminado la llamada, Thomas se habĂa movido tanto y tan bruscamente, que Mo ya no pudo retenerlo. SaliĂł corriento de su agarre directo al demonio, pero pareciĂł chocarse una pared de energĂa invisible porque, a mitad de camino, se detuvo abruptamente.
—I’m gonna kill you —le prometió el niño.
Viserys se acercĂł a paso lento portando aquella sonrisa que parecĂa tener como fin burlarse de todos. Mo dio un paso hacia delante de forma instintiva, pero Mike le tomĂł el brazo, deteniĂ©ndolo.
—Ah, ¿s�
—Lo juro —dijo Thomas entre dientes. —Lo juro por Dios, voy a matarte.
—¿Por Dios? —sus cejas se alzaron y su sonrisa se amplió. Thomas tragó saliva espesamente. —¿Y dónde está Dios exactamente ahora, niño? —sus ojos recorrieron la habitación. —¿Esta aqu� ¿Está con nosotros?
—Vete al infierno.
—Voy todos los fines de semanas, ¿seguro no quieres venir conmigo?
—Viserys —la voz de Maurice sonĂł ronca pero firme. Probablemente era la primera vez en su vida que le hacĂa frente no una, sino dos veces al dĂa. Casi pudo sentir como el corazĂłn de Mike se encogĂa y sus manos se preparaban para tomar inĂştilmente su arma. —Stop it.
—Or what? —el demonio se volteó. —¿Qué harás Mo?
—Leave it, son —murmuró Mike, tomando su brazo, pero Mo se zafó de su amarre y avanzo dos pasos.
—Sabes lo que puedo hacer, lo sabes.
—Lo que dices que puedes hacer —corrigió. —Lo que todos creen que puedes hacer.
—Puedo hacerlo —aseguró.
—Hazlo, entonces. Te reto a que lo hagas —los brazos de Viserys junto con su mentĂłn se alzaron. —¡Hazlo! ¡Vamos! Mo podĂa sentirlo. A cada hora, a cada momento, podĂa sentir su esencia oscura y densa. PodĂa sentirla encresparse cuando se enojaba y flotar como en el agua calma cuando estaba tranquilo y confiado. PodĂa sentirla hirviendo, burbujeando en exaltaciĂłn y cĂłlera en aquel preciso momento.
Estaba enfadado, Âży cĂłmo no estarlo? Su humano, su mascota, aquel instrumento con el que contaba para sus futuras batallas a quien habĂa usado alguna que otra vez como defensa contra los de su propia estirpe ahora estaba volteándose, poniĂ©ndose del lado ni más ni menos que de su enemigo. Y como si eso no fuera lo suficiente, era capaz de matarlo si se lo proponĂa. TenĂa una de ventaja, sin embargo, y era simple: Mo era demasiado dĂ©bil para hacerlo. TenĂa mucho corazĂłn, demasiada lealtad.
Solto una risilla entre dientes como si intentara decir “eso pensé”, pero aquella mueca no duro mucho tiempo. De repente y sin previo aviso, algo le golpeó el pecho.
El demonio frunciĂł el ceño confundido y bajĂł la vista para descubrir de que se trataba. Habia un agujero a la altura de las costilla, justo al lado de su codo, y de ahĂ salĂa sangre negra. Muy poca para considerarlo normal.
AlzĂł la vista encontrándose con la cara boquiabierta de Mo, la de desesperaciĂłn de Mike, y la de terror de Thomas, que con manos temblorosas sostenĂa la pistola que le habĂa arrebatado de la cintura al cazador. Viserys no perdiĂł el tiempo y con las fosas nazales bailando como las de un toro, se acercĂł a pasos agigantados. Thomas disparĂł una, dos, tres veces, antes de que la pistola se le resbalara de las manos y callera al piso.
Mike se interpuso en su paso, colocando una mano en el pecho del demonio, sintiendo la humedad de la sangre tibia manchándole.
—No —quiso sonar calmado, pero su voz fue más un grito que un murmuro. Un grito que pretendĂa servir como conector entre su enojo a la tierra. —No lo hagas. No. Tiraras todo el plan a la basura, maldita sea, todo en lo que hemos tr…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, la mano de Viserys se cerró contra su garganta con tanta fuerza que a Thomas, que se encontraba detrás, pareció huir crujir su tráquea.
—NO! —rugiĂł Mo, abalanzándole contra Viserys. Este no se moviĂł ni un centĂmetro, sus ojos fijos en los de Mike, sus nudillos blancos. —No! Please!
