La impresión al ser llamado era como de despertarse de un letargo. Comenzaba a oír sonidos y voces cuya procedencia no era capaz de concretar y cuya naturaleza no podía descifrar, amortiguados, como desde el otro lado de una pared. Eran los sonidos del mundo humano.
Pudo escuchar una puerta, de eso estaba seguro. Después, la sensación de volver a poseer un cuerpo físico. La gravedad, el aire, cada terminación nerviosa en su piel, sus pulmones llenándose, saliva en su boca, y por último la tenue luz de la habitación, que le escoció por unos segundos en los ojos al abrirlos.
Se encontraba en una estancia pequeña, ¿un cuarto? En el suelo, a su alrededor, estaban todavía los restos del ritual que conocía bien, un círculo de sal negra del que, por el momento, no podía salir. Cuando alzó la vista se encontró de frente con la única persona que parecía estar allí.
— Buenas noches —saludó, ofreciendo al chico una pequeña inclinación—. ¿A qué viene esa cara de sorpresa?