-Niegas con la cabeza, estás llorando, tu hermoso rostro ese que un día mantuve entre mis manos y dejé en el sendero de besos, está lleno de dolor. Un dolor que me recuerda al de la Virgen María, estás sufriendo, te estoy rompiendo una vez más, hago añicos cada vez más a tu corazón, escucho incluso como se ha roto del todo. Te quiero más que a mi mismo, te amo más que a mi Dios, el tren avanza cada vez un poco más y escucho que me gritas aunque no tienes casi voz, esa voz es la del dolor, la del llanto asegurado para toda la vida, la de hipotecar tu vida al dolor. Respiro hondo y me yergo del todo, cojo mi maleta y avanzo por el interior del tren...Pero esté avanza deprisa, por ello abro la puerta y salgo al exterior a la plataforma que une a los vagones, no va demasiado deprisa pero me ha distanciado unos metros, te miro, no quiero estar más lejos de ti, por ello desde la plataforma salto al andén, era poca velocidad la que había y al girarme, frente a mí, estás tú. “Un hombre hace lo que puede, una mujer hace lo que el hombre no puede" eso has hecho tú, eso acabas de hacer y suelto la maleta sin importarme nada y te miro...solo te miro. “Al final, sólo se tiene lo que se ha dado.” y eres tú.
-Me miras pero el tren avanza contigo dentro, y puedo sentir como mi corazón y el de nuestra hija, se rompe dentro de mi vientre, por eso me llevo la mano hasta él, apretándola contra éste suavemente. Nuestra hija jamás conocerá nuestra historia de amor, jamás sabrá que su padre es un hombre que quería que todos le llamaran "padre" y que por eso no permitió que ella le llamara "papá". Lloro viendo ese tren avanzar despacio, siguiéndote con la mirada, pero también veo que empiezas a andar, y eso me da esperanza, aunque no tanta como cuando veo que saltas de ese andén, y sueltas la maleta mirándome. Yo te miro parada allí, esperando que me digas algo, porque aunque te has bajado de ese tren, necesito escuchar tu voz.
-Eres un espejismo, de eso no me cabe duda, nadie real te puede alcanzar, eres diosa en la tierra, mujer que brilla en un atardecer de septiembre aun estando llorando, hasta con el dolor en el rostro eres hermosa, mi diosa de carne y hueso. Miro tu vientre, lleno de vida, de mi vida...Dios me está viendo, pero yo solo te veo a ti y a ese vientre que aun no he tocado. Avanzo despacio por el andén para llegar a tu lado, porque despacio quiero llegar a ti, despacio para poder observar tu rostro, despacio para que el tiempo se detenga, despacio donde no hay silencio porque se escucha como el tren ya se aleja de nosotros, despacio para contemplar la obra que más amo de mi Dios.
-Ese tren se aleja de la estación mientras tú te acercas a mí. No puedo hablar, tengo un nudo en la garganta y uno aún mucho más grande en el corazón. Me gustaría correr hacia tus brazos, y quedarme en ellos para siempre, pero la parte de mí que te ha estado esperando durante todo este tiempo, espera que seas tú el que lo haga. Tú el que me digas que te quedas, que después de todo este tiempo creyendo que amabas a Dios por encima de todo, te has dado cuenta de lo equivocado que estabas. Te espero quieta y en silencio, llorando más lágrimas por dentro de las que lloro por fuera, aunque parezca mentira.
-Quieta, como en un sueño, en un espejismo del que no te alejas, eres preciosa, como el diamante en bruto jamás encontrado, eres la mujer hecha carne que Dios idealizó. Ya no eres una fruta prohibida, no eres la manzana que la serpiente entregó a Eva, eres mi Eva, digna de amar, porque nadie puede hacerte de menos. Me acerco más a ti. Te miro a los ojos, puedo ver tu mundo en ellos en este momento, los míos te lloran, la ausencia, el dolor, la mea culpa, cuando siempre has sido mi credo, mi pedazo de cielo. Cojo entonces con mis manos temblorosas tus manos, frías pero suaves, llenas de temblor y las aprieto mientras no dejo de llorar. Mi Ines ¿cómo pude hacerte daño? ¿como pude no gritar al mundo que estás por encima de mi Dios? Poco a poco me voy poniendo de rodillas sin soltar tus manos y esta vez sin bajar la vista porque quiero llorar toda mi culpa y que tú la presencies.
-Te acercas y el tiempo se detiene. El color azul de tus ojos me lleva al pasado, ese pasado en el que me enamoré de ti, ese pasado en el que soñé con despertar a tu lado y ver ese color tan intenso cada mañana, ese pasado en el que soñé con que una niña iría entre los dos, cogida a nuestras manos. Trago saliva cuando la distancia que nos separa, ya son solo centímetros, y cuando coges mis manos con las tuyas, yo las aprieto y sonrío mirando tus ojos. Estás llorando, parece que nuestro amor tiene que ser llorado por los dos para poder ser, que de lo contrario, no existiría. Veo como empiezas a agacharte, para ponerte de rodillas delante de mí, y yo tiro suavemente de tus brazos. Miro tus ojos y decido decirte algo, algo que de una manera u otra, va a acompañarme durante toda mi vida-. No te arrodilles, sólo quédate... -Pido apretando tus manos...
-Pero ya me he arrodillado y no sé cuantas veces te pediré perdón a lo largo de mi vida o de la tuya, moriré pidiéndote perdón por el daño que os he causado a todos y el que me causaba a mi mismo. Me dices que me quede y ya me he quedado, solo quiero quedarme contigo. No me importa que la gente me vea de rodillas con tus manos cogidas, tú las aprietas yo sigo llorando, pero no me quieres ver de rodillas y con mi pecado y mi dolor, me pongo en pie sin dejar de mirarte. Nuestro amor será sagrado, pero no callado, ya no será secreto y será contado, será posible y no será una quimera, será de noches sin fronteras, no furtivo pero murmurado, con perdón de Dios, soy un solitario y tú eres la mía. Cuando estoy de pie suelto tus manos, te miro a los ojos, y no dejo de llorar.