Paulatinamente, el agarre crecĂa con más presiĂłn, y a su vez el color del rostro de Mike se tornaba de rojo a violeta. Tanto Viserys como Mo podĂan sentir su vida desvaneciĂ©ndose, pero solo uno de ellos estaba realmente disfrutándolo. Se trataba de un momento de Ă©xtasis, absorbiendo de forma inconsciente todas sus energĂas favoritas encerradas bajo el mismo techo, Viserys se sentĂa en un banquete luego de lo que suponĂa se sentĂa una larga dieta. HabĂa tenido peones durante tanto tiempo que por habĂa sentido como se sentĂa matar con sus propias manos.
Finalmente, Mike dejó de pelear y su cuerpo cayó al suelo pesadamente. A su lado, de rodillas, le siguió Mo. Lo tomó del rostro y lucho para ver a través de sus lágrimas, abofeteándolo con las manos temblorosas y repitiendo una y otra vez una sola palabra: su nombre.
  Un mes atrás.
 —Mike solĂa contarme historias cuando era pequeño —murmurĂł Mo. Estaba con los codos apoyados en la mesa y los ojos, azules y grandes, bailando en la comida. —HabĂa una… Tal vez la conozcas. Era sobre un leñador que vivĂa en el bosque con su esposa y sus dos hijos. Ya no podĂa mantenerlos. Todas las noches se preguntaba quĂ© serĂa de ellos y una noche la mujer le dice que tiene una idea; por la mañana llevarĂan a los niños al bosque y los dejarĂan allĂ. Los niños se despiertan, por el hambre, Âżsabes? Se despiertan y los oyen hablando.
Thomas arrugĂł el entrecejo, aun masticaba un trozo de patata frita.
—¿Qué clase de historia es esa?
—Una realista —replicĂł Mo, dibujando una sonrisa casi nostálgica mientras untaba la patata en el kĂ©tchup. —Verás… La entendĂ cuando crecĂ. Era la forma de Mike de decirme que no debo confiar en nadie. Que todos somos una carga sustituible.
Thomas rio.
—¿Qué no es Hansel y Gretel? Vaya forma de profundizarlo.
—Me dormĂa aterrado —continuĂł Mo, contagiado de la risa del niño. —Cuando lograba dormir, claro.
—Eres un nenazas.
—Tal vez, pero si conoces la historia sabes que Gretel salva el dĂa. Mike me contaba esta historia y yo era un niño, no habĂa ninguna Gretel… —se encogiĂł de hombros y se llevĂł la patata a la boca. —Me lo advirtiĂł, supongo. Siempre estuve jodido.
Thomas lo estudiĂł en silencio pero finalmente hablĂł.
—Mi mamá solĂa contarme esos cuentos cuando era pequeño —dijo. —Nunca me gustaron. Ahora me gustan menos.
Mo sonriĂł por la ironĂa. Si a un fanático de Dracula le presentaban a un vampiro, pensĂł, sucederĂa lo mismo.
—Todo es más sencillo en los cuentos, tĂo —opinĂł Mo, estirándose en la silla. —Uno es bueno o es malo, uno es puro o impuro. Es simple. Este mundo es… Es todo lo contrario. Es todo complicado, está lleno de grises.
Un largo silencio colgĂł de ellos. Thomas se limitaba a masticar la comida perezosamente mientras que Mo inspeccionaba el techo.
—¿Mo? —el niño le saco de sus pensamientos de repente, obligandolo a dirigirle una mirada.
—¿Si?
—No me dejarás en el bosque, ¿verdad?
Maurice sonriĂł con afecto, pero sus ojos se mostraron alarmados. No obstante, rápidamente logrĂł camuflar todo lo que aquella pregunta habĂa despertado soltando una risita burlona entre dientes.
—¿Quién es el nenazas ahora, eh?
 Actualidad.
 Sus manos apretaban con fuerza su chaqueta y su rostro estaba hundido en su pecho, intentando inĂştilmente parar el llanto. QuerĂa despertar, solo era un mal sueño, eso no podĂa estar pasando.
—Hey… —la voz de Viserys se oyĂł suave, podĂa oĂrlo sonreĂr. —No llores, puede volverlo a la vida, Âżverdad? Solo necesitas… —chasqueĂł la lengua contra el paladar. —Otra vida.
Cuando Maurice alzĂł la vista tenĂa los ojos rojos e hinchados. ObservĂł a Viserys por unos segundos antes de viajar la vista al pequeño que, asustado y confundido, los observaba con la espalda contra la barandilla de las escaleras.
Mo se sintiĂł enfermo de tan solo considerar la idea, pero rebusco consuelo en recordar de quien se trataba. Era Mike muerto a sus pies, Mike el que le habĂa enseñado más cosas de las que podrĂa haberse imaginado. El que le habĂa alimentado y arropado en sus primeros años de infancia, el que le habĂa salvado de la impaciencia de Viserys cuando se trataba de sus poderes. Pero aquel era un niño. Era solo un niño con mala suerte que habĂa sido arrastrado a todo eso como efecto colateral.
