Querido Diego
—pasaba el día entero repitiéndome a mí misma lo que te diría— y al verte de pronto, no podía expresarlo y en la noche lloraba agotada sobre la almohada, me mordía las manos: “Mañana no acudirá a la cita, mañana seguro no vendrá. Qué interés puede tener en mí”














