Hace casi 30 años en el norte del Océano Pacífico, un barco despreciado por el agua y el viento, dejando a su suerte alrededor de 28 800 patitos de hule, naufragó. La mayoría de los patos de bañera eran instruidos y sabían de navegación astronómica. Habiendo leído seguramente El arte de navegar de Pedro de Medina, lograron ubicarse y recorrer del Océano Pacifico al Atlántico. Moby Duck le llamaron al suceso y me acuerdo que Moby Dick no era una ballena sino un cachalote. El naufragio de los patos ayudó a los oceanógrafos a conocer mejor las dinámicas de las corrientes oceánicas. ¿Pero de qué serviría una calabaza?
8 de agosto 2021
Un tuit de Elle México: “El mar se llevó una de las icónicas (y valiosas) calabazas de Yayoi Kusama. Una de las esculturas más famosas de la artista fue arrasada por un tifón.”
Nacido acaso de uno de los huevos impregnados de semen de Cronos, Tifón, mayor que todas las montañas y cuya cabeza a menudo toca el cielo y cuyos brazos extendidos abarcan de oriente a occidente, basta ver las imágenes de la estación espacial internacional para comprobarlo, azotó a la isla de Naoshima en el mar de Seto. En su fulminante y pronto paso puso, pícaro presto, la vista en la indefensa calabaza de Kusama, calabaza repositorio de sus lunares obsesivos, más que lunares estigmas de flor, más que estigmas cavidad contenedora de los órganos sexuales. Yaciendo sin consuelo, mecida por oleajes, Pumpkin Yellow feneció.
A decir verdad, no creo todo lo que dice Twitter. El Tifón no fue la causa de la caída y arrastre de la calabaza, sino quizás aquella obsesión infinita con la que fue signada. Colocar a Yellow Pumpkin en un muelle en continuo asedio ha sido un acto de congruencia por parte de Kusama, pues qué mayor obsesión por la repetición, cuál más infinita que la obsesión de las olas por besar la ribera. Tras 27 años de ser tentada por un proceloso mar, aprovechó la conjunción, gracias al tifón, del Céfiro y del Noto para dejarse arrebatar por aquella multitud de olas, hermanas suyas en el servicio a la luna. Hastiada de ser sólo fondo para selfies, del ambiente Art Basel Miami, de los James Turrel y de los edificios de Tadao Andō, Pumpkin escuchó el canto del galopante mar, se rindió ante el seductor incendio azul de la costa. El mar estaba obturado por una muralla de nubes negras y apareció una gigantesca ola, como una rugiente montaña líquida. Embestida, azotada con furia, la calabaza cedió dichosa ser puesta a la deriva, arrastrada por la violencia, ser impulsada hacia donde el destino y la fuerza de los vientos quisieran.
Y así como las olas ondulan, el lenguaje ni es a veces el águila; es la mosca promiscua e insistente que vuela del azahar a la mierda; es discontinuo, un assamblagge.