—No —meneĂł la cabeza, carraspeando. Intento recuperar su voz mientras se incorporaba. —No, no lo harĂ©. No… —Se detuvo frente a Ă©l y lo mirĂł directo a los ojos. No habĂa conseguido la forma de detener las lágrimas, pero pudo contener los espasmos tensando la mandĂbula y apretando las mangas de su buzo. —No te darĂ© el gusto.
—¿Crees que quiero esto? —cuestionó. —¿Crees que quiero que mates al niño Lyon y te cagues en todos mis planes?
—Tu ibas a matarlo.
—¿Eso crees?
—Eso es lo que vi.
Viserys hizo algo parecido a rodar los ojos.
—Iba a darle unas palmadas en la espalda por ser tan valiente y estúpido.
—¿Por quĂ© mataste a Mike? —al decir su nombre, la voz de Mo volviĂł a quebrarse, pero recuperĂł la compostura cuando pasĂł la manga del hoodie por sus ojos, limpiando las lágrimas. —No tenĂas que hacerlo. El no…
—Claro que tenĂa que hacerlo —le interrumpiĂł. —Claro que no fue su culpa, pero tenĂa que hacerlo.
Aquellas palabras hicieron que a Mo se le helara la sangre. Frunció el entrecejo confundido y dio un paso hacia atrás de forma instintiva, luciendo como si sus rodillas comenzaran a fallar. Bajó la vista a Mike, sus ojos lo observaban.
—Se lo que sucede, Mo, contigo, con el niño… —murmurĂł el demonio, reconociendo la expresiĂłn quebrada en su rostro. —Y dĂ©jame decirte que es una jugada estĂşpida. No me sorprende viniendo de ti, pero creĂ que a estas alturas podrĂas pensar con más claridad, más coherencia. Estas pensando en irte, lo has estado pensando antes de que el calebita apareciera incluso, pero el crio se ha vuelto un problema en muchas formas —Viserys dio un paso y dejĂł una mano sobre su hombro. Algo que a Mo le habrĂa resultado familiar e incluso reconfortante en el pasado ahora lo hacĂa sentir enfermo, sucio. —Elige sabiamente. Y mientras lo piensas, recuerda a tu familia en Chicago.
La mansiĂłn de su familia hizo que Maurice alzara la vista, clavando los ojos azules en los de Viserys. No le importaba su padre ni su madre, Âżpero sus hermanos? ÂżSu hermanita pequeña? TragĂł saliva espesamente viendo rojo con la simple consideraciĂłn del posible escenario si no elegĂa lo que Viserys esperaba y entonces sucediĂł. Viserys frunciĂł el ceño desconcertado. Dio un paso hacia atrás, luego otro, y otro, como si intentada huir de algo invisible.
PodĂa sentir su esencia alertada, inquieta. PodĂa sentirla intentando escapar de su recipiente, desprendiĂ©ndose de forma dolorosa, logrando que el demonio se quejara y se llevara la mano al pecho. Entonces, Mo pudo ver el humo negro escapándose por las heridas de bala.
Viserys riĂł a pesar del dolor, orgulloso.
—You’re gonna kill me? —inquiriĂł, hacienda un leve Ă©nfasis en la Ăşltima palabra y volviendo a reĂr. —If you kill me you’re left with nothing. What have you got in your life, Mo? Huh? Nothing, nobody! —ladeĂł la cabeza, estudiando su rostro. Su mano aĂşn seguĂa en su pecho. —Oh wait, yes! —dijo de repente. —Video games and movies and go-karts and fast food! Oh, boy, what a life! —espetĂł. —The hunters, they will end you. They will fucking end you.
—Maybe I deserve it —susurro el muchacho, apenas pestañeaba. Su nariz habĂa comenzado a sangrar.
El dolor pareciĂł intensificarse porque Viserys se doblĂł dando un quejido. Entonces, alzĂł la vista, pero en vez de ver al muchacho, sus ojos se clavaron en la figura de Thomas que observaba la escena en silencio en la misma posiciĂłn que habĂa adoptado hacia unos minutos. Al cabo de unos segundos, el niño comenzĂł a toser. Se llevĂł las manos a la garganta e intentĂł respirar como si estuviera debajo del agua, abriendo la boca y alzando la mirada en donde se suponĂa estarĂa la superficie. A continuaciĂłn, Mo volteĂł para comprobar lo que sucedĂa y entonces todo se desvaneciĂł. Thomas cayĂł de rodillas al piso tosiendo y Viserys se habĂa esfumado.
