-Nuestra pequeña, miro de nuevo a Cate, nuestra pequeña llena de vida luchando ya por ella, doy gracias a Dios porque no ha tomado castigo contra mí, en cambio como es todo bondad me ha bendecido con la vida más hermosa. Ella acaba de nacer, yo estoy naciendo en este momento, el padre que soy nace a la vez que ella, nunca he llorado tanto por una alegría, y eso que su madre tiene el nombre de la misma. La vida la tiene Ines cuando Cate se la pone en los brazos. La miro.- Es preciosa, Ines. -La digo cuando ella me mira diciéndome esas palabras. Leven llora de alegría igual que Evey acercándose a la vida de Iris.- Es preciosa. -Miro a Leven llena de vida llorando, miro a Evey, miro a Ines, a Cate, miro a mi hija y suelto la mano de Ines aunque no la dejo de abrazar con mi brazo.- Qué bonita eres, Iris. -Digo cogiendo su manita manchada de vida, delicada y pequeña entre mis grandes dedos.
-Mi habitación, la de Ines, se convierte en el paraíso de Iris... El fruto que, para muchos, debió ser prohibido. Para mí, el fruto del amor que pudo con todo. Un amor valiente, de dos personas valientes. Iris tiene que se todo valor. Y aquí estaré yo para pelear por todo a su lado. Puedo ver que Cate deja a la niña en la cama y yo me pongo de pie, inquieta, para poder verle pero, cuando ella le deja sobre el pecho de Ines, yo apenas puedo ver nada por culpa de las lágrimas que me hacen llorar. Ha pasado mucho hasta que ha llegado este momento... No son solo unos meses de embarazo... Es la vida entera con sus dolores y triunfos. Pero ahí está ella, pequeña y preciosa, sobre el pecho de su madre. Yo lloro como si volviera a tener ocho años, soltando a Ines la mano para que pueda tocar a su hija. Me siento de nuevo en la silla y puedo ver su bonita cara. Cuando Ines dice lo bonita que es, yo asiento repetidas veces con la cabeza y, cuando me pide que mire, abro los ojos, volviendo a ver su preciosa carita.- Es guapísima...
-De rodillas sobre aquella cama manchada por la vida, soy testigo de como esa familia recibe en su seno a la preciosa niña que he traído al mundo con mis propias manos. Al verles llorar yo no puedo evitar hacerlo, aunque he empezado a llorar en cuanto la he visto llegando al mundo. Miro a Leven, a Iain, a Evey, las lágrimas de todos, como las de Ines, con la pequeña en su pecho.- Es preciosa... -digo, mientras que con los ojos nublados por las lágrimas, cojo las pinzas y las tijeras, para poner una pinza en el cordón, y a unos cuatro centímetros ésta, la otra. Espero a que el cordón se quede blanco y sin latido, y entonces con las tijeras, pregunto:- ¿Quien quiere cortar el cordón?
Iain, Leven y Cate











