"God, grant me the serenity to accept the things I cannot change, the courage to change the things I can, and the wisdom to know the difference."
Llegar a Nueva York desde Escocia no había sido para nada fácil, pero había valido la pena. Allí, si bien la vida era más rápida, parecía que Maurice Lancaster era invisible ante los ojos de la gente. Para Mo aquello era una bendición, porque significaba que no lo notaban, y pasar desapercibido era sinónimo de paz. Una paz que había estado ansiando desde que el niño de los Lyon había llegado a su vida y los cazadores que los rodeaban habían puesto un precio a su cabeza por haber participado en su secuestro y, desde luego, ser la mano derecha del demonio que tanta sangre se había llevado consigo.
Numair le había perdonado la vida, pero había visto en sus ojos el odio y la rabia. Sabía que, de cruzárselo en algún momento, y cuando Thomas no estuviera a su lado para detenerlo, el calebita no dudaría y él estaría muerto en cuestión de segundos – sin que a nadie le importara, solo un muerto más en la morgue.
Estaba solo. Viserys había asesinado a Mike, y la familia que tenía en Chicago, aquella que no veía desde que era un niño, no lo reconocería si se presentaba a su puerta a pedir reparo. Por eso ahí estaba – en el peor barrio de Nueva York, y por supuesto, en la peor casa que pudo encontrar.
Era una vieja casa vacía de estilo victoriano, con ventana tapeadas y pocos muebles, pero Mo se había encargado de arreglar gran parte del interior y conseguir lo que creía necesitar; un antiguo televisor de los 90, bastante grande; un refrigerador, y la instalación eléctrica funcionando, la cual le había costado una botella de whiskey y el trabajo de un yonqui tartamudo llamado Jonah que rezaba haber sido fontanero antes de que le embargaran la casa, su mujer lo abandonara y cayera en la ruina.
Al final del día, Mo había dejado que se quedara a pasar la noche.
—Mira, hijo —le había dicho el sujeto luego de darle un trago a su vaso de whiskey, una vieja taza color rojo. Habían estado hablando de todo tipo de cosas, pero aquel tema parecía apasionar al hombre a tal punto que tuvo que acomodar su posición y, con el cigarro entre los dedos, señalar el aire. —Si existiera una píldora que curara la tartamudez, no sé si la tomaría. Supongo que esto me convierte en lo que soy hoy en día, y no me gustaría cambiar quien soy. Estoy orgulloso de quien soy —acotó rápidamente, alzando el mentón casi de forma dramática, como en las viejas películas —, aunque no mucho de donde acabé —acotó, riendo.
La sonrisa de Mo se ampliaba gradualmente a medida que el hombre continuaba expresándose. No había ni una pizca de fluidez en su forma de hablar, desde luego, lo que creaba de alguna forma una especie de suspenso.
—Al final… Yo soy yo, y esa píldora no existe, así que tengo que encontrar la forma de convivir con ello, ¿me entiendes?
—No tienes idea.
—Qué va. Eres un crio —bramó, su voz ronca, pero de alguna forma aquellas palabras no habían salido con fin de ofenderlo.
—Tengo 24 años —corrigió Mo, riendo.
—Pues luces como de 17. Tengo un hijo de tu edad —comentó. —No quiere verme, por supuesto. Es una suerte que sepa que existo.
—Lo siento.
—Que le den —gruñó.
Un largo momento de silencio bailó entre ellos, pero al cabo de unos segundos Jonah decidió romperlo cuando una pregunta se escapó de sus labios.
—¿Dónde están tus padres?
Una pequeña sonrisa triste curvo los labios del muchacho.
—En Chicago, supongo.
—¿Chicago?
Mo asintió.
—¿Qué haces tú aquí?
—No lo sé —se encogió de hombros. —Solo sé que no puedo ir allá.
—¿Por qué no?
—Porque me fui hace mucho tiempo y… —una risita nerviosa se coló entre sus labios y su mano se escabullo entre su cabello, desacomodándolo. —Digamos que no es seguro. He hecho cosas malas, y las cosas malas llevan correa.
—¿A qué te refieres? —insistió el hombre, tenía el ceño fruncido y no dejaba de verle.
Mo inspiró.
—A que vayas donde vayas, tus demonios siempre van a ir contigo. Y no quiero esos demonios cerca de mi familia.
Asintiendo, el hombre finalmente dejó de observarlo y clavó los ojos en el fuego de la chimenea. Conseguir leña había sido toda una odisea, pero lo había logrado.
—Todos tenemos demonios —dijo Jonah en un susurro. —Todos tenemos oscuridad dentro de nosotros, es parte de nuestra alma. Somos lo que somos gracias a ella, muchacho... O culpa de ella —ágilmente, hizo volar la colilla al fuego y bebió otro trago. Los ojos de Mo danzaban entre las llamas, absorto en ellas y en las palabras del hombre. —Hay que poder mirar esos demonios a los ojos y aceptar su existencia… Luego mátalos y ve a ver a tu familia, ¿quieres? —su semblante serio enseguida fue reemplazado por una sonrisa bromista y, a continuación, se puso de pie y caminó hacia el destartalado sofá. —Buenas noches, hijo.
Maurice movió la cabeza, apenas sonriendo.
—Descansa, J.








