¿Pecado o pescado?
Ustedes se preguntaran por qué un simple muchacho de 23 años irrumpe en la comodidad de lo instaurado para llegar con palabras que, en algunos, causa revuelo, como en otros, regocijo . Pero yo me pregunto lo mismo. En este caso, siento la necesidad de exponer sobre algo obvio, que por obvio suele ser obviado. En las mesas de debate, más de una vez me encontré en la encrucijada de aquellos “pecados” que parecen ser calificados por el contexto cultural, la idiosincrasia o los parámetros que rijan ese grupo. Es ahí, donde más de una vez, saltamos los “pseudo-conservadores” y relatamos los mandamientos. Uno por uno, la ley completa, a fin de (inconscientemente) humillar al acusado y demostrarlo cuan hereje es. Y si podemos apedrearlo, mejor (*chiste).
Más de uno, que en nuestra adolescencia hemos degustado material como “Lo único que no podrás hacer en el cielo” de Mark Cahill, “Los pasos del maestro” de Ray Comfort y Kirk Cameron, entre otros, tenemos esta perspectiva en el evangelismo. Y no quiero deconstruir el precioso trabajo que hacen estos siervos de Dios, no me mal interpreten. Pero no siempre es 100% efectivo, y eso me llama la atención. Si bien, el Espíritu es el que convence de pecado, la Palabra nunca vuelve vacía, y así debería ser cada vez que presentemos las Buenas Nuevas. Volviendo al tema, según una interpretación hermenéutica ¿que es el pecado? Y¿Cómo se define? Nuestra concepción sobre la justicia, en nuestro sistema jurídico romano-germánico nos enseño a llamar “transgresión” a todo aquello que no cumple con una pauta, o se contempla una perversión en la misma. Si en la ley dice que no debo estacionar, y estaciono, transgredo. Si en la Biblia dice que no mienta, y miento, cometo pecado. Así lo vemos, y así nos criamos. Pero desde una lógica judaica, la idea es otra. Y el postulado, que luego pasare a explicar y fundamentar, es el siguiente:
“El pecado no se define por la intención de mi acción (agresor), yo no soy el protagonista para decretar lo que es pecado o no. El pecado se define por el receptor de la acción (agredido), y es este quien define si fue pecado o no.”
Existe una diferencia abismal entre este pensamiento y aquel de nuestro contexto. Mientras que para el ser postmodernista tienen una lógica sumamente egoísta para definir una transgresión (ya que solo depende de mi), para la antigua lógica judía la transgresión la define mi prójimo (ya no solo depende de mi, sino como lo vivencia el otro.)
Voy a citar un ejemplo:
1 Samuel 20:1 “Después David huyó de Naiot en Ramá, y vino delante de Jonatán, y dijo: ¿Qué he hecho yo? ¿Cuál es mi maldad, o cuál mi pecado contra tu padre, para que busque mi vida? “ Y es por eso, que en Éxodo 20 (Dt. 5.1-21), cuando Jehová dicta los diez mandamientos nos encontramos que se pueden definir en dos grandes categorías: Los que son una agresión directa a Él, y los que son una agresión a nuestro prójimo. El pecado lo define Dios, y lo define el agredido, no lo defino yo.
Y por último, Jesús los resume a todos los de la primer categoría (a Jehová) en uno, y aquellos hacia el próximo en otro: Mateo 22 “36 —Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante en la ley de Moisés? 37 Jesús contestó: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”[e]. 38 Este es el primer mandamiento y el más importante. 39 Hay un segundo mandamiento que es igualmente importante: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”[f]. 40 Toda la ley y las exigencias de los profetas se basan en estos dos mandamientos.”
Voy terminando, y acoto que la definición de “errar al blanco” es una traducción del latín. Pero en el antiguo testamento la etimología de la palabra “pecado” (griego) viene del término “awen”, «iniquidad; vanidad; dolor»., está emparentado con el vocablo hebraico <ayin («nada»). Según algunos estudiosos, sugeriría que <awen significa la ausencia de todo lo que tiene verdadero valor. Por tanto, denotaría «sin valor moral alguno», lo cual es el caso donde hay maldad, designios malvados y maledicencia.
En resumen, si esto es cierto, reveríamos rectificar toda nuestra forma de medir nuestras acciones. Ya no podemos ser transeúntes de esta vida sin preguntar cuando, y de qué manera, afectan nuestras manifestaciones a la persona que tenemos a nuestro lado. Si, a ellos/as causa dolor, aunque nuestra intención no lo haya sido esa, es hora de acercarnos a curar las heridas y hacernos cargos de los rastros que dejan nuestras acciones. No podemos seguir utilizando la Biblia para “blanquear” lo que hacemos, cuando en el camino quedan personas lastimadas, enojos reprimidos y lágrimas silenciadas. Aunque tengamos “todos los papeles en blanco”, si mi próximo no se siente amado, como yo lo haría a mi mismo, algo esta muy mal. Pensemos menos en nosotros, y levantemos la mirada hacia Dios, en primer lugar, y a los ojos de las personas. Es ahí donde conocemos las consecuencia de lo que hacemos. Al fin y al cabo, cuando todo termine, quien determinará el matiz de todo lo que hicimos será Dios, y no nosotros con una lista de los pecados que consideramos como tal. No olvidemos, basta de miradas egoístas a la hora de analizar nuestros errores. No soy yo el protagonista, lo es Dios o lo es la otra persona, pero nunca es uno.
Quizá esta perspectiva sea novedosa para algunos (como lo fue para mi), pero no debería serlo. E invito a doctos en la materia a ampliar, desarrollar, corregir o anular este breve borrador. Gracias por leer, ojalá esto contribuya tu crecimiento espiritual ¡maranatha! Matias Andres, 2016.
*Nota al pie: Invito a leer el libro de Romanos con este perspectiva, y teniendo en cuenta que fue escrito por un hebreo a lectores, valga la redundancia, romanos.








