Afuera el mundo se desdibuja. Las luces rojas de los autos de adelante no son más que manchas difusas sobre un cristal cubierto de gotas, recordándome que, a veces, la velocidad del día nos obliga a detenernos por pura fuerza de la naturaleza.
Hay una soledad muy particular que solo se experimenta dentro de un auto en una noche de lluvia. Es un aislamiento voluntario y forzado a la vez. El rugido del tráfico se apaga bajo el golpeteo constante del agua, creando una burbuja donde el tiempo parece dilatarse.