Lo buscĂł con la mirada de forma instintiva, sabiendo que era inĂştil, y cuando entro en razĂłn de que efectivamente habĂa huido como mejor sabĂa hacer, las lágrimas volvieron. Primero le nublaron la vista, luego, mientras intentaba contenerse tensando la mandĂbula, sintiĂł como su labio comenzaba a temblar y ahĂ estaba. El llanto, sonoro.
—He can’t keep getting away with it! —GritĂł, pateando una silla y hacienda añicos la lámpara que descansaba sobre la mesa ratona. Era un grito de guerra, de tristeza, de rabia. No le importaba que el niño lo estuviera viendo, solo le importaba que Mike estaba muerto, que habĂa sido su culpa, y que el autor habĂa sido aquel demonio al cual alguna vez le habĂa jurado lealtad.
—I’m sorry… What?Â
—Hunters. They’re looking for you. And they’re gonna get you, boy. They’re gonna find you eventually, and when they do, you’re gonna wish you were dead.
Lo que en un principio iba a ser un viaje más se habĂa convertido en el comienzo de una guerra. HabĂa ayudado a Viserys a secuestrar (porque sĂ, porque esa era la palabra: secuestrar) a un niño de unos diez años y ahora, segĂşn el maloliente ruso que le habĂa entregado su tercera cerveza aquella noche, tenĂa a un ejĂ©rcito de cazadores pisándole los talones.  Y bien, claro, todo el mundo sabĂa que los cazadores eran malas noticias, especialmente para personas como Maurice, Âżpero cazadores enojados? Eso era tema de pesadillas. Thomas (asĂ se llamaba el niño) habĂa sido un autĂ©ntico dolor en el culo desde que habĂa despertado del automĂłvil aquella vez. Mo no habĂa dejado de rezarle al cielo ni un solo dĂa para que Viserys no perdiera la calma y, en ocasiones, aquello no era suficiente y se veĂa obligado a intervenir (“es solo un crĂo, tĂo” y “cierra la boca, chaval, joder”). No obstante, su arbitraje no siempre daba resultados y Thomas ya se habĂa ganado alrededor de cuatro golpes por su insolencia. La valentĂa no la discutĂa, la defendĂa, pero tenĂa una lista enorme de razones por las que no querĂa ver al niño muerto, sabiendo que los golpes eran el primer paso a ese destino. Primero, porque era un niño, y segundo, porque si aĂşn no estaban en guerra y podĂan jugar videojuegos cuando le obligaban a cuidarlo, era porque su muerte serĂa lo que descaderarĂa una serie de hechos que no vivirĂa para contar, lo cual en algunas noches no le parecĂa una mala idea. La casa en la que pasaban los dĂas parecĂa una apariciĂłn fantasmal en la inmensidad del páramo durante las noches. TenĂa dos plantas, una buhardilla y postigos desvencijados en cuyas esquina el hielo dibujaba formas curiosas. La tierra era yerma alrededor y se extendĂa durante kilĂłmetros en el gris y plomizo paisaje inglĂ©s, con cielos lĂşgubres y brumas espesas que lo cubrĂan todo. Desde el cĂ©sped a los corazones.  —¿Puedo hacerte una pregunta? —la voz de Thomas era la de un niño, desde luego, pero en ocasiones Mo tenĂa la sensaciĂłn de que hablaba con un alma vieja. —Ese dĂa, afuera de la escuela, Âżera mi padre quien me llevo a la Van? Negando con la cabeza, Mo se estiro para dejar el joystick sobre la mesa. Thomas de acomodo en el sofá enseñando un ceño fruncido, intentando con todas sus fuerzas tomar esa actitud despreocupada que probablemente describĂa a su padre. SegĂşn lo que Mo habĂa visto de Caladh Lyon en Viserys, aquel niño de espesas pestañas, cabello oscuro y actitud de adolescente no sĂ© parecĂa a su padre, no fĂsicamente, lo que le daba lugar a suponer que seguro era la imagen de su madre. —¿CĂłmo es eso posible?  —Con un poco de magia y malas intenciones. —¿A quĂ© te refieres? Carraspeando, Maurice se estiro nuevamente a la mesa para coger la bolsa de snacks, la cena de todos los dĂas, y le ofreciĂł antes de continuar. —¿Te agrada Viserys? —¿Viserys? —alzando una ceja, con una expresiĂłn de quien no quiere la cosa, observo el rostro de Mo mientras masticaba. —¿Te agrada a ti? —Es mi amigo —contesto Mo riendo. —Pues no lo parece. —¿Por quĂ© dices eso? El niño volviĂł a acomodarse y luego de apretar un botĂłn en el mando, volviĂł a meterse en el mundo del videojuego, lejos de aquella realidad en la que lo habĂan condenado. —Te trata como si fuera tu jefe —dijo finalmente.Â